Habían sacado a Paulet del pozo; juraron haberlo encontrado junto a su cama. Ninguno de ellos pretendía haberlo salvado. Su mentira solo buscaba proteger su memoria, y acaso a su familia, de la infamia que las leyes de entonces asociaban al suicidio. Pero las ropas habían desaparecido, un sombrero flotaba todavía en el agua y los beneficiarios del testamento se contaban entre quienes habían movido el cadáver. Apenas hizo falta inventar nada para transformar aquella piadosa cautela en una acusación de asesinato.
Paulet residía en Lunel. Había convivido largo tiempo con su hermana, la viuda Mourgues, en una armonía que la crónica describe como afectuosa. El juego quebrantó aquel equilibrio. Hacia 1768, cuantiosas pérdidas vinieron acompañadas de desórdenes que llevaron a su hermana a solicitar su inhabilitación judicial. Su sobrino asumió la administración de sus bienes; él fue recluido en Saint-Rémi, en Provenza. Champagnac retrata a los guardianes y el trato dispensado con severa pluma. Paulet acabó por fugarse, regresó a las inmediaciones de Lunel y evitó a su hermana, a quien reprochaba su cautiverio.
Tras una temporada en el campo, obtuvo su rehabilitación y recuperó la posesión de su casa y de sus bienes. Empleó primero a los esposos Valès, a quienes luego despidió para recurrir a personas a las que conocía de antiguo: Ducros y su esposa, Marie Coton. Ella lo había servido antes de su encierro; él había pasado parte de su infancia junto a Paulet. Los Ducros tenían hijos y conservaban su vivienda en un barrio vecino. Acudían, pues, a trabajar a su casa sin instalar allí a su familia. Este detalle cobraría gran peso cuando se intentara reconstruir su última noche.
Paulet les testimonió su gratitud en varios testamentos. El último, fechado el 3 de junio de 1780, mantenía los derechos de la pareja sobre su fortuna tras diversos legados. La crónica juzga estas disposiciones como la recompensa a un afecto probado. Para la hermana del testador, no tardarían en convertirse en el móvil de un crimen. Entre las atenciones recibidas y el dinero prometido, los mismos vínculos mudan de cariz según quién los relate; un testamento sigue siendo un documento legal, mas cada cual pretende adivinar la intención que lo dictó.
En septiembre de 1782, Paulet reincidió en el juego con enfermizo empeño. Pasaba las noches ante el billar y perdió allí, según la relación de los hechos, cerca de cuatro mil libras. Temió la ruina, rehusó alimentarse y se convenció de que la justicia acudiría a prenderlo. Ducros procuró sosegarlo simulando una gestión ante las autoridades para anunciarle luego un supuesto indulto. Champagnac refiere estos extravíos con el vocabulario médico de su época. Lo que su texto permite colegir, sin aventurar diagnósticos retrospectivos, es la sucesión de zozobras, la negativa a comer y las tentativas de quienes lo rodeaban por devolverle la calma.
El 31 de octubre, Paulet se marchó sin avisar a los Ducros. Llegó a la villa donde residía su hermana e hizo llamar a su sobrino desde una posada. Aquel hombre que hasta entonces se negaba a ver a los suyos pidió ser recibido, expresó sus pesares y pernoctó en el lugar. Partió temprano al día siguiente. Pocas jornadas después, el 6 de noviembre, reclamó de nuevo la presencia de su hermana. Marie Coton le ofreció quedarse a dormir en la casa; él la despidió. Ella deseaba avisar a los parientes de su estado, refiere el cronista, pero pospuso el recado para el día siguiente, refrenada por las exigencias de reserva de Paulet.
A la mañana siguiente, tomó su cesta para las provisiones y pasó primero por la casa de este. Tenía llave. La ventana del aposento estaba abierta; no se divisaban el amo ni sus ropas habituales. Lo llamó, no obtuvo respuesta y fue en busca de su marido. Ducros regresó con la llave, registró a su vez la morada y divisó por fin el cuerpo en el pozo. Avisó a su familia e hizo llamar al cirujano Barthélemy. Entretanto, Marie había vuelto acompañada de unos vecinos: el zapatero Lombard, su hijo y su yerno.
