La portada general del opúsculo sitúa ambos procesos el 21 de marzo de 1812, ante el tribunal de las asidias de Bury. En la sección consagrada a los esposos Smith, el fiscal de la acusación, el señor Alderson, abrió su exposición evocando a tres niños a quienes los vecinos de Cookley habían dejado de ver de improviso. Sostuvo que la familia Smith había sustraído a los menores de toda mirada pública y que su salud se había desmoronado bajo los golpes, la falta de alimento y el rigor del frío. La crónica judicial comienza con esta requisitoria acusatoria, no con una escena recreada: ningún testigo refiere aquí lo acaecido hora tras hora tras los muros de la vivienda. El juicio se limitaba a dilucidar lo que algunos habían alcanzado a ver, lo que los médicos podían certificar y lo que cada cual había oído decir.
John Smith contaba treinta y nueve años; Elizabeth, veintisiete. Mary Ann, nacida del primer matrimonio de John, tenía ocho. Dos criaturas más pequeñas compartían el techo paterno. El acta de acusación, según la resume el texto impreso, imputaba una sucesión de castigos físicos, privaciones de comida y exposiciones al frío entre el 31 de diciembre y el 11 de febrero. Señalaba como consecuencias directas múltiples lesiones, una demacración extrema y la gangrena de los pies; la niña expiró el 11 de febrero. Estos extremos constituían, ante todo, los términos formales del cargo, no una comprobación pericial independiente. Los otros dos hermanos lograron sobrevivir.
Alderson instó al jurado a representarse a unos niños antes robustos, reducidos luego a tal grado de postración que apenas reparaban en cuanto los rodeaba. Afirmó que, antes de las segundas nupcias de John, celebradas en noviembre, los tres menores andaban limpios y bien nutridos; después, según su alegato de apertura, se les mantuvo recluidos y los vecinos no descubrieron su situación hasta los primeros días de febrero. Prometió probar los malos tratos, el hambre y el frío. Sus palabras respondían al celo propio del ministerio fiscal, y suya fue la advertencia de que la indigencia no podía esgrimirse como eximente. El proceso, en cambio, ofrecería testimonios de alcance harto más restringido.
Lucy Smith, hermana del acusado, situó su primera visita el 5 de febrero. La víspera por la noche, declaró, su hermano se había presentado deshecho en llanto en su domicilio de Halesworth. Le anunció entonces que su primogénita agonizaba y que los otros dos pequeños decaían con rapidez alarmante. Al día siguiente, Lucy halló a Mary Ann en el lecho, en una estancia cuyo hedor se le hizo insoportable. Creyó que la niña apenas resistiría unas horas. Los dos menores, en la planta baja, le parecieron sumidos en una indiferencia casi total hacia su entorno.
Lucy regresó el viernes. Mary Ann reconoció su voz y la llamó en cuanto la oyó subir la escalera. Lucy aseguró haber advertido manchas oscuras en el torso, los brazos y el cuello cuando apartaron la ropa de cama. Elizabeth las atribuyó al malestar y afirmó que no habían brotado hasta el día anterior. Los pies de la pequeña estaban envueltos en trapos; Mary Ann suplicaba que se los retirasen, pero su madrastra se opuso a ello, según la declaración de Lucy. Este pormenor no bastaba por sí solo para fijar el origen de las lesiones, si bien revelaba que el estado de la niña no admitía ya reducirse a las meras explicaciones de la familia.
La hermana escuchó, asimismo, dos versiones de una misma desdicha. Declaró haber increpado al matrimonio por dejar morir de hambre a los niños. John replicó que le era imposible procurarse sustento bastante y añadió que sospechaba que su esposa les regateaba la bebida. Según el testimonio, le encomendó a los dos más pequeños, a quienes ella tomó de inmediato bajo su amparo. A Lucy le habría confesado que se sentía horrorizado al ver a su hija mayor desde hacía tres semanas y que abandonaría la región para huir de su mujer. Se trataba de confidencias transmitidas por su hermana, no de una declaración asentada en autos por el secretario, y la crónica no menciona testigo alguno de aquel diálogo.
La defensa interrogó a Lucy sobre el grado de intimidad que mantenía con el hogar. Ella reconoció que apenas había frecuentado la casa tras las segundas nupcias. Sin embargo, describió a su hermano como un marido afectuoso y un padre solícito con anterioridad a dicho enlace. Sabía que su primera esposa había fallecido de consunción y añadió que John temía que la mayor hubiese enfermado al cuidarla. Su testimonio reunía así una alerta tardía, confidencias atribuidas al procesado y un recuerdo benévolo de su índole moral. Elementos todos que distaban de componer un cuadro unívoco.
Mary Clark, vecina afincada a cosa de media milla, declaró haberse presentado en el lugar tras enterarse de que los niños padecían hambre y que una de las niñas se moría. Conocía a la familia desde hacía años y recordaba a unos infantes aseados, sanos y vivaces. En febrero encontró una habitación mugrienta, pestilente, y a Mary Ann en un estado que juzgó espantoso. Clark les llevó en varias ocasiones naranjas, pastel, vino y agua; los niños, según ella, devoraban con avidez salvaje. Refirió también que la procesada sostenía darles cuanto podía conseguir, si bien admitía que acaso les faltara bebida. Ciertas palabras que Clark atribuyó a la pequeña fueron desestimadas expresamente por el magistrado, por lo que no pudieron incorporarse como prueba formalmente admitida.
