El secreto del parricidio no fue desvelado por el examen preliminar del cadáver, ni por los vecinos que acudieron alarmados por el estruendo de los gritos, sino por una pensión de seiscientas libras. Mientras la familia permaneció unida, la caída por la ventana pudo figurar como un infortunado accidente; pero cuando la viuda marchó a Aix y los hijos entraron en reyerta por la administración de la merced obtenida del hermano del difunto, las cartas comenzaron a circular, acusándose unos a otros entre los muros domésticos. Una de ellas, redactada con el fin de denunciar el crimen, fue entregada por inadvertencia al canciller Pontchartrain; llegó a ojos del monarca, y poco tardó en despacharse la orden de prender a los culpables.
François D de S, oriundo de un antiguo linaje del Languedoc, había servido como capitán de la galera real La Réale. Contrajo matrimonio a los cuarenta años con Anne de S***, doncella de dieciocho, cuyos padres residían en Marsella. A decir de Champagnac, la disparidad de edades y de caracteres convirtió aquella unión en un perpetuo infortunio. Once vástagos nacieron del enlace; sobrevivieron cinco varones y dos hijas, que tomaron el velo. El padre no disponía, para el sustento de la prole, más que de sus propios emolumentos. En 1709, se retiró a una casa de campo en las inmediaciones de Marsella, en el paraje de Saint-Barnabé, en compañía de su esposa y tres de sus hijos: Jean-Baptiste, François-Guillaume y Louis-César. El criado turco y Suzanne Borelli, sirvienta, completaban la servidumbre. Antoine, el primogénito, servía en la marina real; Étienne Gayetan era subteniente de infantería.
Los tres años pasados en aquella finca campestre fueron, escribe el cronista, una continua discordia. El 16 de octubre de 1712, día de la festividad parroquial, la familia se sentó junta a la mesa. Jean-Baptiste debía almorzar fuera, en casa del cura Senclou, con cuya sobrina había casado sin la venia paterna; consigna no obstante la crónica que el padre le había otorgado el perdón y celebraba retenerlo a su lado. Concluida la comida, François-Guillaume demandó dinero para acudir a los festejos. Su padre le dio primero cinco sueldos, luego diez, sumas que el mozo juzgó insuficientes. Comenzaron entonces los vituperios.
Anne de S*** salió de un aposento contiguo y tomó parte en la disputa. François-Guillaume se plantó en el umbral, espada en mano, e intimó a su padre. El capitán llamó a su criado y le ordenó ensillar un caballo: resuelto estaba a trasladarse a Marsella e interponer querella formal contra sus hijos. Jean-Baptiste manifestó su propósito de respaldar a su hermano. Entonces, según el memorial de Champagnac, la madre les advirtió que estarían perdidos si el padre acudía a deponer ante la justicia. Asió a este de los cabellos y lo derribó al suelo; Jean-Baptiste se arrojó sobre él. François-Guillaume lo hirió en la cabeza con la espada, tras lo cual Jean-Baptiste y la madre acabaron por asfixiarlo. Louis-César, que apenas contaba trece años, sollozaba en un rincón de la estancia. El criado, presa del espanto, no acertaba a intervenir.
Consumado el homicidio, precisó mudar las apariencias del óbito. Anne de S*** entregó un escudo a François-Guillaume para que marchase a la fiesta. Jean-Baptiste y el sirviente trasladaron el cadáver a la parte alta de la heredad. La madre mandó llamar acto seguido al cura Senclou, valiéndose de Louis-César. Llegado el eclesiástico, le confió que sus dos hijos acababan de matar al padre y le imploró consejo. Refiere el cronista que el sacerdote propuso en un inicio tender el cuerpo en el lecho y fingir una muerte repentina; al objetar la madre que las heridas hacían poco creíble tal impostura, sugirió arrojar los restos por la ventana y simular una caída casual mientras se colgaba una jaula de pájaros.
La familia ejecutó el dictamen. Jean-Baptiste arrojó el cadáver por el ventanal; Anne degolló una gallina sobre el suelo donde yacía el cuerpo. Se mesó los cabellos y prorrumpió en gritos, congregando a los vecinos, a quienes relató la fatal caída de su marido. Acudieron los cirujanos por mandato del teniente de lo criminal. Consta en la relación que, prevenidos como estaban de aquella versión de los hechos, examinaron los despojos con tal ligereza que pasaron por alto los vestigios del homicidio. Aquella primera pesquisa no sacó a la luz la verdad; durante varios años, la muerte de François D de S quedó asentada formalmente como una caída.
La viuda se vio privada de los haberes que percibía su esposo. Su cuñado, el conde de S***, logró que se concediese a la madre y a los huérfanos una pensión de seiscientas libras. Este socorro, que debía procurarles alivio, devino en nueva manzana de la discordia. La viuda pretendía disponer de ella a su arbitrio. Al topar con la porfiada resistencia de sus hijos, partió rumbo a Aix. François-Guillaume y Étienne Gayetan se establecieron en la heredad de recreo; Jean-Baptiste y Louis-César fijaron su morada en Marsella.
