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Justicia y escándalos · Francia

Los esposos de Les Quatre-Vents

Veredicto afirmativo sin circunstancias atenuantes para Ferrari; afirmativo con circunstancias atenuantes para Lecoq, Marlois y Valpoël; negativo para Adolphine Rousselle y Jules Dubois. Ferrari es condenado a muerte, Lecoq y Marlois a trabajos forzados a perpetuidad, y Valpoël a quince años de trabajos forzados.

La mañana del 15 de noviembre de 1871, un barbero de Landouzy halló cerrada la puerta de la posada de Les Quatre-Vents. Llamó en repetidas ocasiones. Cuando Auguste Demeiller acudió por fin a abrir, se estaba lavando, cubierto de sangre e incapaz de explicar lo que le había sucedido. Su esposa yacía muerta en el dormitorio conyugal. Él mismo, gravemente herido en la cabeza, apenas sobreviviría ocho días. El viajero buscado fue descrito en un primer momento por el acta de acusación como un transeúnte desconocido. Más tarde, el brigada Soyeux relató que Auguste Demeiller le habría manifestado haber alojado ya a aquel hombre en la posada un año antes; no obstante, tal indicación no proporcionaba nombre seguro alguno y las pesquisas habrían de prolongarse durante meses.

Los esposos Demeiller regentaban su albergue en el camino que une Vervins con Brunehamel. La instrucción judicial describió un asalto perpetrado en la noche del 14 al 15 de noviembre. La mujer fue hallada con el cráneo destrozado; su marido presentaba siete heridas en la cabeza. Aún con fuerzas para articular palabra, refirió que un transeúnte había cenado con ellos antes de retirarse a dormir hacia las once. Al despertar, Demeiller se desangraba, el dinero había desaparecido y el forastero ya no se encontraba allí. El testigo inicial no podía aportar nombre fidedigno ni motivo para semejante atrocidad.

La gendarmería halló en el inmueble una hachuela ensangrentada, rastros en las cortinas, platos y los restos de una cena. La declaración tomada con posterioridad a la niña Marie Rousselle atribuyó el golpe mortal a Ferrari y describió un arma distinta: una maza. Conviene subrayar la discrepancia entre este testimonio y los indicios materiales: el informe judicial recoge ambos extremos, pero no aporta ningún peritaje que permita zanjar aquí dicha discordancia. La niña afirmó haber presenciado la escena desde una ventana, aupada por su madre sobre unas piedras recogidas al borde del camino.

La pista permaneció largo tiempo incierta. En febrero de 1872, mientras los menores Rousselle se encontraban retenidos en Vervins a causa de un asunto de contrabando, Marie habló del crimen con Desson, un conductor encargado de su traslado. Señaló a Ferrari y aseguró que ella y su madre habían montado guardia detrás del edificio. Otras personas escucharon más tarde versiones semejantes, aunque con divergencias de detalle: quién había asestado los golpes, quién aguardaba en el exterior, quién se había apoderado del dinero. En el mes de mayo, el juez de instrucción condujo a la niña hasta la posada. Reconoció el lugar y ofreció una descripción pormenorizada de cuanto afirmaba haber presenciado.

La acusación imputaba a Ferrari los golpes mortales asestados al matrimonio, a Pierrot, llamado Lecoq, el traslado de los cuerpos, y a la mujer Rousselle las labores de vigilancia y el saqueo posterior a la agresión. Sostenía asimismo que Marlois, apodado «el Drenador», había pernoctado en la posada haciéndose pasar por viajero para franquear la entrada a sus cómplices. La implicación de Valpoël, apodado «la Pulga», dependía de las declaraciones de Marie y de su identificación formal. Todos estos papeles pertenecían a la tesis del ministerio fiscal; el juicio oral debía dirimir todavía qué elementos daría por probados el jurado.

