En febrero de 1818, los feligreses habituales de la iglesia de Greenwich notaron dos ausencias: George Bird y su ama de llaves, Mary Simmons, quienes acostumbraban a ocupar su banco mucho antes de iniciarse el oficio divino. Concluida la misa sin que su casa diera señales de abrirse, el pertiguero dio un rodeo por la parte trasera y entró. El silencio de dos parroquianos acababa de sacar a la luz un crimen que nadie acertaba aún a nombrar.
Bird contaba ochenta y tres años. Antiguo cerero, había amasado una fortuna a fuerza de trabajo y se había retirado a Greenwich tras la muerte de su esposa. Mary Simmons, de cuarenta y cuatro años, gobernaba la casa.
El pertiguero llamó a la puerta sin obtener respuesta alguna y forzó entonces una entrada posterior. La crónica sitúa a Mary en el pasillo y a Bird en la sala de estar, ambos golpeados en la cabeza con un instrumento contundente. Los bolsillos habían sido registrados para extraer las llaves; en el piso superior, los cajones y los arcones mostraban manchas de sangre. Faltaban piezas de platería y cucharas, mientras que tres libras esterlinas ocultas en un compartimento secreto habían escapado al ladrón. Refiere el texto que Bird continuaba vestido y que, junto a él, yacían un libro abierto y sus anteojos firmemente sujetos en la mano.
Las puertas también hablaban, si bien de manera incompleta. La puerta principal, asegurada invariablemente con una cadena, permanecía en esa posición; el cronista presume que el homicida penetró por la parte trasera. Los dos moradores solían acostarse hacia las diez de la noche, pero su indumentaria indujo a creer que los golpes se habían asestado antes. Este razonamiento se ofrece a título de mera deducción, no como la hora formalmente establecida por testigo alguno.
La noticia conmovió a Greenwich. Un procurador de la localidad despachó emisarios a Bow Street; varios oficiales acudieron desde Londres y se celebró la preceptiva encuesta judicial forense. La crónica asevera que no se recabó indicio de utilidad en aquel momento. Los dos difuntos recibieron sepultura en el camposanto parroquial la semana siguiente, ante una muchedumbre considerable. Durante tres semanas, diversas personas sufrieron arresto por sospecha, para ser luego liberadas por carecerse de elementos determinantes. El crimen amenazaba con estancarse en aquella sucesión de puertas cerradas y bienes desvanecidos, cuando la hermana de Charles Hussey desconfió del contenido de una caja que este había dejado en su morada.
Hussey se había presentado en casa del matrimonio Godwin, en Peckham, cerca de una semana después de los asesinatos. Alegaba tener que reunirse con un hermano en Basingstoke. Sacó algo de una caja guardada bajo una cama; su hermana creyó que se trataba de dinero. Había anunciado una ausencia de una semana, mas no regresó hasta transcurridos casi quince días desde su primera visita. Su turbación, a juzgar por el testimonio de la mujer, despertó sospechas. Esta expuso sus dudas a su marido y luego abrió la caja valiéndose de una de sus propias llaves. En el interior reposaban dos relojes de bolsillo. La pareja sospechó que podían haber pertenecido a Bird y acudió a prevenir a las autoridades de Greenwich.
La alarma dada por los Godwin no constituyó el único hilo de la pesquisa. Otra caja había sido depositada en casa de una señora Goddard, en Deptford. Esta pariente de Hussey se extrañó ante las preguntas formuladas sobre él; abrió el arcón y halló objetos que le parecieron provenir de la residencia de Bird. Los agentes descubrieron un colador de vino y una cuchara sopera de plata, ropa de cama, camisas, una chaqueta clara manchada de sangre cerca del bolsillo derecho, polainas que ostentaban asimismo salpicaduras, un retal de lienzo ensangrentado y un sombrero. Se encontraron además otras piezas de platería atribuidas a Bird. El cajón no estaba cerrado con llave; Hussey jamás regresó a reclamarlo.
