Giroux había contado las cartas antes de apartarse de la mesa de clasificación. Dio unos pasos hacia la ventanilla para despachar cierta correspondencia urgente; cuando regresó, faltaban dos sobres. Alexandre Marie se hallaba aún junto a él y junto a Castou. Al día siguiente, Giroux lo abordó cerca de la sede central de Correos, en la calle Jean-Jacques-Rousseau. Le reclamó las cartas y lo tildó de ladrón. El hombre balbuceó unas disculpas, apresuró el paso y no volvió a dejarse ver. En la crónica judicial del 31 de agosto de 1874, este escueto cómputo pone término a una acusación que abarcaba varios años e incumbía a giros procedentes de toda Francia.
La administración de Correos había advertido las sustracciones en 1873. Diversos giros confiados a la red postal jamás llegaron a los soldados a quienes iban destinados. Ciertas cartas habían sido hurtadas antes de su entrega; en los giros, los nombres de los remitentes y de los destinatarios habían sido raspados y reemplazados por identidades ficticias. Los sobres que se exhibían para cobrar los fondos exhibían señas acordes con las anotadas en los mandatos. El dinero seguía de este modo la pista del nombre fingido hasta la ventanilla, donde podía retirarlo quien lo había suplantado.
Los primeros indicios que el acta de acusación imputa a Marie se remontaban al final de la contienda. El 18 de febrero de 1871, cuatro giros se habrían hecho efectivos en París, en la oficina del bulevar de Estrasburgo, previa presentación del cartero de la ambulancia militar Colbert y bajo la firma «Mûrie». Un sargento llamado Marie figuraba por entonces entre los enfermeros de dicha ambulancia. Los giros habían sido remitidos a militares; la mayor parte de los beneficiarios se encontraba convaleciente en algún hospital. Semejante concentración encauzó las pesquisas hacia los establecimientos por donde desfilaba su correspondencia antes de serles entregada.
La justicia militar asumió en primer término las actuaciones. El 9 de diciembre de 1873, Marie compareció ante el segundo Consejo de Guerra de París, bajo la imputación de falsedad documental, y resultó absuelto. El alcance de aquel pronunciamiento quedaba circunscrito por la materia juzgada: el tribunal castrense solo tenía competencia sobre las falsificaciones perpetradas hasta el 21 de marzo de 1871, fecha en la que Marie se licenció del servicio. El proceso de 1874 nacía, por ende, al calor de otra serie de hechos acontecidos tras dicha data, a los que se sumaban giros aún más tardíos. No convertía la absolución militar en una condena con efectos retroactivos. Con todo, las sustracciones denunciadas no habían cesado ahí. Conforme a los cargos elevados con posterioridad ante el tribunal de lo criminal, algunas maniobras prosiguieron durante marzo, abril y mayo de 1871; otras reaparecieron tras un paréntesis de cerca de diez meses, en febrero, marzo y abril de 1872.
Para la primera época, el ministerio fiscal enumeraba sesenta y dos giros sustraídos entre el 21 de marzo y el 1 de mayo de 1871. Iban consignados a seis soldados del ejército de París o de Versalles: Caillon, Delaire, Julien, Merlan, Durand y Trouillard. El falsario habría hecho desaparecer sus identidades y las de los remitentes, para rubricar después con el nombre apócrifo interpuesto en lugar del legítimo destinatario. Tres giros se habrían cobrado en París, uno en Saint-Denis y el resto en Charenton. Marie alegaba haber permanecido en Ivry durante la insurrección de la Comuna. La acusación pública contraponía a esta versión sus visitas habituales a la ambulancia Colbert y a otros hospitales donde había prestado servicio; reseñaba asimismo una estancia de cuatro o cinco días en unos barracones de la avenida Rapp. El fiscal invocaba, por último, el desgobierno de las oficinas tras el 18 de marzo: las cartas, según sostenía, podían entregarse al primero que se presentara, sin que mediara firma alguna. La crónica consigna estos elementos sin dejar constancia de una comprobación independiente de la coartada.
