A las nueve de la mañana del domingo 12 de abril de 1885, Charles Kassemberg aún se hallaba en la cama. Pidió a su amante que le preparase un té. En el armario, un vaso lleno de un líquido negruzco llamó su atención; al preguntar qué contenía, Mathilde Gumulinska respondió que se trataba de una tisana de flores pectorales preparada para ella misma. Acto seguido, la mujer salió a hacer unas compras. A su regreso, colocó ante él la taza de té solicitada, recogió del aparador el vaso que él había observado y se lo llevó a los labios como disponiéndose a beber. El relato del auto de acusación, publicado semanas después por la Gazette des Tribunaux, inaugura de este modo una mañana en la que el gesto más ordinario —ofrecer una bebida— acabaría convirtiéndose en la pieza angular de un proceso judicial.
Kassemberg advirtió a Mathilde que cometía un error al beber aquella tisana sin calentarla previamente y señaló su color singular. Ella arguyó que la infusión databa de la víspera. Luego dejó el vaso junto a él: «Si tienes sed, tómala; está azucarada, no vale la pena dejar que se eche a perder». Durante una decena de minutos, según el relato, la mujer contempló la calle a través de la ventana sin pronunciar palabra. Tomó de nuevo el vaso e hizo oler su contenido a su amante, inquiriéndole por qué rehusaba beberlo. Él replicó: «¡No tengo sed, déjame en paz!».
Un instante después, Mathilde aproximó nuevamente el recipiente a la boca de su amante. Kassemberg, que persistía en su negativa, hizo un ademán con el brazo para apartarlo; ella le arrojó entonces el líquido al rostro. El hombre creyó en un primer momento hallarse ante una torpeza involuntaria, pero la abrasadora sensación de quemazón no tardó en desengañarlo. Se enjugó con la sábana e instó a su compañera a buscar de inmediato a un médico, mientras él se levantaba precipitadamente para lavarse con abundante agua. Cinco minutos más tarde, ella regresó anunciando la llegada inminente de un facultativo y trató de limpiar en el semblante de Kassemberg las huellas dejadas por el corrosivo. De pronto, rompió en sollozos, le imploró perdón y le besó las manos; al mismo tiempo, según consigna el acta acusatoria, sustrajo todo el dinero que había en el bolsillo del pantalón de su amante, abandonó la estancia y no volvió a comparecer jamás.
El médico forense constató quemaduras de segundo y, sobre todo, de tercer grado en el rostro, el cuello, el antebrazo izquierdo y los muslos. Las heridas se hallaban ya curadas cuando vio la luz la crónica y no dejaron secuelas cicatriciales. El titular alude expresamente al vitriolo; el dictamen médico detalla las lesiones sin precisar la fórmula del líquido. El breve encabezamiento de la Gazette anunciaba que no quedarían huellas del corrosivo; la pormenorizada descripción médica sitúa dicha afirmación en su justa medida: las lesiones revistieron suma gravedad, si bien sus marcas visibles habían desaparecido.
La escena se enmarcaba en el desenlace de una ruptura comenzada lejos de París. Cerca de dos años antes, Kassemberg había conocido a Mathilde Gumulinska en Varsovia. Ella regentaba el mostrador de la casa de comidas donde él almorzaba a diario. El trato no tardó en estrecharse hasta el punto de convivir durante ocho meses. La madre de Mathilde apremiaba a Kassemberg para que formalizase la unión mediante matrimonio; el padre de Charles, por el contrario, se opuso con vehemencia y logró que los jóvenes rompieran su vínculo. La separación fue efímera. Reanudaron su relación mientras Kassemberg contraía deudas para sostener el hogar; su padre resolvió entonces enviarlo a París.
Llegó solo a la capital, alquiló una habitación amueblada en el número 7 de la calle Lebon y halló empleo en el taller de un fabricante electricista. Quedada en Polonia, Mathilde recibió una misiva en la que él la invitaba a reunirse a su lado. La joven arribó a París a finales de diciembre de 1884 y se instaló con él. Aquella cohabitación despertó nuevas censuras por parte del padre de Kassemberg. Por su cuenta, el joven afirmó que su compañera era indolente y descuidada: mientras él cumplía su jornada en el taller, aseguraba, ella pasaba el día fuera, descuidaba las labores domésticas y no desempeñaba ocupación alguna. Esta semblanza procede exclusivamente de la declaración de Kassemberg, según la reproduce la Gazette; no constituye, pues, un juicio independiente del periódico sobre la persona de Mathilde.
La separación volvió a ponerse sobre la mesa. Kassemberg aseguró haberse dirigido en vano a su propio padre y luego a los progenitores de Mathilde para reunir el dinero necesario para su regreso a Polonia. La crónica agrega que ella habría recibido algunos fondos enviados por su hermano. El 4 de abril, la joven solicitó a un compatriota, el señor Erman, que le cambiase por moneda francesa treinta y dos rublos recibidos desde Polonia. Le confió entonces hallarse muy desdichada junto a Kassemberg, a quien presentaba como su esposo, y manifestó su intención de emprender pronto el regreso a su tierra natal. El viernes 10 de abril, dispuso sus pertenencias y preparó un hatillo de ropa.
Una incógnita quedó sin despejar en las columnas de la Gazette: ¿cómo había podido una muchacha que desconocía el francés abastecerse de vitriolo? El diario mencionó a una costurera polaca a quien se atribuía haber facilitado la compra, extremo que esta negó categóricamente. Kassemberg, citado en las diligencias, admitió haber mantenido trato íntimo con dicha compatriota, creyendo al principio que poseía fortuna y que podría casarse con ella; afirmó haberla abandonado tan pronto advirtió su error. El texto no aporta elemento alguno que permita colegir que aquella modista hubiese suministrado el cáustico.
La Gazette des Tribunaux dio cuenta del proceso el 7 de junio de 1885, tras la vista celebrada la víspera ante la sala undécima del Tribunal Correccional de París, presidida por el magistrado Ragobert. Mathilde no compareció: el artículo especifica que el proceso se falló en rebeldía. Consigna que la declaración de Kassemberg ratificó en todos sus extremos el relato del ministerio público y concluye con una fórmula escueta: Mathilde Gumulinska resultó condenada a ocho meses de prisión.
Así se cerró la crónica. El vaso había permanecido junto al lecho como una bebida cuyo contenido no convenía desperdiciar; Kassemberg lo había rechazado primero y apartado después con la mano. El periódico preservó ese detalle material en el seno de un suceso presentado bajo la rúbrica de una venganza vulgar. Tras el formulismo judicial perduran una ruptura contenciosa, lesiones graves y una sentencia dictada en ausencia de quien debía extinguir la pena.
