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Justicia y escándalos · Francia

Las armas que no podían disparar

En Albi, en 1889, el criado Justin Durand denuncia el asesinato del doctor Cassan e inculpa a su nuera antes de alterar en repetidas ocasiones su testimonio. El jurado lo absuelve del envenenamiento del ama de llaves, pero lo declara culpable de asesinato y de robo con violencia.

Cuando Justin Durand se presentó en la comisaría, cerca de la medianoche y media, vestía tan solo una camisa y un pantalón. Iba descalzo, con el rostro desencajado y un corte sangrante en el pulgar. Su señor, el doctor Cassan, acababa de ser asesinado, según dijo; el homicida había intentado forzar después la puerta de su cuarto y lo había herido antes de huir. La casa del médico, los fusiles cargados y las cerraduras intactas no tardarían en enredar semejante testimonio. Ocho días antes, el repentino fallecimiento del ama de llaves ya había situado al mismo criado junto al lecho de otra víctima.

El doctor Cassan contaba setenta y cinco años. Residía en Albi, donde durante largo tiempo había dirigido el hospital y el manicomio. La crónica lo describe como un facultativo abnegado, pero mal retribuido: cobraba poco por sus consultas y sus tierras apenas daban fruto. Habitaba una casa solariega en la ciudad y poseía asimismo una pequeña finca vinícola, La Grave, devastada por la filoxera. Una herencia disputada, tasada en unos veinte mil francos, lo mantenía en litigios desde hacía años.

Su único hijo, Gustave, había muerto de enfermedad en diciembre de 1887. Dejaba una joven viuda, Émilie, cuatro hijos y numerosas deudas. Ella y las criaturas permanecieron al amparo del abuelo. La morada reunía así a un anciano que vigilaba cada céntimo, a una nuera desprovista de fortuna y a una servidumbre cuya paz pendía de aquella forzosa cohabitación. Philippine Siccard, un ama de llaves ya entrada en años, gobernaba la casa con inflexible rigor doméstico; Justin Durand, de veinticinco años, cuidaba de las caballerías y de las faenas de mozo. El texto afirma que este último reñía a menudo con Siccard, si bien lo califica de fiel servidor de su amo hasta entonces.

A principios de abril de 1889, la discordia estalló entre el doctor y su nuera. El anciano le afeaba sus salidas y le atribuía un devaneo amoroso con un oficial; tales reproches proceden del relato retrospectivo, no de sentencia judicial alguna. Émilie declararía más tarde que la desavenencia radicaba en la manutención de sus vástagos y en las deudas contraídas por su difunto esposo. El 13 de abril abandonó Albi con sus cuatro hijos para instalarse con su madre en Toulouse. El doctor consintió en abonarle una pensión anual de 1500 francos, mas exigió conservar bajo su techo a los dos mayores. Amenazó, además, con convertir su patrimonio en renta vitalicia para no dejarle nada del capital.

La desconfianza del médico pronto se adueñó de las paredes mismas de la casa. Temía que lo emponzoñaran o lo asaltaran. Hizo reforzar la puerta de su estancia, mudó las cerraduras y dispuso junto a su lecho tres fusiles cargados. Repetía a las religiosas del hospital que recelaba morir a manos de su nuera. Estas manifestaciones, recogidas en la crónica, habrían de pesar en las pesquisas; no demostraban, empero, que las amenazas fueran fundadas.

El 30 de abril, Philippine Siccard marchó con Durand a La Grave. La cena, a base de sopa de ajo, huevos y ensalada de patatas, le provocó de inmediato violentos cólicos y vómitos. Durand pasó la noche asistiéndola y preparándole infusiones. Al alba, la mujer yacía muerta. El doctor Cassan, aterrado, hubo de exclamar: «Ahora me toca a mí». Aseguraba tener los tres fusiles listos para abatir a quien osara atacarle. La autopsia de Siccard no se practicó sino tras el degüello del anciano. Los peritos hallaron en sus vísceras una copiosa cantidad de arsénico y dictaminaron la muerte por envenenamiento. La fuente apunta que el doctor guardaba en La Grave preparados arsenicales para el viñedo y que el arca donde se custodiaban había sido violentada. La fiscalía imputó más tarde este crimen a Durand, pero el jurado lo exoneró de él.

En la noche del 8 al 9 de mayo, Durand corrió a la comisaría pregonando que un desconocido había penetrado en la morada. El ladrido del perro lo había desvelado; el intruso habría aporreado su puerta tras degollar al anciano. Durand alegó haberse apuntalado contra la hoja y haber recibido una cuchillada en la mano. Declaró que la oscuridad de la calle le impidió distinguir el rostro del fugitivo, salvo por una barba corta y áspera. Acto seguido, guio a los agentes y a los vecinos hasta la escena.