El año siguiente deparaba un conjunto contabilizado con mayor rigor. Treinta y cinco giros, por un valor conjunto de 444 francos, se habían expedido en distintos puntos del territorio nacional con destino a París, dirigidos a enfermeros o a soldados del hospital de Saint-Martin. Los porteros de las direcciones ficticias declararon ignorar quiénes eran los titulares inscritos en los giros. El cotejo pericial determinó que se había empleado lejía como reactivo para borrar los trazos de los empleados de Correos; el oficio de pintor decorador que ejercía Marie fue esgrimido por la acusación como prueba de su familiaridad con el producto. El perito calígrafo atribuía igualmente a su puño y letra las menciones añadidas. Estos indicios trababan una cadena, mas correspondía al jurado dirimir si bastaban para fundar la certeza.
La reseña judicial describía asimismo el fácil acceso a la correspondencia. Durante el primer semestre de 1872, Giroux y Castou se desempeñaban como carteros militares, el uno en el hospital de Saint-Martin y el otro en el depósito de enfermería de la calle de los Récollets. Ambos acudían a diario a la administración general de Correos a retirar las cartas destinadas a los hombres a su cargo. Marie conocía a Giroux desde los tiempos de su propio servicio de armas; reanudó el trato con él hacia finales de enero y muy pronto empezó a acompañarlo, junto con Castou, a la oficina de la calle Jean-Jacques-Rousseau.
A estar por la crónica, Marie explicaba a Giroux y a Castou que cohabitaba con una puestera de Les Halles; permanecía a su lado, aseguraba, mientras esperaba a que ella concluyese la venta del día. El acta de acusación sitúa estas comparecencias al menos dos o tres veces por semana, a lo largo de febrero, marzo y abril. Le achacaba presenciar la clasificación, reparar en los nombres de los militares anotados en los sobres y aprovechar la distracción de los ordenanzas para hurtar cartas o periódicos. Para el ministerio público, esta asiduidad brindaba la ocasión propicia para el expolio; no designaba, por sí sola, al autor de cada misiva faltante. Giroux y Castou no recelaban de él; lo dejaban junto a los paquetes de correo mientras proseguían sus labores. Los soldados de Saint-Martin acabaron por reclamar los envíos que sus familias les habían remitido. Su falta despertó las sospechas de Giroux, quien comenzó a contar las piezas con mayor celo.
El día en que faltaron dos cartas, Castou aconsejó a Giroux que interpelase a Marie. A la jornada siguiente, en las inmediaciones del edificio de Correos, el careo fue breve. Giroux le exigió los dos sobres; Marie respondió con balbuceos y disculpas confusas antes de escabullirse. Añade la crónica que no volvió a comparecer y que los desfalcos tocaron a su fin desde ese instante. Esta secuencia de hechos deparaba a la acusación su indicio más palmario: un fardo contado, una falta constatada, una imputación directa y una huida. Con todo, el episodio no suplía el análisis de los libramientos anteriores ni desvirtuaba por sí solo las negativas del encausado.
En el banquillo, Marie sostuvo su inocencia. El artículo recordaba un antecedente penal por el juzgado correccional de Bayeux, en 1858, relativo a un robo castigado con quince meses de prisión; tal pretérito no bastaba para acreditar las falsificaciones juzgadas en 1874. El abogado general Onfroy de Bréville sostuvo la acusación pública, al tiempo que el letrado Paul Godin asumió la defensa. La reseña del proceso no pormenoriza el tenor de los alegatos ni las respuestas del jurado a cada una de las cuestiones planteadas. Se limita a consignar que el veredicto resultó afirmativo en todas ellas, con el reconocimiento de circunstancias atenuantes. El periódico no precisa cuáles fueron dichas atenuantes ni permite vincularlas a un extremo determinado del sumario.
La sala condenó a Alexandre Marie a cuatro años de prisión y a cien francos de multa. El caso se había iniciado con modestas sumas extraviadas entre la correspondencia de los soldados; se clausuró con la pena dictada contra un único reo. Entre uno y otro extremo, la instrucción había seguido el rastro de nombres borrados, destinatarios inventados y cartas que hombres postrados en un hospital aguardaron en vano. Giroux, por su parte, había tenido dos sobres ante los ojos antes de retirarse del mostrador. Al volver, la cuenta ya no cuadraba.
