Había dado la señal. Las oraciones habían concluido, los magistrados ocupaban sus puestos y la multitud se apiñaba ante el tablado; en Edimburgo, aquel 30 de diciembre de 1818, ya no quedaba más que abrir una trampilla. Esta se resistió cerca de un minuto. Cuando por fin cedió, los pies de Robert Johnston continuaban tocando el entarimado. La cuerda tiraba; la madera sostenía. Entre ambas, un hombre se debatía ante los ojos de una ciudad entera congregada para verlo morir.
Johnston tenía veinticuatro años cuando se vio implicado en el robo perpetrado en la tienda de un cerero. Nacido en Edimburgo, hijo de padres humildes, había trabajado como carretero y llevado, según la crónica de Camden Pelham, una vida intachable hasta entonces. Otros dos hombres habían sido arrestados y condenados junto a él. Para ellos, la pena se conmutó por destierro perpetuo; para él, continuó siendo capital. Tres culpables al término de un proceso, dos partidas hacia el exilio, un lugar reservado en el cadalso: la crónica deja constancia de esta disparidad sin revelar el motivo.
En el Lawnmarket se había erigido la plataforma habitual con su correspondiente trampilla. Hacia las tres menos veinte, Johnston salió del lugar de reclusión, acompañado por dos magistrados, el reverendo Tait y los oficiales encargados de dirigir la ceremonia. El ataúd aguardaba. Pelham describe a un reo de notable entereza a la hora de dar la señal. Las plegarias precedían a este ademán: Johnston debía indicar él mismo que había llegado el momento. Después, la mecánica del tablado y el quehacer del ejecutor debían tomar el relevo. Ninguno de estos preparativos impidió el error que, en ese instante, dejaba los dedos del pie del condenado en contacto con la madera. La multitud alcanzaba a ver que el hombre no caía lo suficiente; los responsables de la ejecución lo veían con idéntica claridad.
Uno o dos hombres se pusieron a trabajar bajo el cadalso provistos de hachas. Se trataba de abatir la parte que aún sostenía los pies de Johnston. Los golpes no abrieron el espacio preciso. Sobre ellos, el condenado continuaba forcejeando; alrededor, los gritos arreciaban. La ejecución ya no era esa sucesión de actos reglamentarios que los oficiales debían cumplir: se había paralizado ante un defecto de construcción, y cada tentativa por remediarlo no hacía sino prolongar el espectáculo.
Cerca del tablado, un guardia golpeó a un individuo que pugnaba por avanzar. Este gritó que lo asesinaban. Pelham relata que algunos espectadores, ignorando el origen del clamor, creyeron oír al propio condenado. El grito cundió entre ellos y mudó el curso de los hechos. Varias manos recogieron las piedras sueltas del pavimento. Los proyectiles alcanzaron a los custodios del cadalso; magistrados y guardias se vieron forzados a retroceder. Aquella retirada abrió, entre la muchedumbre y Johnston, una vía que escasos momentos antes no existía.
Se exigió que lo desataran: aún respiraba. Un caballero de porte distinguido subió a la plataforma y cortó la soga. Johnston cayó de costado. Había permanecido suspendido cerca de cinco minutos. Otros treparon al tablado, deshicieron las ataduras de su cuello y de sus brazos, le retiraron el capuchón que le cubría la cabeza y le aflojaron las ropas. Luego lo alzaron y se lo llevaron hacia High Street. Aquel para quien se había dispuesto un ataúd abandonaba la plaza vivo, llevado en hombros por los mismos testigos de su suplicio.
A sus espaldas, otra parte de la multitud destrozó el ataúd y acometió la horca para derribarla. Esta resistió. Varios guardias fueron golpeados; el verdugo, retenido un tiempo por los amotinados, resultó gravemente maltrecho. En la misma calle se socorría a un hombre mientras se castigaba a otros. El rescate de Johnston carecía de cabecilla reconocido y de amparo seguro: quienes se lo llevaban habían arrebatado al reo del tablado, pero no habían neutralizado a las fuerzas que podían recapturarlo.
Los agentes se reorganizaron en mayor número y alcanzaron a la comitiva a la entrada de Advocates’ Close. Volvieron a apresar a Johnston. Ante la guardia de prevención, el reo permaneció un tiempo tendido en mitad del arroyo, medio desvestido. Algunos agentes terminaron por aferrarlo y lo arrastraron una veintena de pasos hasta el interior. La marea acababa de invertirse: tras los brazos que lo habían apartado de la soga, llegaban los que lo devolvían a la custodia de la justicia.
Un cirujano se ocupó de él. Durante más de media hora, Johnston permaneció en el puesto; se le practicaron sangrías en ambos brazos y en la sien. La crónica atribuye a estos auxilios el regreso de los signos vitales. El prisionero no pronunció una sola palabra. Fuera, un destacamento descendido del castillo al mando de un magistrado tomaba posiciones. Los soldados se desplegaron en torno a la guardia y al lugar de la ejecución. La multitud continuaba allí, pero las calles por las que se habían llevado a Johnston estaban ya tomadas por la fuerza militar.
Lo condujeron de nuevo al cadalso. Varios hombres lo sostuvieron en pie sobre una mesa mientras le colocaban otra vez la soga al cuello. Sus ropas caían deshechas; se las ajustaban como podían. Oscilaba, retenido a un tiempo por el nudo y por sus pies apoyados en el soporte. Una primera vez, el suelo había impedido la caída; en esta ocasión había una mesa que sí podía retirarse.
Al apartarla, una de las manos de Johnston se liberó de las ligaduras. Sus dedos se crispaban en torno a la cuerda. Los gritos resonaron de inmediato. Hubo que traer una silla; el verdugo subió a ella, arrancó la mano de la soga y volvió a descender. El rostro había quedado al descubierto. Terminaron por tapárselo con un lienzo, mientras las voces de que aquello era un crimen se mezclaban con alaridos de vergüenza. Unos minutos más, y Johnston dejó de agitarse.
La tropa custodió la plaza hasta la retirada del cadáver. La tarde caía; la multitud se dispersó. Había presenciado el fracaso de la sentencia, había arrancado a un ser vivo del patíbulo y lo había visto después regresar a manos de quienes debían consumar la ejecución. Del carretero, el relato apenas conserva palabras y casi nada del juicio. De quienes cortaron la cuerda, ni siquiera consigna los nombres. Queda tan solo aquel tránsito por las calles de Edimburgo: unos pocos hombres cargando con Johnston hacia High Street, convencidos al menos de una certeza que ya habían gritado antes de liberarlo: que aún estaba vivo.
