Para demostrar que no había asesinado a su esposa, Claude Vuillaume podía dar el nombre de la prisión en la que se hallaba, el del carcelero que lo había encerrado y los de los hombres con quienes había pasado la noche. Cabría pensar que semejante defensa era lo bastante singular como para ser verificada antes de cualquier otra diligencia. No obstante, no le evitó ni meses de reclusión, ni un veredicto de culpabilidad, ni la sentencia de muerte. En esta causa, los muros de una prisión resultaron menos firmes que los rumores de una aldea.
Vuillaume trabajaba como mozo de labranza en Bulligny, cerca de Toul, cuando contrajo matrimonio con Madeleine Poirot, viuda de Maurice Dally. Él tenía veintidós años; ella superaba la cuarentena y criaba a dos hijos de sus primeras nupcias. Los bienes de los que disfrutaba, en parte destinados a sus hijos, proporcionaban al matrimonio un desahogo que el joven no había conocido. Champagnac, quien relata su historia en 1833, deduce de esta disparidad de edad y fortuna una explicación casi fatal de sus desdichas. Semejante juicio corresponde al cronista. Los hechos que consigna muestran, ante todo, una unión vuelta conflictiva tras el nacimiento de un hijo en común.
Madeleine se quejaba de la conducta de su esposo y contemplaba una separación de cuerpos. Él prefería el divorcio, al cual ella se oponía. El vecindario conocía las rencillas; guardaría memoria de ellas cuando la justicia acudiera a interrogarlo. Una discordia puede alimentar innumerables conversaciones antes de nutrir un sumario. Proporciona frases que se repiten, intenciones que se conjeturan y, en ocasiones, una explicación que se cree poseer de antemano cuando sobreviene un hecho imprevisto. En este caso, la muerte transformaría las quejas de una mujer en vida en testimonios de cargo contra un hombre ausente.
El 31 de enero de 1809, el tribunal correccional de Toul había condenado a Vuillaume a tres días de prisión por vías de hecho. Expirado el plazo de apelación, debía presentarse a cumplir la pena. La noche del 10 de febrero, abandonó Bulligny y pernoctó en casa de su madre, en Crésilles. Al amanecer, acompañado por un vecino, se encaminó a Toul. Llegó hacia las diez a la modesta posada regentada por Martin, llavero de la prisión, donde dejó la blusa de carretero que llevaba en el brazo. Esta prenda cobraría relevancia en la reconstrucción de sus pasos; permaneció en poder del posadero durante su estancia entre rejas.
La jornada transcurrió entre trámites. Vuillaume se presentó ante el alcaide y luego, en compañía de Gaudeaux, escribiente de la prisión, acudió ante el alguacil encargado de ejecutar el fallo. Abonó las costas, visitó a su procurador y regresó a la posada de Martin. Varios testigos lo vieron, pues, antes de su ingreso formal, que tuvo lugar el 11 de febrero a las siete de la tarde. Tras cenar con otros reclusos, una partida de naipes suscitó una disputa. El alcaide le puso término y mandó despejar las estancias. Vuillaume quedó encerrado con cinco hombres en la celda denominada «la pistole», contigua a la vivienda del propio alcaide.
Compartió lecho con Jean-Baptiste Boileau; Jean-Baptiste Masson, Charles Gris, Gérard Jacquot y Charles Maignet ocupaban los otros dos camastros. Según la versión sostenida por su defensa, el acusado padecía de los riñones, preguntó la hora durante la noche y se levantó antes del alba. Hacia las seis, llamó a la puerta para que le abrieran. No son estos los andares de un personaje imaginado para resolver un enigma: son con exactitud las circunstancias que debían cotejarse con las declaraciones testificales. La causa giraría por entero en torno a aquella celda, a su cerrojo echado desde el exterior y a los hombres capaces de precisar cuándo se había franqueado.
En Bulligny, entretanto, Madeleine había pasado la velada del 11 de febrero en una casa vecina. Regresó hacia las once con su hija Barbe Dally. La muchacha se acostó y se durmió sin percibir ningún ruido anómalo. Por la mañana, no halló a su madre a su lado. Se iniciaron las pesquisas. Una cofia divisada en las aguas de un pozo cercano condujo al hallazgo de su cadáver. Una herida en el cuello hizo sospechar un asesinato. Sin embargo, el facultativo encargado del examen estimó que dicha lesión no había interesado órganos vitales profundos y atribuyó el fallecimiento a la inmersión. En la vivienda se hallaron asimismo un cuchillo manchado y restos de sangre.
