El reverendo Charles Herbert Jenner solicitó un préstamo de doscientas libras. En el estrado, relató que John Minter Hart había consignado dicha cantidad en un documento que acababa de hacerle aceptar, para luego llevárselo consigo bajo la promesa de regresar con el metálico. Nunca volvió a ver a Hart. Cuando se exhibió el pagaré, las cifras señalaban quinientas libras. Entre una y otra cantidad, un rastro se había desvanecido por la acción de un ácido; el pleito se dirimió entonces sobre una cuestión harto más ardua que una simple discrepancia de tintas: ¿qué era preciso probar para que la falsificación constituyera con rigor el delito imputado?
El proceso contra Hart por el pagaré falso que perjudicaba a Jenner tuvo lugar en diciembre de 1836. Sin embargo, en la crónica de Camden Pelham, la trayectoria de Hart se remontaba tres años atrás y pasaba por otra víctima, otra serie de efectos y otro veredicto. Conviene examinar ambos episodios por separado: las maniobras atribuidas a Hart en torno a las letras de Dugdale Astley no habían desembocado en condena; en cambio, el jurado de 1836 lo declaró culpable de la falsificación dirigida contra Jenner.
En julio de 1833, Astley buscaba un anticipo transitorio. Un anuncio en el Morning Post prometía veinte mil libras en préstamo para caballeros de fortuna, mediando el correspondiente interés. Astley solicitó cinco mil libras y expuso sus vínculos familiares y sus posesiones patrimoniales. Recibió respuesta mediante una carta suscrita por «J. Morton»; el hombre que acudió a su encuentro en Basing Park, según la acusación resumida por Pelham, no era otro que Hart bajo identidad fingida. Debatieron las condiciones y acordaron la emisión de pagarés renovables a corto plazo, contra devengo de intereses.
Hart aportó diez timbres de seis peniques y solicitó a Astley que consignara en cada uno de ellos una aceptación por quinientas libras. Astley inscribió la fórmula y el nombre de su banco, mas, a tenor del relato de la audiencia, no estampó su firma al pie de los efectos. Hart se los llevó asegurando que el dinero estaría disponible en breve. El préstamo jamás se materializó. Las entrevistas comprometidas se fueron aplazando, hasta que una misiva atribuida a Henry Palmer anunció que este había recibido uno de los documentos y que podría descontar otro. Palmer instaba a Astley a ratificar la regularidad de los títulos.
Astley no contestó. La carta despertó sus sospechas; las pesquisas de sus allegados vincularon a Hart con Palmer. La crónica refiere entonces una nueva tentativa de extorsión: Palmer habría amenazado con escribir al padre y al suegro de Astley a propósito de los pagarés, para luego proponer su rescate a cambio de una elevada suma. Se insertaron avisos en la prensa y se concertaron citas en despachos de procuradores, pero la avenencia fracasó. Pelham presenta este lance como una maquinación concertada; los pormenores dimanan de la exposición del fiscal y de las declaraciones testificales que aquel compendia, no de un acta judicial íntegra inserta en el volumen. Astley no respondió a Palmer. Dispuso, no obstante, la inserción de un aviso en que convocaba a «O. P. Q.» a reunirse con sus procuradores. En la cita, Henson inquirió qué exigía Palmer para restituir los efectos: veinte chelines por libra, replicó este. Astley rehusó. Al día siguiente, el representante de Palmer propuso diez chelines por libra, y más tarde cinco; ambas ofertas fueron rechazadas y la negociación se dio por concluida. Esta negativa no transformaba aún la amenaza en prueba procesal, pero dejaba al descubierto el verdadero propósito de la correspondencia: recobrar unos efectos por los cuales no se había desembolsado préstamo alguno.
Palmer fue juzgado en las Middlesex Sessions en octubre de 1833. El ministerio público lo encausó por receptación de diez efectos aceptados por Astley a sabiendas de su procedencia ilícita. La crónica consigna un veredicto de culpabilidad y una pena de catorce años. Hart fue juzgado con posterioridad y de forma separada, el 2 de diciembre. En esta ocasión, el magistrado resolvió que no se había acreditado delito grave alguno —felony—, habida cuenta de que ningún bien perteneciente a Astley había sido sustraído. Ordenó un veredicto de inculpabilidad. Pelham añade que la condena de Palmer fue asimismo tachada de ilegal, obteniendo este su excarcelación.
