En Oßmannstedt, cerca de Weimar, durante la noche del 8 al 9 de diciembre de 1860, el hijo recién nacido de Johanna Winter exhaló el último suspiro en la alcoba donde dormían su madre, Friederike y Wilhelmine Köhler; las otras dos hermanas se alojaban en el piso superior. Al despuntar el alba, hallaron al infante exánime, con el lado izquierdo del rostro de un tono amoratado. Se atribuyó de inmediato el desenlace a las convulsiones que lo habían atormentado durante la noche. Mas pocas horas después, cuando un hombre acudió a recoger el cuerpecillo para trasladarlo a Apolda, asomó un reguero de sangre en torno a sus labios. La familia creyó que los espasmos habían motivado la hemorragia. La criatura fue envuelta y conducida a su destino sin previo examen.
Aquel fue el preludio de un proceso que el Nuevo Pitaval de 1871 rotuló con la disyuntiva: «¿Asesinato o accidente?». Tal título no constituía una mera floritura: en el curso de la instrucción, los propios peritos médicos variaron de criterio respecto a la herida descubierta en la garganta, hasta subvertir de raíz la interpretación criminal del expediente. Johanna contaba apenas veinticuatro años. En el mes de noviembre había dado a luz en Apolda, lejos de su familia, y el párvulo había padecido convulsiones y una dolencia que lo consumía por momentos. Ella misma había caído enferma, víctima de fiebres puerperales. A juicio de las cuatro hermanas Köhler que le brindaron asilo, la joven velaba al niño con esmerada ternura y se desesperaba ante sus ataques. Precisa la fuente documental que las anfitrionas omitieron notificar su presencia al alcalde, trámite al que estaban obligadas. Temían, al parecer, complicaciones legales, pues Johanna ya había eludido una orden de expulsión tras abandonar un empleo anterior; sobre ella pesaba, asimismo, una condena de catorce días de arresto por haber falsificado un certificado de trabajo. Estos antecedentes forjaron en torno a su persona una fama sombría antes de que la herida fuese siquiera analizada. Si bien ilustran el prisma con que se juzgó a la encausada, en nada demostraban un nexo material con la muerte del recién nacido.
El 3 de diciembre, Johanna se trasladó con la criatura a la morada de las Köhler, en Oßmannstedt. Una de las hermanas debía buscar un hogar de acogida para el pequeño, mas la gestión fue aplazada. Tras una noche inquieta, el infante se apaciguó al romper el día. Al advertir que no despertaba, se constató su defunción. Johanna suplicó que fuese sepultado en Apolda, lugar de su natalicio, y no opuso reparo alguno a que los despojos fuesen puestos a disposición del Instituto Anatómico de Jena. Los trámites burocráticos se dilataron: la resolución de la alcaldía de Apolda llegó cuando un carretero ya había transportado el cadáver. El envoltorio no se desató en la ciudad; a la mañana siguiente, fue devuelto a Oßmannstedt y entregado al alcalde de la aldea.
Aquel rodeo acarreó graves derivaciones. En el trayecto inicial, el comisionado advirtió manchas de sangre alrededor de la boca del infante. Las hermanas Köhler habían oído mentar la sangre, mas afirmaban no haber visto lesión alguna; justificaban el derrame por la violencia de los espasmos. Cuando los facultativos procedieron por fin al reconocimiento, hallaron las camisolas y el gorrito impregnados de sangre a la altura del costado izquierdo del cuello. El cadáver había permanecido varias jornadas insepulto. Semejantes circunstancias soliviantaron al vecindario y la noticia llegó a oídos de la gendarmería. El fiscal ordenó entonces el secuestro judicial del cuerpo para su autopsia.
Los galenos hallaron una hendidura transversal en la garganta, de poco más de una pulgada de longitud, con los bordes ampliamente separados. No apreciaron ninguna otra lesión ni anomalía en las vísceras, vacío que gravitaría con fuerza en los dictámenes ulteriores. La piel y los haces musculares aparecían seccionados; la sangre continuaba manando. El médico del distrito concluyó inicialmente que se había cercenado un gran vaso venoso y que la exanguinación había provocado el óbito. No había localizado el vaso en cuestión: fundaba su parecer en la hondura de la incisión y en la sangre que de ella brotaba. Dictaminó que la agresión se había perpetrado en vida del menor, basándose en la retracción de los bordes. De ser certera tal apreciación, mediaba una mano criminal. Las sospechas recayeron de inmediato sobre las mujeres de la vivienda y, en primer término, sobre Johanna, que había reposado junto a su hijo.
