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Justicia y escándalos · Francia

La esquela al pie del abeto

Jeufosse, 12 de junio de 1857. Émile Guillot cae abatido por ocho postas de plomo en el parque del castillo. La acusación señala al guardabosque Crépel como el ejecutor de un plan concebido a partir de los agravios de la familia de Jeufosse; los papeles atribuidos a la viuda y a sus hijos son objeto de disputa. La crónica recopilada da cuenta de una emboscada y de las últimas palabras atribuidas a Guillot en su agonía. La reseña judicial de la época sitúa la vista del 17 de diciembre en Évreux; los jurados absuelven a los acusados y desestiman la demanda civil.

La noche del 12 de junio de 1857, Émile Guillot se adentra en el parque de Jeufosse portando una esquela sellada. La desliza entre dos piedras, al pie de un abeto. Un guardabosque aguarda apostado bajo un seto. Guillot reanuda el paso hacia el castillo; cuando se vuelve tras una hilera de tejos, el guarda le da el alto con un grito y abre fuego. Ocho granos de plomo hacen blanco en su cuerpo. Agonizará durante tres cuartos de hora. Un billete depositado, un disparo de escopeta y las palabras pronunciadas en el estertor de la muerte pronto habrán de enfrentar a una acusación de homicidio premeditado con una defensa cerrada de la propiedad.

La finca pertenece a la familia Delaniepce, cuya viuda, nacida Élisabeth de Beauvais, es conocida como Madame de Jeufosse. Su esposo, antiguo oficial de caballería, había fallecido una década atrás. La mujer reside con sus hijos Ernest y Albert, de veinticuatro y veintidós años respectivamente, y su hija Blanche, que aún no ha cumplido los diecinueve. Los dos jóvenes se han instalado en París, donde ciertas operaciones bursátiles han menoscabado su patrimonio; Ernest, de hecho, se halla bajo curatela. La heredad normanda constituye, así, a un tiempo residencia familiar, refugio y telón de fondo de amargas zozobras financieras.

Los Guillot residen en Aubevoye, en el castillo de Gaillon. Émile, casado desde hace diez años, es padre de familia. La compilación lo describe como un hombre acaudalado, generoso con sus amistades, pero cuya ligereza de lengua y costumbres galantes le granjean no pocos reproches. Su conducta amorosa, comentada de muy diversa guisa por los testigos, se convertirá en uno de los puntos más encarnizadamente reñidos en estrados.

Ambas familias habían trabado lazos mediante visitas, convites y partidas de caza. Albert y Ernest tomaban en ocasiones dinero prestado de Guillot. En 1856, a tenor de un diario íntimo llevado por entonces y citado en el juicio, coincidieron en más de un centenar de ocasiones. Semejante intimidad hizo que la ruptura resultara aún más estruendosa. Ese mismo año de 1856, Madame de Jeufosse contrata a Laurence Thouzery, de unos veinte años, como institutriz y doncella de compañía de Blanche. El expediente refiere que Guillot cortejó en un principio a Laurence y que, a partir del estío, desvió sus atenciones hacia Blanche. Laurence se incorpora al castillo para acompañar a la joven y ejercer ante ella el magisterio de institutriz.

El semblante de Blanche se ensombrece; a menudo se retira tras la cena y pasea a solas por el parque. Laurence habría confiado a Madame de Jeufosse lo que creía colegir. En enero de 1857, los vínculos entre ambas casas quedan rotos de manera tajante. Guillot sobrelleva con encono este alejamiento. Varios testigos lo ven rondar la propiedad, hacer sonar el cuerno de caza en la espesura o aproximarse al parque al caer la tarde. Se le acusa de introducirse furtivamente una vez entrada la noche. La familia de Jeufosse asevera que intenta ver a Blanche a toda costa. Guillot, por su parte, desmiente diversas expresiones que se le atribuyen.

La hostilidad adopta asimismo la forma de cartas, notas breves y altercados directos. La crónica judicial consigna manifestaciones de Guillot sobre Laurence y Blanche, amenazas que la acusación afirma acreditadas y los afanes de varios allegados por impedir cualquier encuentro. En primavera, Ernest de Jeufosse y otros hombres habrían conminado a Guillot a no franquear jamás los límites del parque. Se entabla una acalorada discusión; los testigos evocan amenazas de duelo e incluso de muerte. El ministerio fiscal las articula en un único móvil: el rencor de una madre y de sus hijos contra el hombre al que juzgan causante de una afrenta familiar.

A medida que se aproxima junio, Crépel, el guardabosque de la hacienda, pasa a ocupar el centro de la trama. Conoce a la perfección senderos y accesos, y sirve bajo la estricta autoridad de la casa. Conforme al acta de acusación, Madame de Jeufosse lo habría instigado a vigilar los pasos de Guillot, mostrándole pisadas y recriminándole que no guardase el predio con suficiente celo. Laurence se habría referido asimismo a las «alimañas» a las que era menester abatir. La obra refiere que Crépel pasó varias noches apostado, en ocasiones acompañado o alentado por la propia señora de Jeufosse. La defensa alegará que la mera custodia de una heredad no constituye prueba alguna de una orden de matar.

El lance del 12 de junio gravita en torno al billete. Guillot penetra furtivo en el parque y deja el pliego al pie del abeto. Crépel, agazapado tras un seto bajo, domina la avenida con la mirada. Según la relación procesal, permanece inmóvil y en silencio mientras Guillot deposita la misiva. Este avanza luego en dirección al castillo y se vuelve de pronto tras una barrera de tejos. Crépel le da el alto y dispara a una distancia estimada en veintisiete metros. La defensa hablará de un intruso nocturno y de un tiro a tientas; la acusación sostendrá que el hombre fue cazado a traición justo cuando se alejaba.