El doctor yacía exánime en el suelo de su dormitorio, junto al lecho. Tenía el cráneo destrozado, la garganta abierta de parte a parte y el pulgar derecho casi cercenado. Ni la cerradura ni el cerrojo del cuarto parecían haber sido forzados. Los fusiles continuaban en su rincón; no obstante, los pistones habían sido sustituidos por cápsulas percutidas, de suerte que no podían disparar. En el gabinete, varios cajones habían sido revueltos, había legajos esparcidos y una huella de mano ensangrentada manchaba los enseres. Sobre el escritorio había quedado una ganzúa. Sin embargo, el reloj de oro, su leontina y las alhajas de la familia no habían desaparecido; cuatro billetes de cien francos permanecían aún en un cajón.

El dinero surgió como posible móvil y enseguida como enigma. Pocos días antes de expirar, Cassan había cobrado cerca de 21 000 francos correspondientes a una herencia. Había manifestado al notario Frenouls su intención de destinar 12 000 francos a saldar las últimas deudas de su hijo y de imponer 8 000 en títulos ante el recaudador. Se ignoraba, con todo, cuánto efectivo restaba en la casa la noche del suceso. La presencia de billetes y joyas contradecía la hipótesis de un simple latrocinio; la acusación argumentaría que el ejecutor bien pudo buscar el botín sin dar con él.

Las sospechas recayeron al principio sobre Émilie Cassan. El clamor popular la señalaba como culpable, y fue arrestada en Toulouse dos días después del homicidio. Mas los indicios materiales no acreditaban su presencia en el inmueble. La huella de sangre en el umbral correspondía a la planta de un pie descalzo de varón. Oculta bajo la paja del establo se halló un hacha manchada de sangre humana y, en las dependencias, una daga antigua del propio doctor. Las armas de fuego inutilizadas delataban una celada que solo podía atribuirse a un conocedor de la casa.

La lesión de Durand atrajo a su vez la mirada de los pesquisas. El doctor presentaba heridas defensivas en la mano; el criado pretendía haber forcejeado con el criminal. La policía consideró si la cortadura de Durand no sería más bien producto del forcejeo con el arma homicida. La exhumación de Siccard abrió un segundo expediente en la misma causa: el arsénico hallado en su cuerpo certificaba un envenenamiento, a juicio de los peritos. El arca forzada, la circunstancia de hallarse Durand a solas con la enferma y la omisión de llamar a un facultativo apuntalaron los cargos. Este cúmulo de indicios, sin embargo, no prejuzgaba aún el veredicto sobre aquel primer óbito.

Durand terminó confesando que había inventado al individuo de la barba áspera. Acusó entonces a Émilie de haber sido su amante y de haberle exigido la muerte de su suegro. Sostuvo que ella lo había acompañado en la casa vestida con ropas de hombre y que había apuñalado a Cassan con la daga. Pero Émilie se hallaba en Toulouse. Las actuaciones judiciales desglosan minuciosamente sus pasos del 8 al 10 de mayo: visita a un sacerdote, paso por el monte de piedad, conferencia con el letrado Mercadier y con otro abogado, cena en su domicilio y acordes de piano escuchados por un vecino. Su criada testificó haberla ayudado a desvestirse y haberle servido el chocolate la mañana siguiente. El sumario desbarataba así por completo la quimérica presencia nocturna en Albi.

Durand no se atuvo a esta versión. Afirmó acto seguido que Émilie había urdido la trama desde Toulouse, fijando la fecha para procurarse una coartada. Más adelante, señaló al antiguo notario Mercadier como su cómplice, para luego desandar lo andado y regresar a la figura de un desconocido a quien él habría franqueado el paso. En la vista oral proclamó su inocencia y aseveró que Émilie pretendía hacer matar a su suegro sin que él hubiera consentido en obedecerla. Sus mudanzas testimoniales se desmoronaban en contradicciones; prueba alguna corroboró el idilio que le imputaba. Élodie Rieunier, antigua sirvienta de la viuda, declaró no haber advertido jamás intimidad entre Durand y su señora. Admitió, por el contrario, que el criado había sido su propio amante.

El juicio dio comienzo en Albi el 11 de noviembre de 1889. Ciento cincuenta testigos fueron citados a estrados. La viuda se personó como acusación particular en defensa de su honor y del porvenir de sus hijos. El presidente interrogó a Durand sobre sus confesiones, las dos muertes y las imputaciones vertidas contra Émilie. Esta declaró a su vez: admitió las disputas con su suegro, pero rechazó haber conspirado en su contra o mantenido comercio carnal con el sirviente. Concedió haber pasado una velada con un oficial, negándose a pormenorizar dicha relación; tal desvío moral no la convertía en cómplice de un asesinato.