Aquel primer litigio no prejuzgaba la causa de Jenner, sobrevenida tres años más tarde. En julio de 1836, el clérigo, afincado cerca de Cardiff, había respondido a un anuncio de crédito bajo la referencia de cierto Blake, en el Haymarket. Hart se entrevistó con él en Chislehurst. Jenner requería doscientas libras por un término de doce meses y consentía un interés del cinco por ciento sobre el pagaré. Al día siguiente, en la residencia paterna de Jenner, Hart le presentó un papel timbrado al tiempo que le exhibía lo que semejaba ser un cheque del Banco de Inglaterra; acto seguido, le instó a redactar: «Aceptado — Charles Jenner».
Antes de estampar la firma, Jenner afirmó haber visto a Hart anotar unas cifras en el ángulo izquierdo: doscientas libras. Hart tomó de nuevo el documento prometiendo regresar media hora después con el dinero. A requerimiento suyo, Jenner había consignado que el pago se haría efectivo en el Banco de Inglaterra. El anticipo jamás llegó; se cruzaron diversas cartas, pero Jenner no volvió a ver a Hart. Cuando el título fue presentado en el juicio, la cifra de quinientas libras ocupaba el lugar de las doscientas que el clérigo aseveraba haber presenciado.
John William Edwards aportó otro indicio durante las sesiones. Manifestó haber recibido el documento de manos de Hart a cambio de cinco chelines por libra; se trataba entonces, a su juicio, de una aceptación en blanco con una mancha en el vértice. Edwards relató habérselo devuelto luego a Hart para que fuese librado y endosado. Regresó a sus manos suscrito con el nombre de «C. Taylor». Conforme a este mismo testimonio, Hart le habría confiado que el efecto procedía de Jenner por mediación de un sujeto apellidado Elliott, y que cierto comprador, Pook, no había ofrecido por él más de cien libras. Edwards se comprometió a entregar cincuenta libras adicionales si el pagaré era saldado. Un análisis químico, reseñado por Pelham, demostró que el punto donde Jenner sostenía haber visto el guarismo 200 había sido tratado con ácido: se había borrado la tinta para inscribir en su lugar la cifra 500. Las testificales describían así una alteración material, mas la controversia ante los jurados atañía también a la exacta tipificación jurídica del hecho.
La defensa arguyó que los hechos, aun acreditando un fraude, no demostraban la falsedad material concreta contemplada en el auto de acusación. El magistrado consideró, por el contrario, que la imputación hallaba sólido sustento en las pruebas. El jurado emitió veredicto de culpabilidad contra Hart. Su condena fue examinada con posterioridad por los quince magistrados reunidos en la Cámara del Exchequer, quienes la ratificaron. El 7 de febrero de 1837, Hart fue sentenciado a deportación perpetua.
Pelham no consigna la fecha exacta de su óbito. Apunta únicamente que, tras su traslado a la Tierra de Van Diemen, Hart pereció allí al cabo de una breve estancia. En la fecha de su condena, precisa el compilador, contaba treinta y dos años y se presentaba como procurador. Pelham juzga verosímil que hubiese cursado estudios jurídicos y obtenido la habilitación profesional, si bien formula tal extremo a título de mera conjetura biográfica. La crónica lo dibuja como un prestamista avezado en la inserción de reclamos y en la obtención de créditos bajo nombres supuestos; el juicio moral sobre el reo pertenece por entero al compilador. La trayectoria forense, en cambio, se aprecia a través de dos desenlaces contrapuestos. En 1833, Hart abandonó la sala en libertad después de que el juez estimara que no concurría felony, al no haber existido despojo de bienes de Astley. En 1836, el jurado apreció la falsedad perpetrada contra Jenner y los quince magistrados confirmaron la condena. El mismo individuo había cruzado en dos ocasiones los umbrales del tribunal; el papel, sin embargo, no encerraba en ambas la misma prueba.
