En el Louvre, durante la noche de la matanza, la camisa de Margarita de Valois quedó manchada con la sangre de un fugitivo malherido. En el pasaje de sus memorias que transcribe Champagnac, la princesa relata cómo un gentilhombre imploró su amparo mientras sus perseguidores irrumpían en sus aposentos. Pasó luego a la estancia de su hermana. Otro fugitivo fue alanceado en la antecámara. El alcázar real, llamado a ofrecer cobijo a tales huéspedes, se había transformado en el teatro mismo de su perdición.
La crónica sitúa la San Bartolomé en agosto de 1572, tras la reconciliación de los protestantes de Francia con Carlos IX. Presenta aquella concordia como la tramoya de una celada: se ofrecieron condiciones ventajosas, el almirante de Coligny las aceptó, y la corte colmó entonces a los caudillos protestantes de festejos, seguridades y juramentos. Champagnac imputa la urdimbre de la carnicería a Catalina de Médicis y al monarca; tal dictamen, vertido en un texto de encendido partidismo, debe adscribirse en exclusiva al criterio del cronista.
Pocos días antes de las matanzas, Coligny había resultado herido por un arcabuzazo al salir del Louvre. La fuente refiere que el almirante creyó ver en este atentado la señal de una ruptura abierta con el duque de Guisa. Enrique de Navarra y el príncipe de Condé elevaron sus quejas ante el rey. Carlos IX fingió un hondo pesar, mandó pesquisar a los culpables y dispensó al almirante el trato de padre. La protesta de amistad consignada por Champagnac queda así yuxtapuesta al sangriento suceso que sobrevino poco después; el texto invita a descubrir en este paralelismo una refinada disimulación, mas sin aportar las piezas de convicción que permitirían desentrañar las intenciones de cada protagonista.
En vísperas de San Bartolomé, en mitad de la noche, se dio la señal convenida. Redobló a rebato el toque de queda de Saint-Germain-l’Auxerrois, al que respondió el campanal mayor del Palacio. Las moradas de los protestantes fueron forzadas. Para referir las primeras violencias, Champagnac se detiene en la mansión de Coligny, sita en la calle de Bétizi, donde el anciano almirante aguardaba desarmado, sentado en un sillón.
Una mesnada armada penetró en su estancia. Besme, criado de la casa de Guisa, es señalado como el ejecutor del golpe. La crónica refiere que Coligny le recordó sus cabellos canos, advirtiéndole que apenas lograría arrebatarle unos escasos días de vida; palabras transmitidas por testimonios posteriores que Champagnac recoge en sus páginas. Atribuye asimismo al joven duque de Guisa una guardia apostada ante el zaguán, a la espera del desenlace. El cuerpo de Coligny fue arrojado por una ventana y abandonado al furor del populacho. Refiere además Champagnac que le seccionaron la cabeza para enviarla a Catalina de Médicis, citando a Voltaire cuando advierte que la posterior remisión de los despojos a Roma dista de estar acreditada.
La muerte del almirante no detuvo la embestida. Hombres, niños y familias enteras de confesión protestante cayeron abatidos en las calles. La crónica evoca a ciertos religiosos que habrían inflamado a los verdugos, así como al mariscal de Tavannes cabalgando por la urbe al grito de exterminio. Semejantes estampas e inculpaciones pertenecen al texto del cronista; mas no deben oscurecer los nombres de aquellos que figuran en él como víctimas documentadas.
En el Louvre, los servidores protestantes de la casa de Navarra fueron atacados. Margarita describe a un gentilhombre herido, apellidado Téjan, que se arrojó sobre su lecho para sustraerse a los arqueros. Cuenta asimismo que otro hombre fue atravesado de parte a parte en la antecámara. Su propia camisa se empapó en sangre, viéndose obligada a mudarla antes de alcanzar las habitaciones de su hermana. En este testimonio de primera mano, la escena palaciega deja de ser un decorado dinástico: la violencia derriba las cancelas íntimas y alcanza a quienes demandaban asilo.
La crónica nombra igualmente al conde de La Rochefoucauld, privado del rey, que había compartido la velada con él. Carlos IX habría intentado retenerlo y, ante la negativa del cortesano, lo dejó marchar; Champagnac asevera que fue degollado al poco tiempo. El conde de Téligny, yerno de Coligny, sucumbió también; el filósofo Ramus fue precipitado desde una ventana del colegio de Presles. Esta nómina no pretende reconstruir cada homicidio, pero revela hasta qué punto el rango, los oficios y la cercanía al solio real resultaban inútiles para proteger a quienes el relato adscribe a la minoría proscrita.
