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Justicia y escándalos · Francia

La última palabra del jurado

En la Audiencia de lo Criminal del Sena, la muerte de Courtefois en Neuilly enfrenta a la acusación de homicidio con la tesis del suicidio. Tras varias sesiones, el jurado declara a Godefroy culpable con circunstancias atenuantes; el tribunal pronuncia diez años de trabajos forzados, sujeción a vigilancia y el pago de las costas.

A medianoche y cuarto, resonó la campanilla del jurado. El tribunal volvió a ocupar el estrado y el portavoz de los jurados dio lectura al veredicto: Louis-Victor Godefroy era declarado culpable, mas con circunstancias atenuantes. A la pregunta del presidente, el acusado nada añadió. Cayó la condena: diez años de trabajos forzados, sujeción a vigilancia, las costas procesales. Acto seguido, la defensa solicitó testimonio de la sustitución del portavoz del jurado y de la constancia de dicha mudanza en el acta del juicio. El presidente contestó que la diligencia ya figuraba asentada. En este pleito, la última palabra no correspondió tan solo al veredicto; hasta el umbral mismo del levantamiento de la sesión, el rigor del procedimiento exigió que cada acto hallase su debido lugar y su debida constancia. [1]

Cuatro jornadas de crónicas judiciales habían desembocado en esta fórmula. El 22 de febrero de 1877, la Gazette des tribunaux inauguraba la relación de la vista celebrada la víspera ante la Audiencia de lo Criminal del Sena, bajo la presidencia del señor Vaney. El periódico planteaba de entrada una cuestión cuya aparente sencillez encubría una intrincada dificultad: Courtefois, rentista que había acudido a Neuilly el 8 de septiembre de 1876 para dirimir asuntos de negocios, yacía muerto en el domicilio de Godefroy tras escucharse dos detonaciones. El ministerio fiscal sostenía el homicidio; Godefroy aseveraba el suicidio. La crónica no ofrece una escena contemplada por testigo imparcial alguno: expone una muerte controvertida, cuyas versiones contrarias habrían de pasar por el crisol de los debates. [2]

El primer relato que cobró fuerza ante el tribunal fue el de la acusación. La exposición liminar de la Gazette consigna que Courtefois había desembolsado ochenta mil francos en la empresa de abonos de Arcueil. Con el curso de las sesiones, las preguntas, las declaraciones y los informes de los letrados evocaron asimismo la suma de cincuenta mil francos; las actas periodísticas no concilian estas cifras ni sus respectivas imputaciones. La sociedad zozobraba; las cuentas, las garantías y las escrituras sucesivas eran objeto de disputa. A tenor del auto leído en la audiencia, Courtefois creía que aún se le adeudaban su capital e importes prometidos, mientras Godefroy lidiaba con apuros en la casa Violet y con la amenaza de una querella. Las cartas del acreedor, leídas en el juicio, alternaban ruegos, reconvenciones y advertencias. Una anunciaba su visita; otras recordaban las garantías que consideraba haber obtenido. En la misiva del 7 de marzo, Courtefois evocaba todavía «las últimas condiciones concertadas entre vos y yo»; la defensa y la acusación conferían distinto alcance a las garantías y a los instrumentos otorgados con posterioridad. Tal litigio sentaba el móvil del encuentro, al tiempo que los documentos mercantiles se debatían con rigor contradictorio. [3]

La víctima, por su parte, ya no podía testificar. La Gazette dio cuenta del testamento y de las cartas dirigidas por Courtefois a su familia, donde manifestaba su deseo de seguir viviendo para enmendar los quebrantos sufridos y proveer al sustento de los suyos. Tales escritos fueron esgrimidos contra la hipótesis del suicidio. En sentido inverso, diversos testigos refirieron palabras atribuidas a Courtefois sobre su propósito de quitarse la vida si no recobraba sus caudales. Frédéric Combes declaró que, antes de la Pascua de 1876, Courtefois había afirmado que, de no cobrar, se «levantaría la tapa de los sesos»; Combes manifestó haberle reprendido, para bromear más tarde sobre el hecho de que siguiese vivo, chanza que Courtefois encajó de buen grado. El mismo testigo refirió otra amenaza de suicidio en el mes de agosto. El proceso confrontaba estas expresiones orales con las cartas en las que Courtefois afirmaba querer reparar sus pérdidas y atender a los suyos. [4]

A lo largo de las vistas, los objetos depositados sobre la mesa de piezas de convicción pasaron a ser, a su vez, mudos testigos. Hallábanse allí la pistola de dos cañones, las vainas, los cartuchos encontrados en el tocador de Godefroy, los proyectiles y las esquirlas de plomo. La defensa argüía que Courtefois pudo empuñar el arma y dispararse a sí mismo; la acusación oponía la trayectoria del proyectil, la ausencia de restos de pólvora en la herida y la inexistencia de sangre en el arma. Los peritos debatieron sobre las distancias, las señales impresas por los disparos y los efectos del retroceso. Los armeros explicaron asimismo que los cartuchos se ajustaban a la recámara de la pistola. Bergeron calificó la trayectoria de la bala de «horizontal, o sensiblemente tal», juzgando inverosímil la hipótesis de un disparo contra la frente, que habría debido seguir un curso ascendente. Distinguió las huellas de rozamiento por rebote de los cercos de pólvora; los peritos y las partes discutieron asimismo sobre los experimentos balísticos y los cartuchos. Los objetos tan solo hablaban a través de estos cotejos litigiosos. [5]

