A las seis de la mañana, la casa de los esposos Baillet ardía ya con tal violencia que su vecina, al rozar el picaporte de la cocina, sintió cómo el calor le abrasaba la mano. Instantes antes, nada había llamado su atención. Cuando llegaron los auxilios, Joseph yacía en mitad de las llamas, su mujer se hallaba en el lecho y la sobrina sorda del matrimonio había logrado escapar de la hoguera. Para comprender el drama que se había consumado en aquella vivienda de Pibrac, era preciso remontarse a una hora todavía más exacta: aquella en la que un peón desanduvo sus pasos hacia la puerta que acababa de franquear.
Los debates judiciales se celebraron ante el tribunal de lo criminal del Alto Garona los días 13 y 16 de mayo de 1874. La Gazette des Tribunaux consigna que los cónyuges Baillet, súbditos españoles, regentaban desde hacía varios años una pequeña tienda de ultramarinos y mercería en la cabecera del cantón de Pibrac. Habían adquirido algunas suertes de tierra y edificado una casa; el periódico los describía como gentes hacendadas y rodeadas de general aprecio. Cerca de las obras de la línea ferroviaria de Toulouse a Auch, cuatro obreros se alojaban como huéspedes bajo su techo: Césériat, apodado «el Lionés», Durrieu, Corts Campi y Piqué y Potello.
La planta baja otorgaba al suceso una geografía determinante. La puerta principal daba acceso a la cocina, donde se encontraba la cama del matrimonio. A la izquierda se abrían la tienda y, tras ella, la pequeña alcoba de una sobrina de quince años, privada del sentido del oído. A la derecha, una cuadra albergaba a los trabajadores; más allá, un cobertizo servía de bodega. Quienes conocían la casa podían transitar de una pieza a otra sin abandonar el mismo nivel; mas esta disposición, tal y como la Gazette la expuso durante la audiencia, resultaba insuficiente para esclarecer lo que cada cual había visto en aquella aciaga noche.
El lunes 8 de diciembre de 1873, hacia las seis menos cuarto de la mañana, una vecina, la señora Pannebœuf, pasó por delante de la casa de camino a la aldea. No advirtió anomalía alguna. Un cuarto de hora después, a su regreso, un penetrante olor a petróleo encendido la obligó a apurar el paso. Un humo denso brotaba de la techumbre. Rozó el picaporte de la cocina, notó el calor sofocante y apenas tuvo tiempo de entornar la puerta antes de que las llamaradas le cerraran el paso.
Los primeros vecinos en acudir divisaron a un hombre tendido boca arriba, con la cabeza orientada hacia la entrada. El fuego ardía con mayor furia en torno a él y junto a la cama. El señor Couture reconoció a Joseph Baillet. Estaba completamente vestido, calzado con un zapato en un pie y un zueco en el otro; la sangre manchaba su cabeza. Sofocado por el humo y las emanaciones de petróleo, Couture retrocedió hacia el exterior. Con la ayuda de un bichero, lograron arrastrar el cuerpo fuera del alcance de las llamas, y el alcalde dispuso que fuera depositado en la bodega. La techumbre se desplomó pese a los denodados esfuerzos por sofocar el siniestro. Durante las tareas de desescombro, los rescatadores hallaron el cadáver de la señora Baillet sobre el lecho, con el cuerpo abrasado en diversas partes. La sobrina había conseguido ponerse a salvo del infierno.
Los doctores Noguès y Fontagnères examinaron a los occisos. En la cabeza de Joseph apreciaron cuatro heridas, tres de las cuales alcanzaban los huesos craneales; la cuarta había fracturado la base del occipital. Según su dictamen forense, cada una de ellas podía haber resultado letal por sí sola. La trayectoria de las lesiones les indujo a suponer que Baillet había sido acometido por la espalda mientras permanecía inclinado, acaso para calzarse, y luego derribado de bruces contra el suelo. Un instrumento de hierro, pesado y provisto de un largo astil, semejante a un zapapico, les pareció el arma más verosímil.
La autopsia de la señora Baillet reveló asimismo graves fracturas en el rostro y el cráneo. Los peritos médicos estimaron que las lesiones habían sido infligidas en vida de la víctima y habían causado su muerte. Se había derramado petróleo sobre el cadáver de Joseph; igualmente se hallaron trazas de jabón sobre los cuerpos y las vestiduras. A juicio de los facultativos, tanto el crimen como el fuego eran deliberados. Los caudales que se suponían en poder del matrimonio habían desaparecido, sin que se hallara billete ni moneda alguna entre sus ropas, en los muebles rescatados o bajo las ruinas humeantes. Desde el auto de acusación, el robo figuró como móvil de los hechos; mas dicho móvil pertenecía al terreno de la tesis fiscal y no constituía, por sí solo, una prueba autónoma sobre la identidad del autor.
En un principio, cuatro operarios fueron conducidos al cuartelillo de la gendarmería. Piqué y Potello había partido la víspera con destino a Toulouse y se encontraba aún en dicha ciudad en el momento del crimen, por lo que quedó exento de todo cargo. Corts Campi había abandonado Pibrac antes de las cinco con rumbo al tajo, y la instrucción judicial lo situaba ya distante del pueblo a la hora de los acontecimientos. Durrieu salió después de él. Césériat, por su parte, fue el último en abandonar la morada, hacia las cinco y media.