El capítulo de la crónica lleva un título que da por sentado el suicidio. En los pormenores que nos brinda, encontramos el dictamen médico, los vestigios recogidos y, más tarde, la tesis esgrimida por el letrado; no disponemos del expediente completo para determinar por nosotros mismos las circunstancias de la muerte. Lo que sí resulta discernible, sin colmar tales vacíos, es el progreso de la sospecha. Las desavenencias conyugales eran notorias; la presencia del marido en Toul aún no era sabida por todos. El alcalde instó la acción penal contra Vuillaume. Antes de que su coartada fuese examinada, un nombre ya encabezaba la acusación.
La noticia llegó a la cárcel el 12 de febrero. Se autorizó a Vuillaume a trasladarse a su domicilio. En el camino, supo que el pueblo lo señalaba como homicida; se detuvo con los suyos en Crésilles y no llegó a Bulligny hasta el día siguiente, acompañado por dos parientes. Una guardia apostada le vedó la entrada a su morada. Poco después, un gendarme fue a prenderlo. Ante el magistrado, alegó la noche pasada en la prisión de Toul. La instrucción se prolongó durante los meses siguientes. Más de setenta testigos desfilaron ante el juez; no pocos testimonios repetían los agravios de Madeleine o supuestos encuentros en los caminos.
Las declaraciones más temibles procedieron de dos hombres que habían dormido en su misma celda. Boileau, inicialmente favorable a Vuillaume, declaró después que este había salido durante la noche. Masson fue más lejos: afirmó que Vuillaume ni siquiera se había acostado, que alguien le había abierto entre las diez y las once, y que no había regresado hasta la mañana siguiente. Ambas versiones pugnaban entre sí. Otros tres reclusos aseguraban haber oído abrir una puerta exterior hacia las cuatro de la madrugada. Semejantes relatos podían dar pábulo a la hipótesis de una salida; pero exigían asimismo contrastar horarios, accesos y los dichos de los demás presos.
El auto de acusación fue admitido el 10 de mayo. Vuillaume enfermó durante el cautiverio; la crónica lo describe conducido en brazos a un interrogatorio al que la fiebre le impedía responder. La vista dio comienzo el 16 de julio ante el tribunal de lo criminal de Nancy y duró tres días. Comparecieron sesenta y cuatro testigos de cargo. El jurado emitió veredicto de culpabilidad y el tribunal dictó la pena capital. La multiplicidad de voces había decantado una resolución que las notorias contradicciones, a juicio de su defensor, debieron haber impedido. La prisión, que en un principio constituía su coartada, era ahora el lugar donde aguardaba el desenlace de un recurso del que dependía su vida.
Su abogado, Bresson, publicó un alegato para sostener dicha coartada y rebatir la existencia misma del asesinato. Champagnac atribuye un papel determinante, en las declaraciones adversas, a Habémont, teniente de alcalde y enemigo de Vuillaume a raíz de una disputa sobre los bienes de los hijos Dally. Lo acusa de haber sobornado a Boileau y a Masson. Debemos atribuir semejante imputación a la crónica que la consigna: no consta aquí condena alguna contra el edil ni expediente autónomo por falso testimonio. No es menester dictar contra él una pena retrospectiva para calibrar la gravedad de una acusación apuntalada sobre testimonios mudables.
El 7 de septiembre de 1809, el tribunal de casación anuló la sentencia por vicio de forma y remitió la causa a Metz. Dicha casación distaba de ser una absolución: abría paso a un nuevo juicio. Este concluyó con un veredicto unánime del jurado a favor de Vuillaume, y el tribunal decretó su libertad por absolución. Champagnac omite la fecha exacta. Madeleine había perecido; su esposo escapaba del cadalso. De aquellos meses de procedimiento subsiste un interrogante de una crudeza meridiana: ¿cuántos testimonios es preciso escuchar antes de comprobar una puerta que se afirma cerrada con cerrojo?
