El trozo de pastel acababa de ser retirado del pupitre cuando William Chetwynd hirió a Thomas Ricketts en el vientre. La estocada se asestó con el mismo cuchillo empleado para cortarlo. Ricketts se llevó la mano al costado y llamó a la sirvienta, Hannah Humphreys: «Chetwynd me ha apuñalado». Tres días después, yacía muerto. Durante el proceso, los pormenores del lance se antojaban casi insignificantes: un trozo de simnel, un muchacho que ríe, otro que lo reclama. Con todo, la corte debía dilucidar si aquel homicidio constituía un asesinato premeditado, un homicidio simple o una infracción agravada al amparo del estatuto contra el apuñalamiento.
La causa se había originado el 26 de septiembre de 1743 en la academia del señor Clare, sita en Soho Square. Chetwynd, de unos quince años, era alumno interno; Thomas Ricketts, que rondaba los diecinueve, cursaba estudios allí mismo. Los autos presentan a ambos jóvenes como amigos. El día de autos, otros colegiales se hallaban en la estancia junto con Hannah Humphreys, criada de la casa. El libelo los hace comparecer semanas después de los hechos ante los magistrados y un jurado comisionado para pronunciarse sobre tres cargos criminales.
La portada anuncia las sesiones de los días 12, 13, 14 y 17 de octubre. Chetwynd comparecía encausado por asesinato según el derecho consuetudinario (common law), bajo una grafía defectuosa de su apellido en la acusación estatutaria, y en virtud del pliego del forense. La crónica hace constar que el acusado padecía de sordera casi total; sus letrados solicitaron que se le permitiese situarse en el estrado interior, más próximo a los debates, gracia que le fue concedida. No procede atribuirle ademanes que el texto silencia: basta el dato para recordar que, en una sala donde las declaraciones se sucedían de viva voz, le era imposible oír al unísono que los demás.
El pastel, por su parte, se describe con exactitud. Tratábase de un simnel, torta de masa densa y corteza dura que dificultaba el corte. Chetwynd había traído un pedazo y lo partía con su propio cuchillo, adminículo ordinario del que se servían los muchachos, conforme a las actas. Ricketts le solicitó una tajada; Chetwynd se la dio, pero el primero demandó otra más. Chetwynd se negó y abandonó un instante la estancia con el dulce bajo el brazo. Ricketts lo siguió. Al regresar ambos pupilos, Chetwynd depositó una nueva rebanada sobre su pupitre.
Los declarantes no refirieron esta secuencia de un modo unánime. William Hamilton, condiscípulo presente, relató que Ricketts tomó la porción y se la exhibió a la criada entre risas. Chetwynd se la exigió de vuelta; Ricketts guardó silencio. Acto seguido, Hamilton vio a Chetwynd asestarle un revés con el cuchillo. No le había visto desenvainar el arma, pero reconoció la hoja utilizada para el pastel. No dio cuenta de rencillas pretéritas ni de animadversión entre ellos. En su testimonio, el suceso parte de una chanza y se precipita sin aviso previo.
Samuel Malcher, otro de los alumnos, corroboró que Ricketts había pedido una ración y la había obtenido, para requerir después una segunda. Describió a Ricketts apoderándose del trozo dispuesto sobre la mesa, mas no supo asegurar si Chetwynd lo vio ejecutar la acción ni si le requirió su devolución. Hallábase al otro extremo del aposento y no percibió provocación alguna. Situó el golpe muy poco después de que Ricketts cogiera la tajada, sin poder certificar si transcurrió un minuto entero. Tal vacilación no muda la escena en pendencia física: Malcher aseveró no haber visto a Ricketts empujar a Chetwynd.
Hannah Humphreys se encontraba junto al ventanal, abstraída en su labor. Tras escuchar voces, había entrado en el refectorio. Vio a Ricketts con el pastel en la mano y oyó que había tomado una parte. No presenció la herida. Ricketts se volvió hacia ella asegurando haber sido apuñalado; al principio, la sirvienta lo juzgó una burla. Mas al apartar el joven la mano de su flanco, descubrió rastros de sangre. Chetwynd, según su declaración, manifestó pesarle si acaso había herido a Ricketts. El abismo entre lo visto y lo sabido por boca ajena resulta capital: la criada testifica sobre el instante sobrevenido, no sobre la agresión en sí.
El juicio reprodujo asimismo, por boca del señor Long, parte del testimonio que Ricketts le habría confiado. Long no se hallaba en el aposento durante la agresión. Acudió en la tarde del 26 de septiembre, alertado por una misiva del director de la academia que daba cuenta de un accidente; al día siguiente, consultó a los cirujanos. Ricketts le refirió que la disputa se había trabado por el pastel, que lo había tomado por mofarse de Chetwynd y que había recibido una estocada en el vientre. Añadió Long que el joven había perdonado a su compañero. Palabras, todas ellas, referidas por Long y no recabadas directamente por el tribunal del moribundo.