En los primeros compases, sus explicaciones fueron vacilantes y contradictorias. Durrieu relató que había dejado a Césériat conversando con Baillet en la tienda y que luego se habían reunido en el camino. Al llegar cerca de la alcaldía, Césériat afirmó haber olvidado su pala y manifestó su deseo de regresar por ella; confió su zurrón al compañero, le mostró una bolsa y desanduvo sus pasos. Aquella faltriquera atrajo vivamente la atención de los pesquisas: los peones no ignoraban que los Baillet custodiaban dinero, y la propia señora Baillet había cobrado una suma la víspera en presencia de todos ellos.
Dos declaraciones testificales confirieron a aquel desvío una hora y una trayectoria concretas. La señora Rivière, cuya vivienda casi lindaba con la de los Baillet, vio a Joseph frente a su cobertizo a las cinco en punto. Pocos minutos después, mientras se afanaba tras la chimenea de su cocina, percibió dos ruidos que tomó por bostezos quejumbrosos o hondos suspiros. Debían de ser cerca de las cinco y media. Los Montés, padre e hijo, cargaban leña cerca de la iglesia. Vieron desfilar a Césériat y a Durrieu, y luego observaron cómo Césériat retrocedía hacia la casa con el pretexto de recoger su herramienta. Un cuarto de hora más tarde, el hijo lo vio pasar de nuevo en dirección a las obras. Según sus cálculos, debían de ser las seis menos cuarto.
Dichas referencias temporales no respondían en todos los casos a mediciones rigurosas de reloj. La Gazette señala que Baillet fue avistado a las cinco, que los obreros partieron entre las cinco y las cinco y media, y que a las seis el incendio devoraba ya la estancia con violencia. La crónica judicial sitúa de este modo el crimen en torno a las cinco y media o pocos minutos después. Hace coincidir esta estimación con los lamentos oídos por la señora Rivière y el regreso de Césériat; con todo, las declaraciones testimoniales distaban de ser una observación directa de las agresiones mortales.
Otras circunstancias vinieron a robustecer las sospechas. La víspera, Césériat había frecuentado las tabernas del lugar bebiendo en demasía; mostrábase agitado y, a decir del diario, permaneció rondando casi una hora frente a la vivienda pasada la medianoche. La mañana del suceso se presentó con retraso en las obras. Cuando los peones divisaron la humareda, interrumpieron sus tareas; la Gazette describe a Césériat, en cambio, encorvado sobre la tierra y en perpetuo mutismo. En el momento de su prendimiento, el alcalde reparó en sus manos recién lavadas y en las mangas arremangadas de su camisa. El cotejo pericial de las vestimentas aportó nuevos indicios: las de Durrieu y Corts Campi no mostraban rastros de sangre ni de combustible; los pantalones de Césériat ostentaban una mancha hemática y sus prendas exhalaban un hedor similar al impregnado en los ropajes de las víctimas.
Tras prolongadas negativas, Césériat terminó por confesar parte de los hechos. Declaró haber concebido el proyecto homicida durante una noche de insomnio, tras regresar ebrio a la morada. Sostuvo que salió el último dejando olvidada su pala, para regresar amparado en dicho pretexto. En su declaración, aseguró haber golpeado a Joseph con un madero provisto de hierro y haber sofocado después a la señora Baillet contra el muro y el cabecero de la cama, antes de verter el petróleo. Reconoció seguidamente el despojo del dinero y haber prendido fuego a la casa.
La Gazette advertía, no obstante, que dicha confesión distaba de revelar toda la verdad y chocaba de frente con las conclusiones forenses. Los facultativos habían determinado que la señora Baillet sucumbió a causa de los golpes recibidos, no por estrangulación ni asfixia mecánica. Las heridas de Joseph eran más numerosas y profundas de lo que Césériat admitía en su relato. El reo alegó haberse apoderado de billetes y piezas de oro, arrojando parte en la cocina y el resto entre la maleza del camino. Las pesquisas, incluidas las diligencias sobre el terreno en su presencia, jamás permitieron recuperar ni el metal ni el papel moneda. La confesión esclarecía su propio itinerario; no restituía el botín desvanecido.
Treinta y ocho testigos comparecieron ante el estrado. El fiscal general Bellet sostuvo la acusación pública, mientras que el letrado Favarel asumió la defensa de Césériat. Tras el resumen del presidente de la sala, los miembros del jurado respondieron afirmativamente a las cuestiones relativas al robo, el incendio y los asesinatos. El tribunal pronunció la pena de muerte. La crónica de la época no especifica aquí la fecha ni la eventual ejecución de la sentencia: la relación judicial se detiene en el pronunciamiento del fallo.
En Pibrac, el fuego consumió buena parte del inmueble, mas no los minutos que precedieron a la tragedia. El zurrón confiado a Durrieu, la pala supuestamente olvidada, los lamentos apagados que oyó una vecina y los pasos que volvieron a cruzar el umbral de la cocina urdieron para la acusación una cadena de indicios donde cada eslabón parecía devolver a Césériat a la escena del crimen. El veredicto selló su culpabilidad bajo los tres cargos; empero, no transformó en certidumbres todos los claroscuros de su narración ni sacó a la luz el dinero desaparecido.
Nota documental: relato adaptado de la crónica de la Gazette des Tribunaux, que reproduce el acta de acusación, las declaraciones testificales, los informes médicos consignados y la sentencia del 16 de mayo de 1874. Las manifestaciones de Césériat se distinguen expresamente de los dictámenes medicolegales y de las inferencias formuladas por la fiscalía. La fuente histórica concluye con la imposición de la pena capital, sin aseverar la ulterior ejecución de la misma. Texto obtenido mediante OCR a partir del PDF de la ENAP, sin cotejo línea por línea sobre el facsímil original.
