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Justicia y escándalos · Francia

La sentencia que no comprendió

Cantal, agosto de 1827. Tras el asesinato de Étienne Petit, las sospechas recaen sobre Pierre Sauron, sordomudo, a causa de una antigua enemistad y de indicios materiales. En la vista celebrada en Saint-Flour, el intérprete inicial considera imposible comunicarse con el acusado y solicita un aplazamiento; la sala prosigue los debates con otro intérprete. Sauron es declarado culpable sin premeditación y condenado a trabajos forzados a perpetuidad. La fuente no relata el resto de sus días.

La hija de Étienne Petit lo halló tendido junto a un muro, en el cercado adonde su padre acababa de llevar a pastar a dos vacas. Creyéndolo dormido, lo llamó. Él no respondió. Al aproximarse, la joven comprendió que yacía muerto. Corrió a la aldea en busca de auxilio; los vecinos descubrieron entonces la herida sobre la clavícula. Aquel 23 de junio de 1827, la labranza matinal, el reposo al socaire del viento y el retorno previsto junto al ganado habían zozobrado en una escena de homicidio.

Las sospechas no tardaron en dirigirse hacia Pierre Sauron, quien residía con su familia en Lascon. Una de las hijas de Petit había estado unida a él; tras quedar encinta, su padre la envió lejos de la comarca con el propósito de truncar semejante relación. Champagnac retrata a Sauron como un hombre profundamente resentido contra Petit desde aquella partida. Da cuenta asimismo de amenazas, gestos intimidatorios y ardides tramados para hacer pasar al labrador por un ladrón de paja. Tales extremos aportan en el relato un origen al odio atribuido al encausado, mas constituyen hechos consignados por la crónica y no un asomo fidedigno al fuero interno de Sauron.

Uno de aquellos lances previos ya había conducido a Sauron ante la justicia. En mitad de la noche, se había presentado desnudo frente a la morada de Petit, empuñando un grueso leño y tocado con una peluca de crines que imitaba la cabellera de un orate conocido. Cuando Petit franqueó la puerta, Sauron la emprendió a golpes con él. El cultivador intentó asirlo por los cabellos, pero la cabellera postiza se le quedó entre las manos; los moradores acudieron al estrépito y el agresor huyó a la carrera. Procesado por violencias, el reo resultó finalmente absuelto por falta de pruebas concluyentes. Pocos meses después, Petit moría asesinado.

Aquel primer litigio brindaba a la aldea una trama dispuesta a repetirse. A Sauron se le tenía por enemigo jurado de Petit; su acometida había provocado una denuncia formal; había salido en libertad. Cuando la gendarmería compareció tras el crimen, el sospechoso se hallaba en su domicilio, desde donde emprendió la fuga antes de ser aprehendido. Lo condujeron frente al cadáver. Champagnac describe entonces a un hombre que alzaba los ojos al cielo y esbozaba ademanes de compasión antes de quedar inmóvil. Aquellos signos no entrañaban confesión alguna. Para los instructores, la muerte debía vincularse a un tirador, a un arma de fuego y a vestigios susceptibles de examen pericial.

Los cirujanos dictaminaron que Petit había sido alcanzado por un disparo efectuado casi a bocajarro. La posta contenía fragmentos de un cascabel fracturado. Estimaron que la víctima se hallaba sentada contra la pared, probablemente sumida en el sueño, y que el proyectil había seguido una trayectoria descendente. Tales conclusiones emanaban de su examen facultativo y figuran en la crónica; situaban el homicidio en el prado, al pie del muro, pero aún no revelaban la identidad del ejecutor.

Sauron era conocido como cazador y poseía una escopeta desde hacía algún tiempo. Al ser interrogado sobre el arma, dio a entender, según la crónica, que carecía de ella; la que usara en otro tiempo habría pertenecido a un tercero a quien se la habría devuelto. No obstante, tras minuciosos registros, los gendarmes descubrieron una escopeta oculta entre dos vigas del establo. La cazoleta estaba húmeda y el cañón despedía olor a pólvora fresca. Al conminársele a dar explicaciones, Sauron respondió con enérgicos signos de denegación.

En los bolsillos del chaleco que vestía se hallaron también esquirlas de cascabel. Los pesquisas las cotejaron con los restos extraídos de la herida de Petit. Según Champagnac, encajaban con precisión y procedían de la misma pieza. El cronista describe a Sauron mudando el color y perdiendo el sosiego tras dicha confrontación. El arma disimulada, la pólvora, los fragmentos metálicos y las agresiones pretéritas conformaban ya un indicio material y circunstancial de peso. A la defensa le correspondería rebatirlo, mientras las amenazas atribuidas al prevenido circulaban de boca en boca por toda la comarca.

La Audiencia de lo Criminal de Cantal, con sede en Saint-Flour, abrió la causa el 17 de agosto de 1827. Ningún testigo, puntualiza la crónica, había presenciado el disparo; apenas dos o tres personas habían percibido el estampido a lo lejos. Los demás deponentes comparecieron para testificar sobre las amenazas, la inquina contra Petit, la antigua refriega y los hurtos de paja que Sauron habría urdido para incriminar a su rival. Varios declararon que Petit presentía su propio fin y había manifestado temer al mudo. El cronista asevera que estos extremos constaban en el auto de acusación y quedaron ratificados durante la vista. Con todo, semejante testimonio indirecto no equivale a la observación directa del crimen.