Los doctores Bouffac y Guy expusieron sus dictámenes forenses sobre las heridas de Cassan. El segundo reprodujo en su propio brazo una impronta idéntica a la que lucía Durand, a fin de demostrar que pudo causarla la uña de la víctima durante un forcejeo. El tribunal se constituyó seguidamente en la morada para la inspección ocular. Custodiado por la gendarmería, Durand señaló la senda que supuestamente había seguido el intruso. La diligencia desató la cólera en las calles de Albi; la multitud increpó a Émilie y los guardias hubieron de escudarla. Los deponentes discreparon sobre el trato entre ella y el anciano, mas ninguno avaló los encuentros clandestinos aducidos por Durand.

El ministerio fiscal solicitó la pena capital, haciendo hincapié en las mudanzas del reo y en las pruebas de convicción materiales. El letrado de la viuda fustigó las calumnias que mancillaban a su representada. La defensa, sin inculpar directamente a Émilie, arguyó que ni el despojo ni el móvil habían quedado plenamente acreditados, que el número de ejecutores continuaba en la penumbra y que el beneficio de la duda debía amparar al encausado. Tras una hora de deliberación, los miembros del jurado absolvieron a Durand de la muerte de Philippine Siccard. Lo declararon culpable del asesinato del doctor Cassan y de robo cualificado, sin la concesión de circunstancias atenuantes. El presidente dictó la pena de muerte.

El relato decimonónico añade que Durand clamó de nuevo por su inocencia y zanja que el fallo fue justo. Semejante juicio de valor pertenece al cronista del Pitaval, al igual que los retratos tendenciosos que traza de los litigantes. La resolución judicial, por su parte, distinguió de manera tajante ambos desenlaces: el jurado no imputó a Durand el envenenamiento de Siccard; el degüello de Cassan y el robo con violencia, en cambio, sí le fueron atribuidos. En cuanto a Émilie, detenida por el rumor de la vindicta pública y exculpada tras comprobarse su coartada, quedó libre de condena. En el núcleo del proceso pervivieron unas armas cargadas pero inservibles, un caudal desaparecido cuya cifra exacta jamás se esclareció y un mozo de cuadra que mudó de fábula hasta el cadalso. La justicia zanjó la autoría de Durand en el crimen; no elevó a verdad probada las calumnias arrojadas contra la viuda.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

Los pistones mudos

Novela corta explícitamente ficticia. Una noche, un anciano médico descubre que sus fusiles no pueden disparar; a la mañana siguiente, un criado afirma que un desconocido ha cruzado el umbral. Una aprendiz de boticario, llamada para examinar a un ama de llaves agonizante, advierte que el botiquín de los remedios ha sido forzado y que un testigo ya ha cambiado tres veces de versión. Deberá elegir entre entregar sus anotaciones al comisario o proteger a su hermana, que sirve en la casa. La trama, los personajes y el crimen son enteramente inventados; la obra no recrea a la familia Cassan ni el proceso judicial de Albi.

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novela

La casa de los herederos

Novela de ficción histórica. En Albi, una viuda regresa a reclamar a sus hijos a la casona de su suegro, un médico austero que lleva las cuentas al céntimo. Cuando el anciano aparece asesinado, el rumor popular la señala antes de que los peritos hayan examinado las cerraduras, las armas y las sumas evaporadas. Un joven pasante de leyes sigue los interrogatorios del ama de llaves, del notario y del mozo de cuadra; cada capítulo enfrenta un testimonio a una prueba material. La narración forjará sus propios personajes y sentencia, explorando la extrema fragilidad de una coartada frente al linchamiento público.

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trilogía

Las dos causas

Trilogía explícitamente ficticia en torno a un mismo tribunal de provincias. El primer volumen recrea la muerte por tósigo de un ama de llaves; el segundo aborda el asesinato del facultativo que la empleaba; el último sigue el juicio contra un criado acusado de ambos delitos mientras el jurado escinde los veredictos. Una oficiala de sala en el ocaso de su carrera relee las actas y descubre que las certezas de la comarca cambiaron con mayor celeridad que las pruebas. Los escenarios y personajes serán inventados, sin atribuir a la familia Cassan actos o testimonios ficticios.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Este capítulo constituye una compilación retrospectiva decimonónica y no un sumario judicial íntegro. Ofrece en ocasiones precisiones contradictorias, singularmente en lo tocante a las sumas pecuniarias y al cómputo de fechas; estas divergencias se consignan como versiones atribuidas. La fuente asevera por error en su exordio que Albi pertenece al departamento de Alto Garona: Albi es capital del Tarn. El presente relato omite dicha errata geográfica. El desenlace dispar de las dos acusaciones se expone conforme al fallo literal transcrito.

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