Étienne Gayetan quiso asumir la administración de la asignación y garantizar, según el texto, una gestión más arreglada. Jean-Baptiste se opuso de plano. Étienne lo conminó con denunciar el crimen. Dirigió misiva al marqués de Montolieu, antiguo camarada de su padre, revelándole la muerte violenta; hizo leer el pliego a Louis-César y consintió en que se lo llevase para exhibirlo ante Jean-Baptiste. Este respondió con otra carta dirigida al propio marqués, achacando en exclusiva el asesinato a su madre y a François-Guillaume. Anne de S escribió por su cuenta al conde de S, su cuñado, cargando todas las culpas sobre Jean-Baptiste; el conde le devolvió la epístola aconsejándole que la arrojase a las llamas.
El marqués de Montolieu, consternado por la confidencia de Étienne, acarició la idea de recabar una orden regia de detención para desterrar del reino a los miembros del linaje. Tomó parecer al marqués de Cavoye; mas el conde de S***, tío de los jóvenes, disuadió a este de tal paso, temeroso de que el rey exigiese conocer los motivos de la providencia solicitada. Se convino en quemar la carta. Empero, la misiva de Jean-Baptiste, destinada a Montolieu, se deslizó por descuido entre los legajos que Cavoye entregó en mano al canciller Pontchartrain.
Debía Pontchartrain examinar los papeles a la jornada siguiente. Al hojear los documentos, dio con la carta inculpatoria antes de posponer su lectura. El contenido lo llenó de horror; acudió de inmediato ante el rey. Cavoye, advertido de su yerro al día siguiente, reclamó la restitución del pliego, mas ya era tarde. El monarca ordenó a la Audiencia y Parlamento de Provenza prender a todos los partícipes y sustanciar la causa. Fueron conducidos a las cárceles de Marsella.
El sirviente fue oído en un primer momento en calidad de testigo. Su declaración inicial sostuvo la fábula de la caída. Fue encarcelado por falso testimonio y recluido en un angosto calabozo para forzarle a revelar lo que sabía. Acusó entonces a la madre y a François-Guillaume, involucrando con menor peso a Jean-Baptiste. Cinco meses más tarde, tras solicitar nueva audiencia, exculpó a los dos primeros y sindicó únicamente a Jean-Baptiste. Aquellas mudanzas en su testimonio no bastaron para deslindar los grados de culpa; los careos y los interrogatorios habrían de enfrentar abiertamente las versiones de los encausados.
Otros testigos depusieron que la madre había intentado con anterioridad emponzoñar a su cónyuge mediante una pócima destinada a postrarlo en cama. Jean-Baptiste admitió que ella lo había enviado repetidamente a la botica del cirujano para adquirir substancias ponzoñosas; el cirujano corroboró tales demandas, asegurando haberlas rehusado. Careado con su madre, Jean-Baptiste guardó silencio al principio. Tras escuchar la deposición de esta, impugnó que se le imputase en solitario la autoría y rememoró la contienda, la espada de su hermano y el ataque de la progenitora. Presenta Champagnac las pesquisas y careos como el término de las dudas procesales, señalando que los reos concluyeron por confesar el atentado.
El tribunal de Marsella dictó sentencia el 10 de febrero de 1714. Jean-Baptiste, François-Guillaume, Louis-César, la madre y el criado recibieron penas dispares. Los dos hijos mayores fueron condenados a rigurosas penas corporales y a la de muerte; el menor debía presenciar los suplicios y sufrir destierro perpetuo; la madre fue sentenciada a la decapitación; el criado, a ser azotado. Los reos apelaron y fueron conducidos a Aix. El 18 de abril, el Parlamento confirmó casi en su totalidad el fallo, mas declaró a Louis-César absuelto de la causa. En cuanto al criado, se le impuso contemplar las ejecuciones y permanecer colgado dos horas por las axilas: el tribunal castigaba en él su condición de testigo pasivo, sin reputarlo cooperador en el homicidio.
Consigna Champagnac que los demás reos sufrieron el rigor del fallo con resignación y arrepentimiento. El canciller Pontchartrain obtuvo del soberano una asignación en favor de los hijos inocentes: ciento cincuenta libras para ellos y doscientas para Antoine. Este se vio forzado, empero, a abandonar el servicio en la armada, no obstante sus probados méritos, pues la opinión pública hacía recaer sobre el linaje entero la infamia de unos pocos. Concluye así la crónica sobre aquellas secuelas que exceden la culpa individual: la acusación y la condena alcanzaron a los hijos que nada tuvieron que ver con el crimen, al paso que la misma pensión de la que dependían había sido el origen de los papeles que acabaron por revelarlo.