La identidad de «la Pulga» ya había sembrado la confusión en el procedimiento. La cámara de acusación había enviado a juicio ante la audiencia provincial a Jules Dubois, alias «la Pulga», natural de Aubenton, confundiéndolo con el individuo señalado en las declaraciones. Poco antes de la vista, Dubois fue detenido. Las primeras comprobaciones evidenciaron que no se trataba del hombre que había convivido con la mujer Rousselle ni del partícipe en el crimen. Fue puesto en libertad provisional por orden de la corte de Amiens; sin embargo, al no poder la cámara de acusación revocar el auto de procesamiento, hubo de comparecer forzosamente ante el tribunal, donde el jurado debía pronunciarse sobre su suerte.

La mujer Rousselle reveló entonces que dicho apodo correspondía en realidad a Jules Valpoël. Marie fue confrontada con él y lo reconoció. Había mencionado asimismo un perro pequeño de pelo rojizo que acompañaba siempre al hombre apodado «la Pulga»; Valpoël poseía un can de esas características desde hacía varios años, y la niña lo identificó durante la instrucción. Esta concordancia fue esgrimida por la acusación como un indicio de identidad, no como prueba concluyente de su intervención en el homicidio. Valpoël opuso una coartada: alegó haber estado en Fourmies junto a su amante y la hermana de esta, ambas enfermas de viruela. No obstante, los testigos situaron dicha dolencia en el mes de diciembre, y no durante la noche del crimen, en noviembre.

La vista pública dio comienzo el 13 de mayo ante la audiencia de lo criminal de Aisne, bajo la presidencia del magistrado Breuil. Comparecieron seis acusados: Ferrari, Pierrot apodado Lecoq, Marlois apodado «el Drenador», Valpoël apodado «la Pulga», Adolphine Rousselle y Jules Dubois. Las crónicas señalan la exhibición de un croquis del lugar ante los miembros del jurado. Lecoq negó en un principio haber estado en la posada, haber movido el cadáver o haber participado en el reparto del botín. Acto seguido, el presidente dio lectura a un interrogatorio previo en el que el reo admitía cierta intervención en los hechos, si bien aducía haber intentado amparar a la señora Demeiller. Ya en el estrado, Lecoq se retractó formalmente y alegó la falsedad de sus confesiones anteriores.

Ferrari denunció una confabulación urdida por la mujer Rousselle, atribuyéndola a un deseo de venganza personal. Reconoció haber mantenido trato íntimo con ella y haber engendrado un hijo en común, pero negó haber pisado Landouzy. Admitió haber golpeado a los niños; sostuvo, empero, que Marie mentía o que obraba bajo el influjo de su madre y de su padre. La Rousselle negó su presencia en el lugar del asalto, si bien admitió haber lavado las ropas de Ferrari el 15 de noviembre. Declaró haberlo visto regresar cubierto de sangre y añadió que el hombre pretextó haberse herido con una rama. Tal manifestación, al igual que otros pormenores de la vista, emanaba de su propia declaración testifical, por lo que no constituía confesión judicial alguna por parte de Ferrari.

Marie, de siete años según las actas del proceso, fue interrogada con mesura por el presidente, quien la exhortó a decir la verdad. La niña reiteró haber marchado a Landouzy en compañía de su madre y de Ferrari, haberse quedado fuera y haber contemplado la agresión a través de una ventana. El acta de acusación ya había consignado su relato, sus mudanzas de postura y el modo en que afirmaba haber podido observar la escena. Su hermana Louise, de nueve años y medio, se limitó a corroborar escasos extremos: que su madre se había ausentado con Marie y Ferrari, mientras que ella, al cuidado de los más pequeños en la casa familiar, solo tuvo noticia del crimen por boca de su hermana. Sus contestaciones fueron casi siempre monosilábicas. Semejante testimonio infantil cobraba una gravedad inmensa en una causa con pena capital, pero su valor probatorio debía ser calibrado a la luz de las restantes deposiciones y de las enérgicas negativas de los procesados.

