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Justicia y escándalos · Alemania

La señal en los bancos de Goodwin

Socorrido en los bancos de Goodwin en noviembre de 1817, el bergantín danés L’Espérance carece ya de capitán y de segundo. El subteniente Lorenzen denuncia a la tripulación por el asesinato de Jens Nielsen Holst y de su hijo. Las confesiones confirman el doble homicidio, pero discrepan en cuanto a la premeditación y a los papeles desempeñados, en particular respecto a la muerte del joven oficial; el propio Lorenzen resulta acusado antes de ser absuelto. En Flensburgo, cinco marineros son ejecutados en 1820, mientras que dos penas quedan conmutadas por reclusión perpetua.

El 27 de noviembre de 1817, un bergantín danés se hallaba en grave peligro sobre los bancos de Goodwin, frente a las costas de Kent. Los prácticos de Deal acudieron a las señales de socorro y lograron poner a flote la embarcación. Sin embargo, la ausencia del capitán y de su segundo volvía incomprensible aquel rescate. El subteniente Johannes Lorenzen cedió de inmediato el mando a los prácticos y les rogó que condujeran el bergantín a puerto. Una vez en tierra firme, compareció ante el vicecónsul danés: el capitán Jens Nielsen Holst y su hijo Niels, primer oficial, habían sido arrojados por la borda por la tripulación.

L’Espérance navegaba de Hamburgo hacia Mesina, cargado únicamente con lastre. Había zarpado del Elba el 30 de octubre. A bordo permanecían Lorenzen, el camarero Christian Waldvoigt y siete marineros. Los dos hombres que delataron a la marinería no habían presenciado cómo los dos Holst desaparecían en las aguas. Lorenzen dormía en su camarote, convaleciente de una afección en la pierna; Waldvoigt se encontraba en el suyo. El proceso judicial habría de construirse, por tanto, sobre testimonios de oídas, confesiones contradictorias, la conducta de la tripulación y una espinosa incógnita: quién había actuado y en qué momento preciso.

Nada más producirse el desembarco, las autoridades británicas y danesas hubieron de dirimir qué jurisdicción debía juzgar la causa. El delito se había perpetrado en alta mar, pero a bordo de una nave danesa. En un principio, los representantes daneses en Inglaterra se inclinaban por un proceso británico, parecer que los ingleses parecieron secundar al comienzo. No obstante, los Lores del Almirantazgo dictaminaron finalmente que el crimen no correspondía a la jurisdicción territorial inglesa: los reos fueron remitidos a Flensburgo, acompañados por Lorenzen y Waldvoigt en calidad de testigos. Esta travesía hacia un tribunal danés dio inicio a una prolija instrucción, bien alejada de la diáfana relación ofrecida ante el vicecónsul.

En Flensburgo, Lorenzen declaró que las discordias se habían desatado tras un castigo corporal infligido a dos marineros, Niels Hendricksen y Diedrich Widow. El capitán los había azotado con una maroma; Lorenzen consideraba que la sanción era merecida, pero que la cuerda resultaba excesivamente gruesa. Un carpintero había protestado, aduciendo que un oficial no debía golpear a un hombre al timón antes de relevarlo de su puesto. El propio Holst consignó el altercado en el diario de navegación. Sucedieron a este hecho otras refriegas: improperios, golpes de vara y amenazas de severos castigos. Las declaraciones de Waldvoigt retrataban a un capitán despótico; las de Lorenzen se mostraron más comedidas.

El racionamiento del pan se convirtió asimismo en motivo de encono. La víspera de la tragedia, el 26 de noviembre, Holst mandó decir a Lorenzen que distribuyera más pan a la tripulación, pero aplazó la orden para la jornada siguiente. Poco después de las cinco de la madrugada, un grito breve y lastimero despertó al subteniente. Salió a cubierta, llamó en vano al capitán y a su hijo, y se vio de pronto cercado por los marineros. Jochim von Ehren empuñaba un pasador curvo empleado en la jarcia; él y el carpintero Utterberg conminaron a Lorenzen a jurar lealtad a la marinería so pena de correr la misma suerte que los Holst. Lorenzen sufrió un desvanecimiento y luego prestó juramento, con la esperanza de ganar tiempo y salvar la vida.

No había presenciado los crímenes. Los marineros le hicieron saber que el capitán y su hijo yacían en el fondo del mar. Explicaron que habían dado muerte al joven Holst por llevar la misma sangre que su padre y ante el temor de que los delatara. El subteniente inquirió por qué habían herido a un hombre a quien todos tenían por sosegado y bondadoso; las respuestas coincidieron en el vínculo filial. Si bien el capitán era aborrecido por sus rigores, la muerte de su hijo se les antojaba a los marineros una consecuencia forzosa de la primera determinación. Las confesiones posteriores corroboraron el doble homicidio, mas no los pormenores sucesivos ni la participación exacta de cada cual.