En Peckham, la policía intervino los dos relojes y varios billetes de banco marcados con las iniciales de Bird. Halló asimismo el certificado de licenciamiento de Hussey de la Compañía de las Indias Orientales, documento que consignaba su filiación y señas físicas.
Se le buscó en múltiples direcciones; se ofrecieron recompensas. Fue un tabernero de Deddington, en Oxfordshire, quien lo reconoció a partir de la descripción publicada. Con el auxilio de un vecino, le dio el alto y le intimó a que lo siguiera. Hussey acabó confesando su nombre. Llevaba encima un reloj y un cuaderno de bolsillo que guardaba un anillo, efectos que también fueron identificados como parte del botín sustraído a Bird. Negó saber nada de los homicidios o del robo, aunque reconoció que las piezas le pertenecían.
Ante el magistrado instructor, ofreció una procedencia bien distinta. Afirmó haber divisado, la tarde del domingo posterior al crimen, a un individuo que saltaba un muro en un jardín de Greenwich y depositaba un bulto al pie de un árbol. Por mera curiosidad, Hussey se habría acercado a examinarlo, viendo en él dos relojes y un cucharón de plata, tras lo cual se alejó sin tocar nada. Sostuvo que el sábado siguiente, al transitar por el mismo paraje, halló de nuevo el paquete y se apoderó de él. La relación que facilitó incluía relojes, plata labrada, ropa blanca, sortijas, monedas antiguas y billetes. Declaró haber emprendido la fuga avergonzado de presentarse con semejantes bienes.
La vista judicial se celebró en el tribunal de Maidstone el 31 de julio de 1818. La acusación vinculó los objetos a la vivienda asaltada, las manchas de las prendas a la noche del crimen y el itinerario de Hussey a los parajes comprometidos. El martillo señalado como arma homicida había sido sustraído a un tonelero días antes, para luego ser hallado en un estanque. Hussey trataba a dicho artesano y frecuentaba a menudo su casa; su propio baúl había permanecido allí antes de trasladarse a casa de la señora Goddard. Varios testigos declararon asimismo que era miembro de la hermandad de los Odd Fellows y que la noche de los hechos no se sumó a la reunión hasta cerca de las diez. El regente del local consideró, no obstante, que la conducta ordinaria del acusado le habría impedido sospechar de él.
Semejante atestación no bastaba para desvirtuar el conjunto; ponía de relieve, eso sí, que la reputación de un hombre podía aún desconcertar a quienes lo habían frecuentado. Hussey, antiguo marinero de la Compañía de las Indias Orientales, había servido luego como doméstico en Greenwich, a escasa distancia de la casa de Bird, antes de perder su empleo. El jurado pronunció veredicto de culpabilidad.
Hussey fue ejecutado el 3 de agosto de 1818 en Pennenden Heath, cerca de Maidstone. La crónica no refiere confesión alguna de su parte. Señala únicamente que, al preguntarle un clérigo si sabía quién había cometido el crimen, Hussey respondió con presteza: «Lo sé, bien lo sé». Palabras que no señalaban a nadie en concreto ni constituían un reconocimiento expreso de culpabilidad. El relato se demora a renglón seguido en su porte exterior, describiéndolo alto, pálido, de manos y pies notablemente anchos, con un semblante dulce y benigno, como si el examen del cuerpo pudiera aún arrojar luz sobre el enigma de la acción.
En Greenwich, la alerta había nacido de dos huecos vacíos en un banco de iglesia. Tres semanas más tarde, bastó con que una hermana abriera el arcón de su hermano para que la causa diera un vuelco definitivo. Halló allí dos relojes; los agentes descubrirían luego los billetes marcados con las iniciales de Bird. Entre la casa precintada de las víctimas y el arcón forzado en casa de los Godwin, el crimen había cruzado dos umbrales. En el primero, nadie quedaba ya para responder. En el segundo, una mujer decidió hablar.