Ann Cameron, antigua sirvienta de los Smith, había llevado las riendas de la casa durante trece meses y dejado su empleo el 8 de noviembre precedente. Aseguró que, por entonces, los menores gozaban de cabal salud y nunca carecieron de sustento. Al ser interrogada por la defensa, calificó a John de buen padre, puntualizando no obstante que se ganaba la vida como jornalero y rara vez pisaba la casa salvo para las comidas y al término de su jornada. Su declaración fijaba el estado de cosas previo, pero nada aportaba sobre lo acaecido durante las semanas en que Mary Ann fue consumiéndose.
John Walker, cirujano, explicó que John Smith había acudido a su consulta el 1 de febrero a propósito de la primogénita, afirmando que sufría calenturas por causa de lombrices. Walker consideró de inicio que la descripción no justificaba desplazarse; remitió un vermífugo y pasó a examinar a los niños uno o dos días más tarde. Los halló a todos en extremo consumidos y postrados, poseídos de una apatía que le causó viva impresión. Mary Ann presentaba una emaciación mayor que la de cualquier niño que hubiese visto jamás. Ignoraba entonces el estado de sus extremidades. Tras el fallecimiento, constató que la gangrena ascendía ya hasta los tobillos; juzgó que esta había acelerado el deceso, añadiendo no obstante que la pequeña habría podido reponerse de haber gozado de una salud previa intacta.
Stebbing Revans hijo, encargado de la autopsia, atribuyó la muerte a la falta prolongada de alimento. Estimaba que la gangrena obraba como causa secundaria que había precipitado el desenlace, descartando de plano que la niña hubiese sucumbido a la consunción. Su padre, facultativo en Halesworth desde hacía más de veintiséis años, emitió un parecer semejante: el origen primordial radicaba en una privación alimentaria continuada; la gangrena había operado como fulminante sobre un organismo ya extenuado. Ninguno de los tres facultativos se inclinaba por una causa única y aislada. Distinguían la inanición, la debilidad extrema y las lesiones de las extremidades, explicando cómo tales factores habían terminado por combinarse de manera fatal.
La acusación sumó el testimonio del agente John Wright, responsable del arresto de John Smith. Wright aseguró no haberle prometido favor alguno. Según su versión, Smith habría reconocido haber encerrado a la niña en el cobertizo tres noches distintas, a instancias de su mujer, y haberla suspendido por la cintura, con los pies rozando el suelo, por no haber cumplido su labor en el hilado. La crónica atribuye estas palabras al reo a través de la mediación del agente; no constan en el acta como confesión firmada. Wright aludió asimismo a ciertos comentarios cruzados entre los cónyuges sobre el reparto de carne y el porvenir de las criaturas, pero el juez declaró inadmisible ese extremo. Procedía deslindar con rigor lo que el testigo aseguraba haber oído de lo que el jurado tenía derecho a ponderar.
Los testigos de descargo volvieron a incidir en la conducta de John. George Higham, hacendado que lo tuvo a su servicio desde 1805 hasta octubre de 1811, lo describió como afectuoso con su prole. Le vendía dos fanegas de trigo cada tres semanas y jamás oyó decir que en su casa faltara comida. James Reeve lo recordaba igualmente como hombre hacendoso y atento, aunque su trato con la familia decayó tras las segundas nupcias. Hayward, vecino de Cookley, aportó también un favorable informe de conducta. El juez observó que semejante reputación se había expuesto con tanta amplitud como cabía esperar. Respondía al semblante moral de los deponentes, pero no desvirtuaba las deposiciones forenses ni lo advertido de visu dentro de la vivienda.
En su recapitulación final, el magistrado conminó al jurado a determinar, en primer lugar, si se había perpetrado un homicidio voluntario. Remitió a las conclusiones de los tres cirujanos, quienes achacaban el deceso al hambre, agravada por otras crueldades materiales, y a la gangrena que había precipitado el fin. Tras cinco minutos de deliberación, el jurado declaró a John y a Elizabeth Smith culpables de asesinato y se dictó la pena capital. El juez los condenó a morir en la horca el lunes 23 de marzo, y a que sus cadáveres fuesen entregados a los cirujanos para su disección anatómica. El opúsculo no precisa si la sentencia fue llevada a efecto.
La crónica judicial concluye clausurando sobre el mismo hogar dos series de testimonios sin pretender desvelar lo que ninguna mirada ajena llegó a contemplar. La hermana había recogido a dos de los huérfanos; la vecina había llevado socorros de urgencia; la antigua criada recordaba un domicilio antaño bien administrado; los cirujanos coincidían en el papel inexorable del hambre, deslindando aquello que había precipitado el término fatal. El veredicto fijó la culpabilidad de los cónyuges ante los ojos del tribunal, mas no convalidó cada palabra consignada ni cada pormenor del acta de acusación. En Cookley, la puerta que se había cerrado sobre los niños solo se entreabrió en este sumario a través de las miradas incompletas de cuantos lograron cruzar el umbral.