El criado de Guillot, Gros, que lo había acompañado hasta el muro del parque, aguarda en el exterior. Oye la voz de alto, el estampido y, de inmediato, un grito de socorro. Temeroso al principio de franquear la tapia, corre a lo largo del muro en busca de un portón. Cuando al fin logra llegar junto a su señor, halla a Guillot revolcándose en el polvo, cubierto de sangre. Gros testifica que el moribundo pronuncia el nombre de Crépel, exclama que está perdido y le ruega que transmita su último adiós a su esposa y a sus hijos. Esta declaración se erigirá en pieza cardinal de la acusación.

Gros aporrea la puerta de la cocina y reclama auxilio a la servidumbre. El relato subraya la tardanza antes de que nadie se digne llevar un poco de agua. Guillot expira al cabo de unos tres cuartos de hora. Crépel, entretanto, se retira a los aposentos de Madame de Jeufosse. La señora le inquiere si ha disparado y si ha alcanzado su blanco; él contesta que lo ignora, que la oscuridad era impenetrable. Por orden expresa de la dueña, se dispone la recuperación inmediata de la esquela. La acusación interpreta estos actos como indicios palmarios de un concierto previo; la defensa rechaza de plano tal lectura.

Hacia las cuatro de la madrugada comparecen el médico Kuhn y las autoridades judiciales. El cadáver yace aún en el punto exacto donde cayó Guillot. Albert de Jeufosse se refiere a Crépel como a un servidor leal y pregunta con altivez por qué motivo se le detiene. Madame de Jeufosse no parece apesadumbrada, a juzgar por la narración de los autos. Cuando los gendarmes se llevan al guarda, ella le exhorta a mantener la entereza. Crépel responde entonces, en una frase recogida en las actas, que le habían ordenado disparar, que nada temía y que se había consultado al respecto tanto al fiscal imperial como al juez de instrucción. Esta imputación sobrevenida constituirá uno de los nudos más espinosos del litigio.

La compilación sitúa estas sesiones de audiencia en Ruán, el 25 de septiembre de 1857. En este extremo se ve refutada por un testimonio coetáneo: la Gazette des Tribunaux del 18 de diciembre de 1857 da cuenta de la sesión celebrada la víspera ante la corte de apelación y jurado del Eure, en Évreux. La crónica de dicha audiencia evoca debates seguidos por una concurrencia ingente; no basta, empero, por sí sola para reconstruir pormenorizadamente cada jornada del proceso. Los cuatro encausados principales son Crépel, Madame de Jeufosse y sus hijos Ernest y Albert. La fiscalía describe un asesinato premeditado, ejecutado por el guarda a instancias de la familia. La defensa impugna la alevosía e intenta presentar el tiro como un acto reflejo de repulsa ante una intrusión nocturna en propiedad privada. Los letrados debaten asimismo sobre la conducta de Guillot y el honor de Blanche. El magistrado presidente se ve obligado a recordar al público que las manifestaciones de apasionamiento no deben suplantar el frío examen de los hechos.

La defensa de Crépel hace hincapié en sus largos años de servicio, su lealtad a los amos y el peligro inminente que creyó percibir en la penumbra del parque. Invoca los preceptos de la legítima defensa y sostiene que pudo disparar a ciegas, sin ánimo de causar la muerte. El fiscal general replica que Guillot no era un maleante sorprendido in fraganti en un allanamiento: conocía al guarda, se limitaba a depositar una carta y emprendía la retirada en el instante preciso de recibir el plomo. Rechaza de plano que el honor de un linaje otorgue licencia para matar. El dilema medular estriba en dilucidar si Crépel actuó motu proprio en la creencia de salvaguardar la finca o si ejecutó una consigna concertada por la familia.

Los alegatos finales se demoran en las relaciones de Guillot con Blanche y Laurence. La parte civil vindica la memoria de Émile y reclama indemnización para su viuda e hijos; la defensa de los Jeufosse insiste en las ofensas al pudor doméstico y en el licencioso comportamiento de la víctima. El presidente debe conminar de nuevo a los asistentes a guardar compostura, recordando que los aplausos y las efusiones sentimentales carecen de cabida en un tribunal de justicia. Bajo este clamor subyace una pregunta estricta y terminante: ¿participaron los cuatro acusados en un homicidio premeditado?

Tras apenas media hora de deliberación, los miembros del jurado responden negativamente a todas las cuestiones respecto a cada uno de los procesados. El presidente pronuncia la sentencia absolutoria y decreta su inmediata puesta en libertad. La viuda de Guillot y sus hijos reclamaban cien mil francos en concepto de daños y perjuicios. La corte desestima la pretensión civil y les impone las costas del proceso. La sentencia clausura definitivamente la acción penal, sin señalar a ningún otro culpable. En sus consideraciones finales, el compilador alemán no oculta su perplejidad ante el fallo y sugiere que un tribunal de su patria acaso hubiese resuelto en otro sentido. Tal juicio de valor atañe únicamente al autor del volumen; el veredicto de la ley no dejó resquicio a la duda.

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La esquela bajo el abeto

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El capítulo íntegro de la compilación retrospectiva fue examinado mediante transcripción OCR. En lo relativo al cómputo procesal, la crónica contemporánea de la Gazette des Tribunaux del 18 de diciembre de 1857 da cuenta de la vista celebrada el 17 de diciembre ante la corte de apelación y jurado del Eure en Évreux, desmintiendo el registro «Ruán, 25 de septiembre de 1857» que figura en el volumen compilado. Dicha reseña permite enmendar el lugar y la fecha de esa sesión, si bien no basta por sí sola para reconstruir el calendario exhaustivo de los debates. El jurado absolvió a todos los acusados.

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