Las declaraciones testificales suplieron aquello que los objetos callaban. El comisario de policía Cauchepain depuso haber hallado el cadáver en el salón y refirió que Godefroy habló en un primer momento de suicidio; el encausado contradijo ciertos extremos de este testimonio. El médico Mutel detalló su examen superficial, tras lo cual el doctor Bergeron expuso la autopsia y los experimentos practicados en torno a las heridas. La servidumbre no coincidió en lo que había oído o presenciado; el comisario Clément dispuso que se midiera, mediante pruebas en la propia casa, qué podía percibirse de una conversación desde el patio y la escalera. Genty, el ayuda de cámara, afirmó no haber oído rumor ni conversación alguna desde la planta superior. Clément, situado en el exterior cerca del sitio donde aguardaba el cochero, aseveró por el contrario haber percibido con entera claridad un diálogo animado entre dos personas en el salón. Precisó también haber comprobado el tiempo preciso para recrear los movimientos señalados. Estas deposiciones enfrentaban a los jurados con percepciones situadas en distintos puntos del inmueble. [6]

La familia de Courtefois compareció luego para evocar la figura del ausente. Su viuda declaró que Godefroy le había anunciado un violento altercado antes de sostener que su marido se había quitado la vida; Raynaud no confirmó haber escuchado tal frase. La hija recordó las amenazas de las que su padre decía ser víctima y la mañana en que se había despedido de ella, a su juicio, con semblante risueño. El hijo manifestó no haber visto jamás a su padre servirse de un arma y recordó que este se hallaba a la espera de tomar posesión de un aserradero. Otros testigos aludieron puntualmente a este negocio: citas convenidas, trámites de adquisición, toma de posesión y sumas aún adeudadas. La tesis del suicidio debía ponderarse, por ende, no sobre una manifestación aislada, sino a la luz de lo que varios deudos referían de sus hábitos, de sus designios y de su ánimo en los días previos al desenlace fatal. [7]

El 24 de febrero, las crónicas pasaron de los testimonios a los alegatos forenses. El letrado de la acusación particular recordó la edad de Courtefois, su hogar y el trabajo con el que había labrado su patrimonio; impetró que el dolor de su familia no se confundiera con afán de venganza. El ministerio público, y luego la parte civil, convirtieron el endeudamiento, las epístolas, las amenazas referidas y las comprobaciones médico-legales en indicios convergentes de un homicidio. La defensa, en cambio, recusó la semblanza de un hombre enteramente depravado y retomó las explicaciones de Godefroy acerca de los negocios, la pistola y el instante en que salieron los disparos. Admitió que su conducta tras el óbito pudiera tildarse de fría, mas rebatió que bastase para probar el asesinato. La defensa recordó los actos de comercio, impugnó la interpretación de las garantías y sostuvo que los hallazgos periciales cuadraban con el suicidio. Las mismas cartas y los mismos objetos mudaban de alcance a compás de los informes orales. [8]

En la sesión de conclusiones, los abogados se detuvieron prolijamente en este dilema. Para la acusación, el suicidio no esclarecía ni las circunstancias materiales ni la carencia de un móvil verosímil en Courtefois. Por la defensa, el letrado Nicolet examinó punto por punto los indicios materiales y, seguidamente, los factores morales; releyó las cartas de Courtefois y defendió la plausibilidad del suicidio. Tras más de siete horas de informe, el presidente preguntó a Godefroy si tenía algo que añadir. «Nada», respondió. Los jurados se retiraron a las once de la noche, regresaron poco después de la medianoche y pronunciaron el fallo de culpabilidad con circunstancias atenuantes. [9]

Tras el veredicto, el defensor solicitó aún testimonio de la sustitución del portavoz del jurado y de su constancia en el acta; el presidente replicó que dicha diligencia figuraba consignada. La crónica procesal concluía con este pormenor de procedimiento, tras los diez años de trabajos forzados y las atenuantes. La carta del 7 de marzo, las declaraciones de Combes y de Clément, los dictámenes periciales de Bergeron: otras tantas voces y piezas de convicción que los jurados hubieron de concertar antes de que la campanilla los convocase de nuevo a la sala. [10]

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El silencio de la chimenea

Novela corta de ficción inspirada en el proceso Godefroy-Courtefois: las sesiones de febrero de 1877, la muerte controvertida y el veredicto con circunstancias atenuantes constan en la Gazette. La escena íntima del salón, la perspectiva de la servidumbre y cualquier diálogo ajeno a la crónica judicial son invención literaria, jamás presentados como documento de archivo. En Neuilly, una estancia cerrada se convierte en el epicentro de una causa que todos creen desentrañar. Los testigos detallan ademanes, los peritos miden las heridas y dos hombres de negocios aparecen unidos por intereses que el tribunal debe esclarecer. En una jornada procesal recreada, la obra sigue estas versiones hasta el veredicto documentado e interroga la brecha entre la prueba material y la certeza moral.

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Las columnas del 22 de febrero

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Esta crónica sigue fielmente los cuatro relatos publicados por la Gazette des tribunaux del 22 al 25 de febrero de 1877. Desglosa los cargos, las testificales, las alegaciones de la defensa y el veredicto. Las sumas de 80 000 y 50 000 francos se consignan en diversos pasajes del juicio sin que el periódico llegue a conciliar su disparidad. La fuente primaria es una reseña de prensa de época y no las actas judiciales oficiales.

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