Al reo no le queda más que una encrucijada formulada por los jueces: expirar en la horca o desposar a la doncella que sedujo. No obstante, ha recibido las órdenes sagradas. La segunda vía le está vedada, y solo la primera se presenta como hacedera. En la relación que brinda Champagnac, la sentencia no abre en verdad dos rumbos: propone una disyuntiva cuyo término resolutivo está prohibido, aguardando únicamente el instante en que el condenado marche hacia el cadalso.
Renée Corbeau habita en Angers. La crónica la designa como la Bella Angevina, tributo a su hermosura, y evoca a la multitud que se congregaba cada vez que se anunciaba su paso por un templo o una alameda. Nobles y plebeyos le ofrecían caudales y linaje; ninguno pareció conmover su ánimo. Esta joven aparece al principio cercada de miradas, mas apartada de ellas: concitar la admiración general no confiere potestad alguna sobre la elección del futuro esposo.
En 1594, siempre a decir de Champagnac, un hidalgo de Séez arriba para cursar estudios en la universidad de Angers. Él también concita la atención pública. Se le apoda el gallardo normando, y la villa entera arde en deseos de confrontar a las dos figuras que alimentan las conversaciones de los salones. Afirma la crónica que el ardor mutuo prendió en el primer encuentro. Se frecuentan en sigilo, burlando la vigilancia paterna de Renée. El patronímico del letrado jamás llegó hasta nosotros. Su semblante gozó de nombradía en la ciudad, mas su identidad permanece en blanco en los folios del cronista.
El comercio clandestino prosigue hasta el momento en que los padres sorprenden al galán en los aposentos de Renée, donde solía introducirse al amparo de la noche. Según Champagnac, el joven reconoce de inmediato que la tiene por legítima esposa y consiente sin violencia en desposarla. Se redacta y suscribe con presteza un contrato privado. La promesa queda consignada por escrito ante la familia, pero la unión carece aún de la venia de los progenitores del caballero. Marcha entonces a su tierra natal con el designio de recabarla.
Su linaje se niega rotundamente. La crónica no dirime los motivos: inconstancia juvenil, ciega sumisión ante unos padres que tienen la alianza por afrentosa mescolanza, o súbita desesperación. El gallardo normando abraza el estado eclesiástico y recibe las sagradas órdenes. Para Renée, las estipulaciones del contrato civil ya no bastan como salvaguarda. Su padre juzga que la muchacha ha sido arrebatada y deshonrada; apela al teniente criminal de Angers e insta el encausamiento penal del seductor. El léxico del rapto transforma la cuita íntima en causa judicial de Estado.
El reo apela ante el Parlamento de París. La curia confirma el auto y pronuncia, según refiere Champagnac, una sentencia que lo condena a ser ahorcado a menos que prefiera desposar a Renée. La fórmula parece otorgarle el albedrío de enmendar su quebranto, pero las órdenes sacras han erigido una valla que la magistratura sabe infranqueable sin mediar dispensa. El cronista describe así un veredicto que clausura de antemano la puerta del connubio. El propio condenado, asevera la fuente, no procura atenuar su culpa y se dispone cristianamente a morir.
La capilla del Palacio de Justicia se torna en la postrera estación. Allí halla el reo un confesor; en la plaza, el madero del suplicio ya se alza y el sayón aguarda. La crónica no consigna el nombre del verdugo, ni los pormenores de los interrogatorios, ni rastro de alegato alguno en su defensa. Sitúa, en cambio, a la Bella Angevina en medio de la muchedumbre, sabedora de que su amado marcha a la muerte. Lo que emprende a continuación se relata a guisa de irrupción audaz: sortea la guardia de arqueros e ingresa en el estrado donde deliberan los magistrados.
Champagnac le atribuye una arenga de largo y docto aliento. Renée recuerda a los jueces que ellos mismos la tuvieron por más desdichada que culpable, advirtiendo que el suplicio de su amante la condenará fatalmente a la infamia perpetua. Les afea que el arbitrio ideado para reparar su honor no haga sino abandonarla a solas con la vergüenza. Implora padecer el mismo castigo si no es dable perdonar al joven. Enseguida apunta otra salida: el legado apostólico, cuya llegada a la corte es inminente, podría conceder una dispensa canónica que hiciera factible el matrimonio. La joven no ruega que se anule el compromiso; exige un resquicio para cumplirlo.