Izarón el cuerpo, lo desnudaron, lo secaron y lo depositaron sobre el lecho. Barthélemy concluyó que resultaba imposible devolver la vida a Paulet. Fue tras este hallazgo, según el relato, cuando se concertó el funesto pacto. Todos creían en un suicidio. Todos temían los ultrajes que la ley aún infligía al cadáver de quien osaba atentar contra su propia vida. El cirujano aconsejó encubrir las circunstancias: declararían haber hallado a Paulet muerto junto a su cama. Las vestiduras quedaron guardadas en casa del viejo Lombard. Los Ducros enviaron aviso a la hermana anunciándole una muerte repentina.
La justicia se presentó en una casa invadida ya por parientes y curiosos. Marie ofreció la versión acordada; los demás testigos la repitieron. Cuando la viuda Mourgues supo del deceso de su hermano, evocó su reciente visita y afirmó que este había deseado legarle todos sus bienes. A sus ojos, los Ducros tenían sobradas razones para frustrar una nueva disposición testamentaria. Presentó una querella. La crónica toma resueltamente partido por el matrimonio; aporta, no obstante, indicios bastantes para comprender cómo arraigó la sospecha. Los herederos habían mentido sobre el lugar donde yacía su benefactor y sus ropas no aparecían.
El reconocimiento del cadáver desmintió sus declaraciones. Los facultativos dictaminaron una muerte por sumersión e hicieron constar diversas marcas en su informe. Los Ducros se obstinaron, sin embargo, en su respuesta inicial. Más tarde, los rastreos en el pozo sacaron a la superficie una peluca y un sombrero que hubieron de reconocer. El procurador del rey solicitó su detención. El juez no se resolvió a decretarla: prefirió proseguir las pesquisas. Tal negativa no borraba las patrañas ni los recelos; tan solo impedía que la interpretación de la hermana se tradujese de inmediato en prisión.
El 3 de diciembre se ordenaron nuevos registros. Los Lombard comprendieron que no podrían sostener por más tiempo su versión y revelaron el engaño. Se presentaron los ropajes ocultos. Su estado coincidía con el relato de la extracción del cadáver. Se vació el pozo; las piedras y las gravas avivaron nuevas conjeturas, en particular la de una agresión violenta. Los hombres del arte la debatieron y la desestimaron por las razones que expone Champagnac. Se examinó asimismo una sábana manchada: estimaron que había servido para enjugar un cuerpo mojado y ensangrentado. Las huellas no desaparecían; cobraban una explicación distinta desde el momento en que los testigos confesaban lo obrado tras el hallazgo.
El cirujano admitió el consejo que había dado. El juez confrontó las observaciones, las ropas, el sombrero y los testimonios sobre el estado previo de Paulet. Rehusó de nuevo la prisión y ordenó la comparecencia personal de los seis encausados: los esposos Ducros, Barthélemy, los dos Lombard y Viala, el yerno. La viuda Mourgues apeló. El 8 de agosto de 1783, el tribunal desestimó su recurso y mantuvo en libertad a los Ducros, devolviendo la causa al juez instructor para la prosecución del proceso. No estaban, por tanto, exentos aún de la acusación.
El 22 de junio de 1784, los oficiales reales de Lunel los descargaron finalmente de culpa. La viuda fue condenada en costas y a pagar indemnizaciones: mil quinientas libras para los Ducros, mil doscientas para los Lombard y trescientas para Barthélemy. Apeló de nuevo. En 1786, reclamaba todavía la condena del matrimonio y una suma de diez mil libras destinada a los pobres del hospital de Lunel. Entre tanto, los gastos procesales consumían a aquellos a quienes la sentencia había dado la razón. La libertad conservada no impedía que el pleito devorase sus menguados caudales.
La muerte de la viuda no puso término a la instancia. Los Ducros la reanudaron contra el hijo de esta para obtener por fin la confirmación de la sentencia. El 14 de agosto de 1787, el Parlamento de Toulouse reconoció la inocencia de los seis acusados, rechazó la apelación y confirmó las condenas pecuniarias. Ordenó además la impresión y fijación del fallo a expensas de la acusación. La resolución debía abandonar las salas de justicia: tras tantos años de oprobio y sospecha, era preciso que estuviera a la vista de todos. En el origen de aquel largo hostigamiento yacían una herencia disputada y un designio compartido por seis voluntades: para salvaguardar el honor del difunto, habían creído su deber ocultar la verdad a los vivos.