Los testigos adultos aportaron observaciones divergentes. El brigada Soyeux reprodujo las últimas palabras de Auguste Demeiller y detalló el hallazgo de la hachuela y los restos del yantar. Dos vecinos reconocieron en Marlois al forastero avistado en la posada el 14 de noviembre. La compañera sentimental de este lo describió como un hombre violento e hizo un retrato de su fisonomía; no obstante, otro testigo contradijo la fecha exacta en que el reo se había afeitado la barba. La defensa supo apoyarse en tales contradicciones, mientras el ministerio público enlazaba la presencia del desconocido, el gorro de algodón incautado y los reconocimientos efectuados en sala.

El proceso tuvo asimismo como trasfondo el mundo del contrabando y la densa red de relaciones entre los encausados. Varios de ellos contaban con antecedentes penales; la mujer Rousselle cohabitaba con algunos de ellos y sus hijos crecían a merced de semejante ambiente. Aunque tales circunstancias salieron a relucir durante los debates, no bastaban para acreditar materialmente el asesinato. La confusión debida a un apodo casi había llevado al cadalso al reo equivocado. Correspondía, por ende, al presidente centrar el examen del jurado en los hechos atribuidos a cada individuo, mientras los acusados impugnaban de continuo confesiones, reconocimientos y la veracidad de los declarantes.

El 16 de mayo, el procurador de la República sostuvo la acusación fiscal. Las crónicas conservadas no recogen los alegatos defensores de manera exhaustiva, pero consignan los nombres de los letrados que asistieron a los seis imputados. El día 17, el presidente resumió los dilatados debates. Tras cerca de una hora de deliberación, el jurado emitió veredicto de culpabilidad sin circunstancias atenuantes para Ferrari; veredicto de culpabilidad con circunstancias atenuantes para Lecoq, Marlois y Valpoël; y veredicto de inculpabilidad para la mujer Rousselle y para Jules Dubois. La fundada duda que había hecho tan temible la identificación errónea de Dubois surtió así su efecto procesal: fue absuelto de todos los cargos, al igual que la Rousselle.

El tribunal condenó a Ferrari a la pena de muerte. Pierrot, llamado Lecoq, y Marlois, apodado «el Drenador», fueron sentenciados a trabajos forzados a perpetuidad; Valpoël fue condenado a quince años de trabajos forzados. La Gazette anunció que la ejecución de Ferrari tendría lugar en Laon, si bien el acta judicial disponible no precisa la fecha de la misma. En esta causa, seis imputaciones no desembocaron de manera automática en seis condenas: la menor y los testigos habían vinculado varios nombres a la tragedia, pero el jurado supo discernir los grados de responsabilidad y el tribunal impuso penas de diversa índole.

En la posada de Les Quatre-Vents, el único superviviente inicial jamás pudo poner nombre al huésped evaporado en la noche. Meses más tarde, los alias, los reconocimientos y las confesiones retractadas habían atestado los legajos. El veredicto condenó a cuatro hombres y absolvió a dos procesados, sin que ello transformara cada testimonio en verdad incontrovertible. La confusión materializada entre Dubois y Valpoël recuerda, en el núcleo mismo de una condena a muerte, hasta qué punto un apodo indebidamente atribuido a un hombre es capaz de desviar todo el curso de la justicia.

Nota documental: este relato sigue la crónica judicial impresa de las audiencias celebradas en mayo de 1873 y deslinda con rigor el acta de acusación, las diligencias de la instrucción, las testificales, los debates orales y la sentencia. Las edades de las dos menores no concuerdan en todos los pasajes del texto de origen; por ello, no se computan más allá de los datos consignados en sus respectivas declaraciones en sala. La fecha para la ejecución anunciada de Ferrari no figura en las páginas conservadas.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto distingue con precisión entre el acta de acusación, las declaraciones sumarias de la instrucción, los testimonios en estrados y el veredicto final. La declaración de las niñas se traslada con sobriedad estilística; el informe original consigna edades contradictorias según las secciones. El anuncio de la ejecución en Laon carece de datación en los folios preservados. La procedencia, signaturas, páginas y límites archivísticos se hallan descritos en la documentación preparatoria.

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