Durante la comida, algunos reos se vanagloriaron de haber tenido mayor concurso que sus pares. Con todo, las declaraciones no concordaron ni sobre el origen de la conjura ni sobre las acciones cometidas aquella noche. Peter Klever situó los primeros conciliábulos dos o tres días antes del asalto, fijando la resolución definitiva en el almuerzo de la última jornada. Widow recordó palabras del cocinero y del carpintero. Kuhlmann aseguró haber pensado primero en apoderarse del mando o forzar la despensa; el homicidio se habría impuesto en una deliberación común. Jochim y Utterberg atenuaron a su vez su responsabilidad. Todos convenían en lo sustancial, mientras que cada uno rebatía presto haber asestado el primer golpe o ejecutado los actos más atroces.

El joven Holst fue la segunda víctima, mas la prueba de su muerte resultó aún más intrincada. Klever reconoció haberlo sujetado y arrojado al agua. No obstante, mudó de versión respecto a la identidad de su cómplice: señaló primero al cocinero, luego a Hendricksen. El carpintero situó a Hendricksen junto a Klever, pero otros nada vieron. El cocinero negó haber participado en esta segunda ejecución, si bien admitió su presencia en el asesinato del capitán. El sumario retuvo la culpabilidad de varios hombres sin llegar a dilucidar con certeza qué brazos habían alzado al joven oficial sobre la borda.

Consumado el delito, la tripulación registró la cabina del capitán. Los hombres forzaron varios armarios, pero volvieron a colocar los objetos en su sitio. Al día siguiente, Lorenzen oyó que tramaban matarlo también a él, barrenar el navío y alcanzar la costa en los botes. Aprovechando la cercanía de Inglaterra, intentó arrimar el bergantín a tierra, pero el cocinero indicó un rumbo falso a una lancha de prácticos que se aproximaba. Cuando Klever advirtió la maniobra de Lorenzen, este se vio obligado a ganar de nuevo mar abierto. Aguardó entonces una nueva ocasión.

En los bancos de Goodwin, el subteniente dejó que el peligro aumentara hasta el extremo de hacer indispensables las señales de auxilio. Arribaron dos lanchas de prácticos. Los marineros intentaron impedirles el abordaje esgrimiendo barras de cabrestante; Lorenzen logró persuadirlos de que franquearan el paso al menos a un práctico, impartiendo órdenes de inmediato para disipar todo recelo. En cuanto la tripulación estuvo atareada, Lorenzen hizo señas al resto de los marinos. Catorce de ellos se precipitaron sobre cubierta y tomaron el control de la nave. Los amotinados pretendieron aún sostener que una tempestad había barrido a los Holst; con anterioridad, habían arrojado la galería del buque al mar para conferir verosimilitud a su patraña.

Una vez en puerto, la marinería entregó a Lorenzen una bolsa para retribuir a los prácticos. Mostró las monedas a los hombres, les encareció que guardaran sosiego y bajó a tierra en Deal. Los marineros, siempre suspicaces, le exigieron luego que atestiguara que el capitán y el teniente habían perecido en el temporal mientras él dormía. Lorenzen prometió declarar cuanto exigían. Mas, al caer la noche, un buque de guerra inglés se aproximó y los marineros fueron puestos bajo custodia. La misma resolución que había salvado al bergantín del naufragio permitió a la justicia echar mano a los culpables.

Waldvoigt confirmó parte del relato, sin haber escuchado las amenazas contra Lorenzen ni presenciado las muertes violentas. Declaró sobre el despotismo de Holst y la animadversión de la tripulación. Los reos, tras una negativa inicial, acabaron admitiendo el doble crimen. Alegaron que los castigos, las injurias y el hambre los habían empujado al límite. No obstante, las pesquisas judiciales comprobaron el peso del pan y de las provisiones: se ajustaban a las medidas de ordenanza y la calidad de los víveres no era deficiente. El hambre fue, pues, una aprensión subjetiva y una justificación alegada, mas no una privación demostrada materialmente. La violencia del capitán, atestiguada por varios marineros, consta con mayor certeza documental, aunque el cronista añade a estos datos sus propias conjeturas sobre el ánimo de la tripulación.

Otra grave sospecha recayó sobre Lorenzen. Varios presos afirmaron que había tenido conocimiento de la conjura e incluso alentado a los marineros a sublevarse. Klever aseveró que Lorenzen le había respondido «eso no es posible» antes de apartarse; otros le atribuyeron expresiones de hostilidad contra el capitán. El subteniente rechazó haber tomado parte en el crimen o haberlo favorecido. Aquellas imputaciones procedían de reos que tenían sobrados motivos para perjudicar a quien los había denunciado, y adolecían de notorias contradicciones. El tribunal acabó por absolverlo de toda sospecha de complicidad e instigación. La crónica retrospectiva, si bien recoge este fallo, deja flotar la duda, mas sin aportar prueba concluyente alguna en su contra.

