Cuando la última escala fue alzada contra las antiguas oficinas de Decazeville, Watrin ya yacía herido en su interior, junto a dos ingenieros que habían intentado protegerlo. En el piso superior, una pequeña estancia había servido de refugio; en el exterior, la multitud sitiaba el edificio. La Gazette des Tribunaux refiere, en una crónica que reproduce primeramente el acta de acusación, que los asaltantes franquearon entonces las ventanas y que Watrin fue sujetado y luego arrojado al vacío. Acto seguido, la multitud se abalanzó sobre su cuerpo. Conducido al hospicio, expiró a medianoche. El periódico consigna los lugares y describe los actos imputados; en junio, lo que correspondía dilucidar ante los jurados era, con exactitud, la participación de cada cual.
Todo había comenzado en la mañana del 26 de enero de 1886, en las concesiones mineras del Aveyron. Ciertos obreros de Palayret se negaron a reanudar el trabajo tras disputar el importe de sus jornales. El movimiento se extendió a Combes, Lavaysse, Bourran; hacia el mediodía, según el acta citada por la Gazette, la huelga era general. La disputa no se reducía a una simple cifra. Las reivindicaciones elevadas luego a la alcaldía reclamaban cinco francos por la jornada de los picadores y entibadores, tres francos con setenta y cinco para los peones de terraplén y vagoneros, una reducción del horario, la readmisión de los obreros despedidos tras la huelga de 1878, la renuncia a toda represalia contra los delegados y el pago por quincenas. Exigían asimismo la dimisión inmediata de Watrin, subdirector de la compañía.
La Gazette retrata a Watrin como la figura que, con el paso de los años, se había convertido en el rostro visible de las disposiciones de una sociedad lejana. Su dirección había respaldado una cooperativa de consumo que el comercio local percibía como una afrenta y competencia. En los meses precedentes, el nombre del subdirector había aparecido inscrito en un muro junto a una amenaza. Estos elementos pertenecen a la relación judicial publicada por el diario; arrojan luz sobre el clima de la huelga, sin probar por ello que existiera de antemano una voluntad común de asesinar a Watrin.
Hacia la una de la tarde, un grupo de obreros encabezado por Louis Bedel se encaminó al despacho del subdirector. El acta de acusación le atribuye palabras encaminadas a instigar a los demás a penetrar en el recinto; la defensa de Bedel rebatirá más tarde que semejante conducta baste para fundar su participación en el asesinato. Watrin acudió a la casa consistorial, donde el alcalde Cayrade mandó designar delegados. Declaró avenirse al pago por quincenas, mas manifestó no poder resolver por sí solo el resto de las peticiones. En cuanto a su dimisión, replicó que únicamente la compañía tenía potestad para exigírsela. Las deliberaciones quedaron aplazadas para el día siguiente.
Por la tarde, una inspección de las minas debía permitir examinar el estado de los tajos. Watrin solicitó acompañar al ingeniero Laur. El alcalde, según el relato acusatorio, rogó a Laur que no se apartara de su lado. De camino a Bourran, la multitud siguió a la comitiva, lanzó piedras y gritó que era preciso llevar al subdirector «a la balsa». A la entrada de la meseta de Les Bois, una barrera cedió bajo el empuje; otra cuadrilla rodeó el cercado. Watrin, Laur y los ingenieros Chabaud y Verzat se replegaron en las antiguas oficinas de la compañía, donde se atrincheraron en el piso superior.
El periódico da cuenta de un primer asalto: se apoyó una escala contra una ventana, se rompieron los cristales y se forzaron las puertas. En la estancia donde Watrin había buscado amparo, Henri Lescure le propinó, según el acta, un golpe en la cabeza con una barra de desencofrar. La herida le abrió la frente; Chabaud fue igualmente golpeado. Auguste Blanc habría arrojado el panel de una puerta contra los ingenieros. Estos nombres y estos ademanes no constituyen todavía conclusiones de la corte: son los cargos impresos antes de que comiencen los debates. El propio informe preliminar recuerda que la confusión reinante, las vestimentas idénticas de los mineros y el temor de los testigos volvían en extremo difícil la identificación precisa de cada cual.
El alcalde procuró obtener de Watrin una renuncia que pudiera apaciguar a la multitud. Este acabó por consentir. La noticia se pregonó desde una ventana, mas los clamores arreciaron: no era su dimisión lo que se demandaba, sino su propia persona. La segunda irrupción barrió los últimos reductos. El informe de la fiscalía atribuye a tres hombres —Souquières, Granier y Chapsal— el acto de arrojar a Watrin por la ventana; presta crédito a Caussanel en la descripción de aquel cometido. La Gazette consigna asimismo que varias mujeres se ensañaron con el herido y que hubo quienes pisotearon su cuerpo. Son aseveraciones del acta y de las crónicas judiciales, no hechos que el veredicto imputará a la totalidad de los procesados.
Hubieron de transcurrir varios meses antes de que el Tribunal de lo Criminal del Aveyron oyese a los diez inculpados. La primera crónica, publicada tras la audiencia del 15 de junio, desgrana el acta de acusación y los interrogatorios. Lescure reconoce haber golpeado a Watrin en una ocasión, mas niega otros golpes. Caussanel, presentado como testigo de cargo contra varios procesados, se retracta de ciertas declaraciones vertidas en la instrucción preliminar y no mantiene todas sus afirmaciones iniciales. Granier y Chapsal esgrimen sendas coartadas; otros niegan toda participación. La confusión de aquella tarde funesta se traslada así a la sala: a los jurados incumbe discernir entre mera presencia, auxilio, violencia, identificación e intencionalidad.