Entre los escasos supervivientes, Champagnac rescata el trance del joven La Force, un niño de diez años. Los sayones lo apresaron junto a su padre y a su hermano. Cubierto por la sangre de los suyos, el muchacho fingió estar muerto. Un mozo encargado de guardar un juego de pelota advirtió que aún respiraba, lo ocultó bajo su capote y lo hizo pasar por un sobrino embriagado. Añade el texto que el providencial salvador reclamó treinta escudos por su auxilio; detalle que reposa únicamente en la pluma del cronista, sin confirmación documental añadida. La Force fue conducido más tarde ante un pariente y logró huir disfrazado de paje bajo el falso nombre de Beaupin. El superviviente a quien el texto sigue más allá de aquella noche se convertiría, según se hace constar, en mariscal de Francia.
Otros testimonios de evasión prolongan esta frágil posibilidad de escapar a la carnicería. Jean de Beaumanoir, marqués de Lavardin, halló cobijo gracias a una viuda católica que lo trasladó luego a sus posesiones disfrazado de doncella. Varios fugitivos intentaron vadear el río. Champagnac les achaca haber sido blanco de los disparos del propio monarca desde una ventana de palacio, invocando a Brantôme como testigo ocular del trance. Una vez más, la acusación es grave y su filiación debe permanecer a la vista: asistimos a lo que un cronista del siglo XIX sostiene haber hallado en los memorialistas precedentes.
Tras los desmanes, recayó sobre Coligny un procedimiento infamante a título póstumo. Carlos IX lo acusó de conspiración ante el parlamento de París; el tribunal pronunció sentencia contra el difunto, ordenando, según Champagnac, que su cadáver fuera arrastrado y colgado del patíbulo, su solar arrasado y sus vástagos inhabilitados para el goce de ciertos derechos. Añade la crónica que se instituyó una solemne procesión anual en acción de gracias por haber desbaratado el pretendido complot. El cronista rebate que el almirante hubiese concebido semejante designio: tal descargo participa del mismo alegato retrospectivo, sin que la sola lectura de la crónica baste para dilucidar las verdaderas intenciones políticas de aquel tiempo.
El estrago no quedó circunscrito a los muros de París. Champagnac afirma que se despacharon órdenes a los gobiernos provinciales y da cuenta puntual de las matanzas perpetradas en Lyon y Toulouse. En esta última ciudad, según su cómputo, cerca de trescientos cautivos protestantes fueron degollados en la Conciergerie a comienzos de octubre; sus casas fueron saqueadas a continuación. Cita asimismo a ciertos comandantes católicos que, en diversas plazas, rehusaron acatar las órdenes sanguinarias. Esta enumeración, al igual que los cómputos que la acompañan, procede del autor; evidencia, con todo, que la conducta de los magistrados locales distó de ser unánime, aun en el marco de su propia crónica.
Champagnac propone, por último, una cifra exorbitante de víctimas para París, omitiendo en este capítulo el desglose de su cálculo. Conviene tomar tal cómputo por lo que es: una aserción del texto decimonónico, y no un balance científicamente refrendado por las piezas que examina. A su juicio, el exterminio no extinguió las raíces de la discordia: las hostilidades rebrotaron y los protestantes ilesos procuraron aprestarse a la defensa. El sangriento episodio con el que la corte pretendió zanjar la crisis por la fuerza inauguró, a la luz de la crónica, un nuevo ciclo de guerras fratricidas.
La estampa del Louvre permanece como el cuadro de un asilo trocado en corredor franco para los sicarios; a su lado perviven los nombres de Coligny, Téligny, Ramus y la multitud de anónimos que el archivo no alcanza a rescatar. Condena el cronista la simulación y el fanatismo, mas sus improperios doctrinarios contra una facción o un culto no hacen las veces de prueba forense. Resta, incontestable, que en agosto de 1572 millares de personas fueron acosadas en el seno de sus hogares tras haber proclamado la corona la pacificación general. Esa contradicción, abierta entre la fe de los juramentos y la fatídica señal dada en la sombra, constituye el núcleo judicial y moral del drama.