Al serle notificado el informe, la infeliz negó haber inferido daño alguno a la criatura. Fue incapaz, empero, de explicar el origen del corte. En presidio, su conducta desconcertaba a cuantos la observaban: prorrumpía en llantos, aludía a sueños extraños, rompía en ocasiones los enseres y aseguraba recibir visiones proféticas durante el sueño. En otros trances, redactaba escritos copiosos y respondía con perfecta lucidez. Argumentaba que el niño había estado continuamente rodeado por testigos, que su hermana le había prometido auxilio y que de ningún modo habría autorizado el envío del cuerpo a un anfiteatro anatómico de haber pretendido ocultar una herida mortal.
La comunidad médica se hallaba dividida ante la naturaleza de aquellas manifestaciones. Un clérigo la tenía por mujer sensata y en su sano juicio; el médico de distrito vislumbraba el inicio de una afección mental, aun reconociendo la dificultad de descartar una simulación. El posparto y los accesos de fiebre puerperal fueron barajados como posibles causas de desvarío.
Una ampliación pericial dio un vuelco absoluto a la causa. El propio forense admitió que la divergencia de los bordes no constituía una prueba concluyente de que la herida hubiese sido inferida en vida. Los tejidos de un cadáver podían retraerse igualmente, y una incisión practicada con la cabeza fuertemente inclinada bien podía mostrarse abierta una vez devuelto el cuello a su posición recta. A fin de verificar su hipótesis, reprodujo incisiones idénticas en el cadáver de otro recién nacido fallecido poco antes: las carnes se separaron de idéntica suerte. El facultativo reconoció con franqueza la invalidez de la señal que otrora juzgara irrefutable.
La comisión médica superior determinó que el corte había sido producido, con suma verosimilitud, después del fallecimiento. No halló rastro alguno de desangramiento mortal: el cuerpo no evidenciaba la palidez extrema inherente a una gran hemorragia y la topografía de la herida no correspondía a la vena invocada en primera instancia. El ministerio público retiró la acusación, decretó la excarcelación de la procesada y dio carpetazo a la causa judicial. Johanna fue ingresada en el sanatorio de Jena, no ya en calidad de reclusa, sino para ser sometida a observación clínica. Permaneció allí cerca de cuatro semanas. El director sospechó al principio una impostura, pero acabó por descartar la existencia de trastorno mental permanente; durante su estancia no se constató acceso furioso alguno ni episodios de sonambulismo. Tras pasar tres meses en el hogar paterno, Johanna solicitó servir como enfermera en el propio sanatorio, quehacer en el que dio muestras de infatigable celo. Las autoridades intentaron averiguar si un tercero había ultrajado el cuello del cadáver tras el óbito, pero las pesquisas resultaron infructuosas.
El recopilador judicial de la época descartó la hipótesis del homicidio. Se inclinó por dos conjeturas para explicar la herida póstuma: o bien alguien, suponiendo a la criatura sumida en un letargo apoplético, intentó una sangría desesperada y guardó luego secreto por temor a las consecuencias; o bien la propia Johanna, sumida en una crisis puerperal, obró presa del espanto y la turbación de un modo imprevisible. Reconocía la fuente que tales supuestos carecían de base probatoria fehaciente, rehusando presentarlos como verdades probadas. La familia Köhler quedó libre de sospecha; la búsqueda de cualquier otro culpable resultó vana.
El enigma de aquella incisión jamás fue desvelado. Johanna Winter regresó a la misma institución donde fuera confinada para su examen, trocando la condición de sospechosa por la de abnegada cuidadora. La misma crónica que en su día recogió la infamia que pesó sobre la joven madre dejó también constancia de su intachable conducta: dispensó en todo momento a los enfermos la mayor ternura y un esmero ejemplar.