Seis días más tarde, la Gazette reanuda el seguimiento de las sesiones de los días 18, 19 y 20 de junio. El 18, el letrado Aubin interviene en nombre de la acusación particular y consagra su esfuerzo a ensalzar la memoria de Watrin. Evoca su modesta cuna, su formación, sus años de servicio en la industria y su llegada a Decazeville en 1880. En abono de esta semblanza, da lectura a una carta en la que Watrin consentía la reducción de una gratificación. Es el abogado quien interpreta dicha misiva como prueba de un varón disciplinado y benévolo; no se trata de un retrato imparcial trazado por la pluma del periódico.
El letrado Léon Renault, también por la parte civil, sitúa acto seguido el proceso en el marco de la crisis obrera y censura los discursos que justificaban el crimen amparándose en la lucha social. Su informe defiende asimismo a la compañía frente a los reproches formulados contra ella. La Gazette reproduce como contrapunto las palabras del letrado Laguerre: a su juicio, las quejas de los mineros y el historial de conflictos en Decazeville no quedaban legitimados por la violencia, pero explicaban de qué modo Watrin había venido a ser el blanco de todas las iras. Subraya que el hombre situado en el centro de aquel encono no encarnaba a la compañía entera. Tal pugna de discursos recuerda que el tribunal juzgaba responsabilidades penales, al tiempo que los alegatos se disputaban la memoria misma de la huelga.
El 19 de junio, el fiscal general Baradat desarrolla su tesis. Sostiene que las amenazas previas y los sucesos de la jornada revelan una premeditación manifiesta, procediendo luego a repartir las culpas: señala a Lescure, Souquières, Granier y Chapsal como autores materiales, y a los demás como cómplices. Invoca las testificaciones, las armas, las escalas, las presencias y las conductas referidas. Sus términos permanecen en el ámbito estricto de la acusación. Al día siguiente, el letrado Laguerre replica en defensa de Bedel. Este, alega, condujo a Watrin a la alcaldía, pero no tomó parte en el lance fatal; recuerda asimismo que Bedel había sido repelido de una escala y que varios testigos lo situaban a distancia en el instante en que Watrin fue defenestrado. La defensa rebate las pruebas y solicita la libre absolución.
Otros letrados presentan sus conclusiones en favor de Chapsal, Granier, Puech, Phalip y Souquières. Tras ello, el jurado emite sus respuestas. Conforme a la relación del veredicto, sus contestaciones son negativas a todas las cuestiones atinentes a Souquières, Chapsal, Granier, Puech, la mujer Pendariès y Eulalie Phalip. Respecto a los restantes inculpados —Lescure, Bedel, Blanc y Caussanel—, declara probado el homicidio, descarta la premeditación y aprecia circunstancias atenuantes. El tribunal absuelve a los seis primeros. Condena a Bedel a ocho años de trabajos forzados, a Lescure a siete años de reclusión, a Blanc a seis años de reclusión y a Caussanel a cinco años de reclusión. La crónica añade que, a instancia de la parte civil, la corte condena a «todos los acusados» a un franco de indemnización de perjuicios y al pago de las costas procesales; la Gazette no aclara de qué suerte se concilia esta fórmula colectiva con las absoluciones y las penas impuestas.
La Gazette no consigna aquí la suerte posterior de estos hombres, ni la de las familias obreras cuyas demandas habían colmado las calles. Deja entrever, no obstante, tras el veredicto, la fractura que el proceso no logró restañar: una multitud había convertido a un subdirector en la efigie de un orden fabril contestado; al tribunal correspondía aislar, de entre los desmanes de una jornada caótica, aquellos que acarreaban culpa criminal. La acusación había señalado a cuatro autores principales. El jurado absolvió a tres de ellos, condenó a cuatro hombres por homicidio sin premeditación y pronunció seis absoluciones. Entre el tumulto de la meseta y estas respuestas de escasas líneas, la distancia que media sigue siendo la del rigor de la prueba.
Nota documental
El presente relato se fundamenta en dos crónicas de la Gazette des Tribunaux conservadas en formato digital por la ENAP: el número del 16 de junio de 1886, que da cuenta de la sesión del 15 de junio, y el correspondiente al 21–22 de junio de 1886, que abarca los debates del 18 al 20 de junio hasta el veredicto. No comprende las sesiones intermedias ni la totalidad de las testificaciones. Las palabras atribuidas a los declarantes cuando se recogen en el acta de acusación, el informe fiscal o las defensas se mantienen bajo esa estricta adscripción. Las columnas decisivas han sido cotejadas con las reproducciones originales; el texto en bruto procedente de reconocimiento óptico se conserva por separado y una frase omitida del veredicto ha sido transcrita directamente del facsímil, con la debida anotación en el expediente. Paginación impresa observada: p. 568 para el fascículo del 16 de junio; p. 590 y luego 589 en el orden físico del documento digital del 21–22 de junio, donde el texto de la vista sigue una foliación impresa no correlativa. El expediente no certifica consulta alguna de las minutas judiciales originales.
