El 10 de marzo de 1775, el descubrimiento de una obligación falsa sacó a la luz un asunto que, según la crónica de Borrow, venía gestándose desde hacía algún tiempo. El documento llevaba la firma de William Adair y comprometía una suma considerable. Robert Perreau lo presentó en el banco Drummond para obtener cinco mil libras. El banquero vaciló: la rúbrica le parecía sospechosa. Retuvo el papel hasta el día siguiente. Entretanto, Stephens, secretario del Almirantazgo, pasó por su despacho. Comparó la firma con cartas recibidas de Adair y la juzgó apócrifa. Cuando Robert regresó, Drummond le propuso visitar al hombre cuyo nombre garantizaba el préstamo. Robert lo acompañó sin objeción alguna.
Adair negó haber firmado la obligación. Robert sonrió y respondió que se trataba sin duda de una broma. Adair le espetó que el asunto no tenía nada de festivo. Robert replicó que lo habían enviado allí para una faena harto extraña; pidió que le devolvieran el pagaré y anunció que emprendería sus propias pesquisas, pero Drummond se negó a reintegrarle el documento. Robert había ido a buscar cinco mil libras; ni siquiera pudo marcharse con el papel que debía procurárselas.
Robert ejercía como boticario y gozaba hasta entonces de una reputación intachable. Daniel, su hermano gemelo, llevaba una vida más desahogada. Margaret Caroline Rudd convivía con Daniel. Estos tres nombres no tardaron en verse vinculados a las obligaciones falsificadas: Robert sostenía haber sido engañado, Daniel negaba asimismo toda participación deliberada, y Rudd fue señalada como la persona que había trazado las firmas. La instrucción debía determinar no solo quién había sostenido la pluma, sino también quién había presentado los títulos ante los prestamistas y quién se había beneficiado de las sumas anticipadas.
Sir Thomas Frankland detalló varios anticipos anteriores, primero de cuatro mil, luego de cinco mil y después de cuatro mil libras sobre papeles semejantes; afirmó que la primera suma había sido debidamente reembolsada.
La investigación sacó a relucir otras operaciones. Henry Drummond recordaba haber prestado a Robert mil cuatrocientas libras para una adquisición de tierras valorada en doce mil libras; Robert había depositado en garantía las escrituras de una casa en Harley Street y prometido volver diez días más tarde. Al regresar, solicitó cinco mil libras sobre la obligación de Adair, proponiendo liquidar en primer término el préstamo precedente.
El doctor Brooke relató otra vía mediante la cual se habría obtenido dinero: quince pagarés del banco de Ayr, por un valor de cien libras cada uno, entregados a cambio de una obligación falsificada de tres mil cien libras. William Watson, redactor de documentos, afirmó haber preparado ocho obligaciones a petición de uno u otro hermano. Vaciló al señalar a cuál de ellos, pues el parecido mutuo le impedía tener certeza; apremiado a responder, se inclinó por Daniel.
El criado Moody describió dos grafías en la casa de Rudd: una para los asuntos ordinarios domésticos y otra para las cartas atribuidas a Adair. Según su testimonio, la mujer cambiaba de pluma, de tinta y de papel. Acto seguido le confiaba estas misivas para que las entregara a Daniel, fingiendo que Adair se había presentado en su ausencia; media corona solía recompensar el servicio bien ejecutado. En el interrogatorio recogido por Borrow, Robert preguntó a Rudd si había sido ella quien le entregó la obligación. Ella confesó haberla falsificado y le suplicó que no permitiera la condena de un inocente. Robert Drummond manifestó al principio sus dudas de que una mujer pudiera imitar semejante trazo; Rudd tomó una hoja y reprodujo el nombre de Adair, o una parte de este, con la suficiente fidelidad para convencerlo. El banquero quemó la prueba, tal como había prometido. En aquel instante, los banqueros le dieron crédito e hicieron marchar al alguacil. Sin embargo, la investigación no se detuvo allí: Robert y Daniel fueron conducidos a dos prisiones distintas, mientras que Rudd fue admitida como testigo de cargo. En los juicios posteriores, el jurado valoró el conjunto de los papeles, los anticipos y los papeles desempeñados por los hermanos, más allá de aquella aislada demostración.
Durante las vistas, Robert y Daniel se defendieron por separado. Cada uno alegó haber sido embaucado por Rudd. Personas de probada reputación acudieron a testificar en su favor. Mas el jurado escuchó también las solicitudes de fondos, las obligaciones, las cartas y las declaraciones de los prestamistas. La defensa de Robert procuró presentar a Rudd como la única autora de la falsedad; la semejanza de los gemelos y la dificultad para distinguir quién había redactado o portado cada pliego enturbiaban las atribuciones. Con todo, dicha incertidumbre no persuadió a los jurados de desestimar las acusaciones.
Robert fue declarado culpable, y luego Daniel. Borrow relata que ambos sostuvieron hasta el postrer instante ignorar que los documentos fuesen falsos. La condena a muerte abrió un periodo de peticiones y diligencias. En favor de Robert, setenta y ocho banqueros y comerciantes suscribieron una súplica de clemencia. Su oficio de boticario, su intachable conducta pasada y el carácter de su hermano gemelo fueron esgrimidos con la esperanza de obtener una suspensión o una conmutación de la pena. La solicitud no logró impedir el suplicio.
Antes de dicha ejecución, Rudd hubo de responder a su vez ante un tribunal. Admitida inicialmente como testigo de la Corona, sus letrados opusieron tal condición procesal a su encausamiento; los jueces examinaron la cuestión. Aquel privilegio no constituía una inmunidad que pudiera esgrimirse sin mayor examen. En las declaraciones cotejadas, ella acusaba a Robert de haberle pedido que imitara la letra de Adair, y a Daniel de haberla forzado a la falsificación bajo amenaza de muerte. Los magistrados señalaron contradicciones. Su juicio tuvo lugar el 8 de diciembre de 1775.
La esposa de Robert compareció para relatar la entrega de un pagaré que su marido había dejado sobre una mesa mientras se cepillaba la casaca. Moody describió de nuevo las dos grafías de Rudd. Frankland confirmó el préstamo concedido sobre aquel papel y reconoció haber recibido más tarde joyas y prendas vendidas por los hermanos. Rudd, por su parte, denunció un complot urdido en su contra. Tras escuchar su defensa y tras una breve deliberación, los jurados la declararon no culpable a la vista de las pruebas que les habían sido expuestas. La absolución concernía exclusivamente a su proceso; no anulaba la condena de los gemelos.
Los dos hermanos fueron ajusticiados juntos en Tyburn el 17 de enero de 1776. Borrow describe su llegada en un carruaje de luto y la ingente multitud congregada para presenciar el patíbulo. Permanecieron muy juntos; sus manos se unieron y se entrelazaron. Dejaron testimonios escritos en los que negaban su culpa y señalaban a Rudd como la artífice de toda la trama. Sus manos se separaron poco después de abrirse la trampilla. La mujer a la que acusaban quedaba libre; ellos confiaban al capellán sus postreras protestas escritas.
