El 28 de mayo de 1832, hacia las seis de la mañana, las llamas brotaron de la tienda y de la vivienda de Jonathan Smithers, estanquero en el número 398 de Oxford Street, en Londres. La policía lo halló en el patio inglés, bajo el nivel de la calzada, buscando una salida a través de la cocina. Las rejas le impidieron ganar la acera; los transeúntes congregados intentaron forzarlas en vano. Subió entonces de nuevo por la escalera, ya devorada por el fuego, cruzó la tienda y desembocó en la calle con el rostro y las manos quemados, y sus ropas ardiendo por varios costados. Fue conducido al hospital de Middlesex. El aire que penetró súbitamente por la puerta del comercio avivó la hoguera; antes de que pudiera alertarse a los demás moradores, casi toda la planta baja de la casa era pasto de las llamas. A sus espaldas, los inquilinos, aún sumidos en el sueño, descubrían que la escalera les cerraba el paso.
Pronto asomaron a cada ventana hombres y mujeres implorando auxilio. La criada se alojaba en el tercer piso. Hizo señas de disponerse a saltar, mas la multitud congregada abajo le gritó que descendiese primero a una planta inferior. Alcanzó el segundo piso y se arrojó a los brazos de los hombres apostados bajo el alféizar. Quien amortiguó su caída rodó por tierra herido; la muchacha, en cambio, salió casi ilesa.
En esa misma planta, otra familia buscaba desesperadamente una salida. Mrs. Twamley, de setenta años de edad y aquejada de un asma crónica en fase avanzada, no podía abandonar el lecho. Sus hijas, Eliza y Caroline, compartían la estancia con su sobrino huérfano, Charles Richard Napoleon Farengo, de unos once años, y otra parienta. Cuando la escalera se volvió impracticable, Eliza estrechaba al muchacho entre sus brazos, junto a la ventana. Parecía más acongojada por la suerte del niño que por la suya propia. El fuego prendió en sus vestidos; Farengo se asió al alféizar y cayó de cabeza a la calle. En ese mismo instante, su tía, asfixiada por el humo, se desplomó bajo la ventana.
Caroline corrió hacia su madre. La alzó del lecho y la llevó a través de una ventana hasta los tejados planos de la parte trasera del inmueble. Unos vecinos, apostados en los edificios colindantes, le advirtieron del vacío que separaba las techumbres y le prometieron socorrerla, mandando levantar una escala. Antes de que pudieran alcanzarla, el pavor quebrantó sus fuerzas: Caroline se precipitó con su madre hacia el tejado inferior, en una caída de casi cuatro metros. Ambas mujeres resultaron malheridas. Mrs. Twamley fue puesta a cubierto y recibió auxilios médicos, pero expiró dos horas después. Caroline sobrevivió a sus heridas.
Los demás ocupantes —la señorita Thomasin, el francés señor Guissamere, el inquilino Davis y Mrs. Smithers, esposa del comerciante— escaparon por las construcciones traseras. Los bomberos acudieron y sofocaron el incendio antes de que alcanzara las casas vecinas; la vivienda de Smithers, su mobiliario y sus existencias quedaron, no obstante, reducidos a cenizas. Se buscó luego a Eliza. Su cadáver fue hallado en el punto exacto donde se la vio caer, bajo un amasijo de vigas humeantes; la envolvieron en mantas y trasladaron sus restos al asilo de pobres. Farengo, que se había estrellado de cabeza, falleció también poco después a consecuencia de sus lesiones. Tres vidas se habían cobrado las llamas; Smithers permanecía en el hospital, atendido por las quemaduras sufridas al escapar de su morada.
Al día siguiente, la investigación del juez forense sobre la muerte de Eliza desvió la atención de los rescates hacia el origen del fuego. Las declaraciones sacaron a la luz las hondas desavenencias entre Smithers y su esposa: reñían agriamente a cuenta de un bien perteneciente a ella que su marido codiciaba. La noche anterior, hacia la medianoche, el inquilino Davis había entrado en la casa gracias a que Smithers le franqueó la puerta. Al descender hacia los retretes situados junto a la escalera de la cocina, reparó en unas virutas de madera y vio a su casero afanado en disponerlas, como si temiese ser observado.