La instrucción judicial se prolongó durante años. Una primera pesquisa sumaria concluyó en agosto de 1818; siguió a esta un proceso criminal formal, y los cargos y descargos fueron sustanciados en Flensburgo ante una comisión judicial los días 27 de octubre, 2 y 3 de noviembre de 1819. La sentencia definitiva se pronunció el 14 de octubre de 1820. Seis hombres fueron declarados reos del asesinato concertado del capitán y de su hijo; Hendricksen fue condenado por su adhesión al complot contra el capitán y por delito de motín. El fallo primitivo condenaba a los seis primeros a la pena de rueda y a Hendricksen a la decapitación. Un indulto regio conmutó la rueda por el cadalso para cinco de los sentenciados, y trocó las penas de Kuhlmann y de Hendricksen en reclusión perpetua; Kuhlmann hubo de sufrir previamente el castigo corporal estipulado.

El 17 de octubre de 1820, cinco reos fueron conducidos extramuros de Flensburgo en carretas de infamia y ejecutados a golpe de hacha. Kuhlmann, tras recibir los azotes de rigor, partió hacia presidio perpetuo; Hendricksen fue igualmente destinado a reclusión de por vida. Las memorias del pastor Valentiner describen a los ajusticiados confortando a los demás presidiarios, recibiendo la comunión y aprestándose para la muerte. Mas esta piadosa memoria no disipa las contradicciones de las confesiones ni la incertidumbre en torno a los actos de cada reo. En los bancos de Goodwin, una señal había guiado a los prácticos hacia un buque sin capitán. En Flensburgo, la sentencia distinguió entre cabecillas, cómplices y un testigo mudado en sospechoso; sin embargo, los sucesos de aquella trágica noche jamás pudieron recomponerse en una sola voz concordante.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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Novela corta — El pabellón sin insignia

Novela corta de ficción marítima. Un joven práctico de Deal aborda un bergantín a la deriva y advierte con estupor que ningún oficial acude a recibir las amarras. Antes de que la nave tome puerto, debe resolver si entrega a las autoridades el cuaderno de bitácora que un marinero le ha deslizado en secreto, con el riesgo de que el armador lo acuse de hurto. Una mancha de tinta, una hora raspada en el papel y dos testimonios incompatibles transforman al socorrista en el testigo principal de un misterio insondable. La nave, los personajes y los hechos son enteramente ficticios; la obra no recrea el proceso histórico de L’Espérance.

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Novela — El registro de Flensburgo

Novela enteramente ficticia. Una traductora danesa asiste a un escribano alemán comisionado para poner en limpio las actuaciones procesales sobre un buque mercante hallado a la deriva sin capitán. Los testigos deponen en tres lenguas distintas y discrepan sobre la hora del zarpe y las órdenes proferidas en la noche del crimen. Al esfumarse un marinero de su celda, la traductora intuye que un testimonio apócrifo circula entre ambas judicaturas; su empeño consistirá en salvar cada matiz verbal sin urdir falsas certezas. El buque, las muertes, los protagonistas, las pesquisas y su desenlace son de pura invención, desvinculados del juicio histórico de 1820.

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Trilogía — Las rutas del estrecho

Trilogía de ficción histórica. Tres novelas siguen el destino de un práctico de bajíos, la viuda de un naviero y un joven magistrado a través de litigios marítimos imaginarios de principios del siglo XIX. En el primer volumen, un cargamento se desvanece antes de tocar puerto; en el segundo, un naufragio enfrenta la jurisdicción de dos cortes soberanas; en la entrega final, una carta custodiada en un arcón compele a los descendientes de los testigos a reabrir una causa pretérita. Personajes, buques, crímenes y veredictos son ficticios. La saga no reproduce las figuras de los Holst, los procesados reales ni la sentencia de L’Espérance.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo da cuenta de las vistas judiciales y transcribe una sentencia penal de la época, si bien entrevera declaraciones de testigos, confesiones, relatos piadosos del pastor y glosas personales del compilador. Los reos admiten el doble crimen, mas divergen en cuanto a la premeditación y a la autoría material del arrojamiento al mar del joven Holst. Varios de los condenados acusan a Lorenzen, a quien la comisión judicial termina por absolver. El texto original del registro se interrumpe al comienzo de una frase tras la narración del suplicio; con todo, las penas y su ejecución quedan referidas con anterioridad a dicha laguna textual, por lo que el truncamiento no afecta a los datos sustanciales.

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