Riencourt fue el primero en recibir la sopa y comió con premura. Los demás se asombraban del regusto acre del potaje; Demay de Vieulaine y su esposa se abstuvieron de probarlo. Pronto Riencourt comenzó a quejarse de cólicos atroces y, al poco, los mismos síntomas acometieron a los invitados que habían tomado el plato. Riencourt expiró casi al instante. El 13 de septiembre de 1762, un convite familiar se había transformado en un sumario criminal.
La morada pertenecía al tío materno de Charles-François-Joseph Leroi de Valines. Antes de estos sucesos, el joven había convivido con sus padres en el castillo de Valines. Entre los concurrentes se contaban los Riencourt, su hijo —paje de la reina—, una hermana de Demay de Vieulaine, el cura de la parroquia y Leroi. Debían sentarse ocho personas a la mesa, incluidos los señores de la casa. Mas Leroi anunció que no cenaría con ellos: pretendía viajar a Longpré, donde nadie le aguardaba. Le suplicaron que permaneciera junto a los suyos y a sus amigos; él persistió en su negativa, aduciendo un quehacer.
Almorzó, no obstante, con el joven Riencourt, quien debía partir antes de la cena con rumbo a Versalles, donde le llamaba su servicio como paje. Leroi, por su parte, no tenía cita alguna concertada en Longpré. Tras la marcha de su compañero, permaneció en la casa y merodeó hasta la cocina. Pidió repetidas veces a la cocinera que fuera a buscar acedera a un huerto apartado, pretextando que deseaba limpiar las hebillas de su luto. Al quedar a solas, aguardó su regreso. Ella le trajo las hojas; él fingió frotar las hebillas y luego abandonó la casa en dirección a Longpré. Estos movimientos cobraron todo su peso tras el yantar, cuando los convidados cayeron enfermos.
A la mesa fueron servidas seis personas; los dueños de la casa recordaban los dos recientes fallecimientos en su familia —la hermana y el cuñado de Demay— y se abstuvieron. La aspereza del caldo inquietó a los demás invitados. Las dolencias alcanzaron primero a Riencourt y luego a cuantos habían comido, según el orden y la cantidad ingerida. Se procuraron remedios; varios enfermos sintieron alivio, pero Riencourt pereció casi en el acto.
La noticia corrió con presteza. El procurador del rey en Abbeville presentó querella y requirió la presencia del juez en Vieulaine. La autopsia practicada a Riencourt acreditó que el veneno había provocado su muerte; los restantes comensales habían resultado afectados tras probar el mismo potaje.
Las miradas no tardaron en recaer sobre Leroi. La instrucción demostró que había adquirido veneno en múltiples ocasiones y examinó tanto su presencia en la cocina como su marcha antes de la cena. Los magistrados indagaron asimismo en sus dispendios y en los hurtos que había perpetrado en diversas circunstancias. Champagnac señala la herencia como el móvil del envenenamiento de los padres. Estos indicios propiciaron su arresto y reorientaron la causa hacia los óbitos de su padre y de su madre.
El padre había enfermado el 30 de junio, tras tomar únicamente un refrigerio liviano. Durante la tarde se vio asaltado por retortijones de vientre, violentos dolores de cabeza y desgarros de estómago. Los vómitos agravaron su estado; hacia la medianoche, las crisis arreciaron y expiró el 2 de julio a las seis de la mañana, entre feroces convulsiones. Según refiere Champagnac, su hijo le había exhortado a morir y le había mostrado un crucifijo en repetidas ocasiones, pronunciando piadosas palabras. Quienes vieron el cadáver advirtieron que una sangre negra y hedionda manaba de su cabeza. Tal observación quedó consignada sin que en aquel momento investigación alguna determinara la causa del deceso.
El 25 de julio, su madre fue presa de síntomas idénticos a los de su esposo. El médico llegó una vez fallecida y no pudo precisar el origen del mal. Champagnac resalta que no brotó sospecha alguna sobre aquellas muertes tan repentinas. La mujer recibió sepultura sin mayores diligencias y Leroi tomó posesión del patrimonio. Meses más tarde, la justicia volvió la vista sobre ambos fallecimientos.
Durante la exhumación, el estado de descomposición impidió hallar vestigio alguno de tósigo. El cirujano convocado al lecho de los padres consideraba, empero, que tales síntomas solo podían proceder de un veneno corrosivo. Este testimonio gravitó sobre el proceso, sin equivaler por ello al hallazgo concluyente de una sustancia en los despojos. Champagnac no consigna el nombre del tóxico adquirido por Leroi ni ofrece resultado químico alguno.
Fueron analizadas otras declaraciones. Leroi admitió haber manifestado que su madre había sido envenenada, pero justificó sus palabras asegurando que ella había bebido leche de una cacerola mal estañada. La moza de corral, a quien se atribuía haber referido dicha frase, fue careada con él y desmintió el hecho. Otro recuerdo incriminaba al vástago: tras expirar el padre, su madre le habría rogado que se recogiera más temprano; él habría replicado que aquello no duraría siempre y que pronto sería su propio amo. Por último, en medio de los tormentos de la agonía, ella le habría espetado: «Eres un desdichado; tú eres la causa de mi muerte». Champagnac rescata estas palabras a través de las actas de la causa.
A primeros de abril de 1762, Leroi no había cumplido aún dieciséis años cuando perpetró un robo con allanamiento en la morada de un canónigo de Aire-en-Artois. Champagnac consigna este delito como antecedente, sin que la edad atribuida a aquel primer suceso permita determinar con certeza la que contaba el joven en la cena de septiembre. El 27 de marzo de 1764, el teniente criminal de Abbeville le condenó a ser roto vivo en la rueda y arrojado luego al fuego por el conjunto de los crímenes que se le imputaban.
En apelación, el Parlamento de París revocó el 22 de agosto de 1764 la sentencia de Abbeville en ciertos extremos a fin de esclarecer varios puntos de hecho. Sometido a la cuestión de tormento, Leroi confesó el envenenamiento de su padre y de su madre. Dicha confesión fue obtenida bajo tortura. Tras las disputas judiciales entabladas por parientes que se personaron como causahabientes, el litigio quedó zanjado con su privación de los derechos sucesorios.
Leroi fue declarado indigno de las sucesiones paterna y materna y entregado después al verdugo. La muerte de Riencourt había sido calificada de envenenamiento consumado tras la cena; la acusación concerniente a los padres descansaba en síntomas pretéritos, un testimonio facultativo, palabras referidas por testigos y una confesión arrancada bajo suplicio. Los cuerpos desenterrados no habían aportado rastro identificable alguno. Fue de este modo como el joven perdió los bienes codiciados y como la imputación del doble parricidio desembocó en el cadalso.