La preparación de la audiencia sacó a relucir un escollo que el ministerio público no podía eludir: ¿cómo vehicular las preguntas y respuestas entre Sauron y el tribunal? Se requirió la presencia de Toussaint Sicard, discípulo del célebre abate Sicard, acompañado de seis jóvenes sordomudos a quienes instruía. Habiendo arribado varias jornadas antes del juicio, intentó entablar comunicación con el acusado. Mas antes del sorteo de los jurados, advirtió a la sala de que no lograba transmitir sus ideas a Sauron ni desentrañar las de este. Solicitó en consecuencia el aplazamiento de la causa para disponer del tiempo indispensable para prepararla y declaró que, en tales circunstancias, no podía prestar juramento como intérprete.

Residía en Saint-Flour otro hombre, igualmente sordomudo, instruido y ducho en la lectura y la escritura. Aceptó sustituir a Sicard y prestó juramento de rigor. La defensa alzó la voz. El letrado de Sauron afirmó no albergar confianza alguna en el intérprete designado y solicitó, al igual que Sicard, la suspensión de la causa, sosteniendo que resultaba imposible articular la defensa de su patrocinado en semejantes condiciones. El tribunal resolvió continuar los debates. Fue, por ende, con un intérprete cuya idoneidad se hallaba en tela de juicio y sin la moratoria exigida por la defensa como prosiguió el proceso.

Al serle presentadas las piezas de convicción, Sauron no exteriorizó alteración alguna, según refiere Champagnac. Los testigos confirmaron los dichos ya consignados en el sumario. Se le tomó declaración tras la lectura del acta levantada en el lugar del suceso; el cronista describe una pantomima compleja, mas no nos permite dilucidar, interrogante por interrogante, qué fue cabalmente comprendido por una y otra parte. Los límites intrínsecos de la interpretación arrojan luz sobre el desamparo del acusado en el plenario; no constituyen, por sí mismos, una prueba de culpabilidad.

El fiscal hizo hincapié en la premeditación, invocando los actos de violencia precedentes, las amenazas, el arma oculta, el rastro de pólvora y las esquirlas de bronce. El defensor, el letrado Dessauret, rebatió dicha conclusión encendiendo vivas reacciones entre el público congregado. El jurado declaró a Sauron culpable del delito, mas exento de premeditación. Fue condenado a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. Esta es la condena estricta que la crónica consigna; en ningún momento asevera que Sauron fuese ejecutado.

En el instante de pronunciarse el fallo, Sauron no alcanzó a comprenderlo, siempre a tenor de la crónica. Más tarde, entre los muros de la prisión, Toussaint Sicard le ayudó a desentrañar el alcance de su sentencia. Solo entonces estalló la desesperación del reo, quien dio a entender que habría preferido el cadalso. El libro no deja constancia del destino que le aguardaba tras las rejas. Su porvenir quedó sepultado tras el veredicto, de igual modo que sus descargos se habían desvanecido tras los velos de una comunicación precaria.

Étienne Petit pereció de un tiro en el cercado adonde su hija acudía a buscarlo. Sauron fue condenado, no a la guillotina, sino a toda una existencia de trabajos forzados. Entre uno y otro hecho, los autos reúnen un arma escondida, fragmentos metálicos, una enemistad manifiesta y testigos que no presenciaron la detonación. Reúnen asimismo una vista pública que el primer intérprete consideró inviable y una defensa que demandó en vano la suspensión del juicio. Champagnac estima los indicios como concluyentes y la culpabilidad como un hecho probado; la crónica moderna, sin embargo, no debe trocar en prueba la manifiesta incapacidad de Sauron para intervenir en pie de igualdad en los debates del tribunal.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo VIII7 leído en su totalidad (1609 palabras, SHA-256 conforme al registro). Relato judicial de 1833 marcadamente acusatorio, sin consulta de autos judiciales contemporáneos en esta instancia. Étienne Petit es hallado muerto el 23 de junio de 1827; la autopsia determina el fallecimiento por disparo de arma de fuego. Vecinos y allegados dan cuenta de enemistades y amenazas previas; ningún testigo presenció el disparo. Los indicios materiales (escopeta, pólvora, fragmentos de cascabel) son presentados por Champagnac como pruebas abrumadoras. La causa anterior por agresión concluyó con la absolución por falta de pruebas. Toussaint Sicard, el primer intérprete requerido, manifestó su incapacidad para comunicarse fluidamente con Sauron y demandó la suspensión; otro intérprete sordomudo que sabía leer y escribir prestó juramento, mas la defensa impugnó su pericia y el tribunal denegó el aplazamiento. Conviene evitar presentar el interrogatorio como una traducción transparente, así como inferir culpabilidad a partir de las trabas comunicativas o de la condición de sordomudo del reo. El jurado declaró a Sauron culpable sin premeditación, dictándose condena a trabajos forzados a perpetuidad. No consta ejecución capital alguna y se ignora el paradero ulterior de Sauron.

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