El arma centró la subsiguiente deposición. Ricketts portaba consigo una navaja de bolsillo. Con anterioridad al golpe, la había abierto ofreciéndosela a Chetwynd para hendir la masa. Chetwynd repuso contar con la suya propia; Ricketts plegó su hoja y la restituyó al bolsillo, según Malcher. Los testigos y los hechos probados describen, pues, un filo empuñado para un menester cotidiano y un lance asestado sin que Ricketts sostuviera arma alguna en la mano. Hamilton presenció el golpe pero no la extracción del hierro; Humphreys no vio el impacto; Malcher puntualizó la inmediatez del acto sin pretender haber escuchado cada palabra.
Los cirujanos comparecieron a fin de explicar por qué una lesión en apariencia leve había segado la vida de Ricketts. Peter McCulloch, facultativo de la institución, se apersonó poco después de la una. Reconoció al muchacho y no consideró inicialmente que la herida hubiese perforado la cavidad abdominal. Al explorarla de nuevo al día siguiente, dictaminó que sí la había alcanzado; llamose entonces a consulta a otros médicos. Peter St Hill atestiguó que la incisión, asentada a la diestra del abdomen y por debajo del ombligo, había sido la causa de la muerte. Ricketts expiró el jueves 29 de septiembre. La causa presenta estos informes como certeza pericial del nexo causal entre la estocada y el deceso, y no a modo de reconstrucción del dolo de Chetwynd.
La defensa de Chetwynd no convocó testigo alguno. Admitió que la acusación había expuesto los hechos sin abultarlos, mas arguyó que el ademán no denotaba una índole malévola. Existía amistad entre ambos; no mediaba inquina probada; Ricketts había tomado el pastel rehusando restituirlo, al tiempo que Chetwynd empuñaba ya el cuchillo para su corte. Inquirieron los defensores si el arrebato nacido de semejante lance bastaba para erigir al reo en asesino a ojos de la ley. No se disputaba la realidad del golpe, sino la categoría jurídica en que debía encuadrarse.
El ministerio fiscal replicó que la provocación era fútil para responder con una cuchillada en el vientre. Conforme al derecho común, alegaba, la alevosía y la malicia podían deducirse por ministerio de la propia ley aun a falta de encono previo; bastaba un acto de violencia manifiestamente desmedido frente a la ofensa. El cargo fundado en el estatuto jacobino enmarañaba aún más la controversia: dicha disposición conminaba con severidad a quienes apuñalasen a quien no tuviese arma desenvainada ni hubiese golpeado primero, privándolos del beneficio eclesiástico. Ahora bien, los hechos declarados probados acreditaban que Ricketts ni había agredido a Chetwynd ni empuñaba arma alguna al sobrevenir el golpe.
El debate consumió horas sobre el alcance del vocablo «provocación», la circunstancia de blandir ya el arma de antemano y el deslinde entre asesinato y homicidio al calor de una riña súbita. Los letrados del reo esgrimieron precedentes donde los altercados o la lesión patrimonial atenuaban la calificación penal. La acusación rebatió señalando que el arrebato de un pastel no justificaba jamás una fuerza de alcance mortífero. La memoria impresa reproduce prolijos alegatos y añejas jurisprudencias que no deben confundirse con un fallo dictado sobre la causa. El resultado procesal fue que los dos magistrados del tribunal consideraron que el punto de derecho requería un pronunciamiento más solemne.
En lugar de formular un veredicto general, el jurado libró un «veredicto especial»: dejó consignados los hechos que consideraba acreditados y encomendó a la corte la tarea de discernir su trascendencia jurídica. El documento pormenoriza la edad de los pupilos, la partición inicial del alimento, la negativa a conceder la segunda ración, la tajada sustraída de la mesa, el cuchillo empuñado por Chetwynd, la estocada asestada y la muerte de Ricketts. Hace constar expresamente que no se halló animosidad anterior. Tras ello, el jurado sometió el pronunciamiento a la decisión de los jueces sobre los tres cargos.
Semejante desenlace suspende la resolución de la causa en el instante mismo en que los hechos parecen más transparentes. El panfleto de 1744 expone el juicio y este veredicto especial; su apéndice allega jurisprudencia relativa al estatuto de apuñalamiento y a la frontera dogmática entre el asesinato y el homicidio simple. Nada consigna acerca de la sentencia dictada ulteriormente contra Chetwynd. El lector asiste al trayecto de la hoja desde el pupitre escolar hasta el estrado judicial, pero le está vedado, a la sola luz de esta publicación, cerrar el legajo con una condena o una absolución. Ese silencio constituye la última pieza de la causa impresa.