La criada se había retirado temprano. En contra de su costumbre, se le había ordenado dormir en la planta superior en lugar de en la cocina; Smithers y su esposa habían dispuesto su lecho en el salón trasero. Una decena de días antes del siniestro, Smithers había adquirido dos sacos de virutas y los había depositado en una bodega abovedada tras la casa, junto a viejos cestos, cajas y otros despojos. Estos pormenores, expuestos en la vista forense, otorgaron un cariz ominoso a los rastros descubiertos en las estancias calcinadas.
Al día siguiente de la catástrofe, el perito agrimensor Abrahams inspeccionó el lugar. Al pie de la escalera de la cocina, ante los retretes, halló restos de virutas consumidas. En la bodega contigua descubrió un rudimentario artefacto incendiario, conectado mediante un reguero a virutas y despojos inflamables. Las virutas habían ardido sobre un estante, pero el reguero de pólvora no llegó a prender: una hoja embadurnada de grasa colocada en mitad de la leña había interrumpido su curso. Según las actas, el fallo del mecanismo dejó intactos los indicios materiales del conato de ignición.
El jurado forense dictaminó que la muerte de Eliza constituía un asesinato voluntario y libró orden de arresto contra Smithers, aún ingresado en el hospital. En la indagatoria concerniente a Mrs. Twamley, el veredicto concluyó que había fallecido a causa del espanto. Al expirar Farengo, recayó sobre él un nuevo dictamen de asesinato. El 12 de junio, Smithers abandonó el hospital de Middlesex para ingresar en la prisión de Newgate, donde aguardó la celebración del juicio.
La vista se abrió el viernes 6 de julio. La acusación recaía sobre los asesinatos de Eliza Twamley y Farengo; las declaraciones escuchadas por el forense se reprodujeron ante el tribunal. El proceso se prolongó hasta las dos de la madrugada. El jurado declaró culpable a Smithers y el magistrado pronunció la pena de muerte, fijando la ejecución para el lunes inmediato. La crónica de Pelham no recoge confesión alguna ni una negativa rotunda: tras el veredicto se le instó a admitir la justicia de la resolución, pero evitó responder con franqueza. No reconoció la autoría del crimen, mas tampoco proclamó su inocencia.
El domingo, su esposa acudió a hablar con él por última vez. La crónica refiere que el encuentro fue conmovedor, si bien ninguno de los dos dio muestras de un desasosiego desmedido. Smithers le confió que, siendo niño, en un cementerio, le había asaltado el presentimiento de que acabaría sus días en el cadalso; tan lúgubre pensamiento jamás lo habría abandonado. Tras despedirse de ella, rezó y conferenció con el capellán. Antes de acostarse, escribió una breve misiva a su mujer. Pareció profundamente conmovido al concluirla; luego recobró la calma y manifestó sentirse en paz.
Poco antes de las ocho de la mañana del lunes 9 de julio, lo condujeron a la sala de preparación para maniatarlo. En ese trance, su entereza se quebró: la crónica retrata una agitación casi histérica. Conforme la hora fatal se cernía, rezó con mayor sosiego. A las ocho en punto fue llevado al cadalso. No dejó confesión ni palabra de consuelo a los supervivientes. Pelham añade que el comercio estaba asegurado en casi setecientas libras y sugiere que tal suma podría arrojar luz sobre el móvil del crimen, si bien no presenta esta conjetura como una admisión de Smithers. Caroline, postrada durante largo tiempo tras los sucesos, recibió más tarde el socorro de almas compasivas; en aquella misma casa, su desesperado intento por salvar a su madre había ido seguido de la pérdida irremediable de su hermana y de su tierno sobrino.