El encendido discurso, según la versión decimonónica, paraliza la sentencia. Los magistrados ordenan diferir la ejecución a fin de que el reo pueda impetrar la gracia ante la potestad eclesiástica. La suspensión no significa la libertad: tan solo aplaza la hora del cadalso. Renée ha franqueado la distancia que media entre el tálamo familiar y el tribunal, y su firmeza ha quebrado los plazos sin torcer aún la firmeza del fallo.
El legado hace su entrada en París. Champagnac lo identifica con quien ulteriormente ceñiría la tiara con el nombre de León XI; tras consultar con los prelados y doctores de su séquito, estima al reo indigno de clemencia y deniega las dispensas requeridas para los esponsales. Un nuevo postigo se cierra. La misericordia impetrada a la Iglesia naufraga, pese a las mediaciones de grandes próceres consignadas en la crónica. Renée y el estudiante permanecen bajo la espada del fallo inapelable.
No queda otro auxilio que elevar súplica al monarca. Enrique IV ciñe la corona en aquellos días, refiere el texto. Champagnac lo pinta como soberano indulgente con las flaquezas nacidas del amor. El rey acoge el memorial e intercede ante el legado pontificio. Esta vez, la dignidad papal cede ante las instancias de la Corona y concede las ansiadas dispensas. La posibilidad del matrimonio, negada líneas atrás, se revela al fin expedita.
Esta segunda súplica no merma en nada la fuerza del primer veredicto: busca la vía para tornarlo ejecutable sin despeñar al reo hacia el suplicio. El obstáculo subsistía en el fuero canónico, y las dos sendas propuestas por los jueces continuaban siendo asimétricas. Si el matrimonio resultaba inviable, la horca se erigía en el destino insoslayable de la crónica; de concederse la gracia apostólica, el contrato recobraría su vigor. El relato comprime así el destino de los amantes en una única decisión pendiente: la de una autoridad suprema capaz de legitimar lo que el reo no podía escoger por sí solo.
Las nupcias se celebran al fin. Renée sigue a su esposo a Normandía y, según la relación histórica, ambos viven allí en una concordia intachable. La peripecia que se abrió con los afanes de toda una urbe concluye en el silencio de una existencia apartada, sellada por una fórmula de dicha doméstica. La crónica calla cuánto duró aquella tribulación, qué suerte corrió la estirpe y cuál era el verdadero nombre del galán. Su desenlace dependió de una autorización sacramental arrancada por el rey, no de una sentencia judicial que anulara la condena.
Champagnac remata advirtiendo que la memoria de la Bella Angevina casi se ha extinguido, incluso en el Anjou, y que apenas restan vestigios suyos en el polvo del archivo judicial de Angers. Con todo, no transcribe testimonio documental alguno de dicho fondo. El texto veda, por ende, la posibilidad de cotejar los pormenores atribuidos al contrato, la sentencia, la prórroga o las dispensas. Nos hallamos ante una historia legada por un compilador del siglo XIX, cuyos diálogos y cuadros pertenecen al dominio de su inventiva oratoria. Precisa guardar todo ello en perspectiva, sin confundir los órdenes: la existencia material de esta versión y la consumación que ofrece: un fallo ominoso, una apelación ante la legación romana y la gracia conseguida gracias a la intercesión de la realeza.
En el centro de la escena permanece una joven a quien la justicia pretendía amparar al tiempo que aprestaba el degüello del hombre a quien profesaba su afecto. Atraviesa las picas de los arqueros, se planta ante los magistrados y transmuta su dolor en una petición precisa: otorgar el plazo y la dispensa indispensables para hacer efectivo el connubio. La elocuencia de Renée acaso pertenezca al artificio del relato que la consagró; no obstante, en esta crónica constituye la bisagra que tuerce el destino. La horca aguardaba en la plaza. La suspensión del castigo y, más tarde, el memorial dirigido al rey canjearon la hora del suplicio por la crónica solemne de un desposorio.
