El 10 de junio de 1840, en Constitution Hill, dos detonaciones interrumpieron el paseo de Victoria y del príncipe Alberto. La reina iba sentada en un carruaje descubierto; un joven disparó en dos ocasiones mientras el cortejo avanzaba. Detenido casi en el acto, no intentó huir. En el juicio, esa aparente sencillez se desmoronaría ante tres interrogantes: ¿hacia quién iban dirigidos los disparos?, ¿llevaban proyectiles las pistolas? y ¿qué podía comprender el tirador sobre su propio acto?
La crónica contemporánea sitúa el juicio de Edward Oxford en el Central Criminal Court los días 9 y 10 de julio. Su portada lo titula «Juicio de Edward Oxford» y puntualiza que se le procesa por haber disparado contra la reina en St James’s Park. El cronista describe una sala abarrotada, los alrededores del tribunal congestionados y un público compuesto por personalidades y numerosas damas. Señala asimismo que Oxford sonríe al mirar a los espectadores y lo presenta como alguien indiferente. Esta descripción pertenece a la mirada del periodista; no puede, por sí sola, dirimir si el acusado calibraba su situación ni qué sentía en realidad. En la sala, el fiscal general Sir John Campbell califica el cargo de alta traición: un atentado directo contra la vida de la soberana. El pliego de cargos consta de dos acusaciones, una por cada pistola; el ministerio público expone que el acto material debe acreditar la intención homicida contemplada en la ley sobre la traición. Oxford se declara no culpable. La defensa, encomendada a Sidney Taylor y al señor Bodkin, no niega que el joven disparase; rebate la trascendencia del acto y sostiene que no era penalmente responsable en razón de su estado mental. Por consiguiente, esta controversia no reduce el proceso a una abstracta disputa sobre la locura: el jurado debe examinar primero los elementos fácticos que se le imputan, antes de pronunciarse sobre la capacidad de su autor.
Los testigos del 10 de junio no describen todos la misma geometría. Samuel Peekes declara haber visto a Oxford caminar junto a las rejas, disparar una primera vez, cambiarse el arma de mano y disparar por segunda vez. Oye un silbido y sitúa al joven a escasos metros del coche. Joshua Lowe, que corre hacia él, confirma dos disparos y la confesión inmediata: «He sido yo». Pero William Clayton, llegado a la carrera tras el estruendo, apresa primero por error a Albert Lowe y lo acusa de haber disparado. En el tumulto, la identidad del tirador se rectifica con rapidez; las distancias, los ángulos y los movimientos permanecen menos claros. Los testimonios divergen asimismo sobre las palabras pronunciadas a continuación. Algunos testigos recuerdan que Oxford confirmó la presencia de balas; otros refieren una frase más equívoca, según la cual se habría comprendido lo que había en el cañón de haberse encontrado uno frente a él. El tribunal asiste así a la exposición de recuerdos fraguados tras una escena vertiginosa, seguida de inmediato por una multitud agolpada y el traslado a dependencias policiales.
Otro aspecto divide las versiones: el blanco del ataque. Ciertos testigos creen que las armas apuntaban hacia Victoria; otros describen el segundo disparo en dirección al muro o casi por detrás del carruaje. La reina se habría incorporado entre ambos tiros y luego el príncipe la habría sujetado. La defensa hace notar que Alberto se encontraba más cerca de Oxford y que no era posible erigir cada ademán visto de sesgo en certeza sobre la intención. El fiscal replica que el agresor había aguardado el paso del carruaje y que había preguntado si la soberana estaba herida. Ambos relatos parten de los mismos segundos, pero extraen inferencias contradictorias de lo que estos permiten demostrar.
Las balas, por su parte, jamás fueron halladas. Un testigo señala una marca en la pared; algunos la consideran compatible con el impacto de un proyectil. Otras pesquisas, incluido el barrido del polvo al pie del muro, resultan infructuosas. El príncipe habría percibido un silbido, y varias personas aseguran haber oído el ruido característico de un proyectil en vuelo. Para la acusación, el joven había adquirido munición, poseía un molde y había aludido a proyectiles. Para la defensa, si se hubiese disparado una bala a tan corta distancia, era imperativo explicar su ausencia y distinguir un silbido real de la mera impresión acústica dejada por la detonación.
Los preparativos materiales ocupan un lugar relevante en la vista. Frederick Garrick, dependiente, reconoce a Oxford como el comprador de un par de pistolas y una polvorera, adquiridas por dos libras esterlinas. John Ray declara que compró unas cincuenta cápsulas fulminantes y preguntó dónde conseguir balas. Un antiguo camarada, John Linton, recuerda haber acompañado a Oxford a una galería de tiro. Tales actos prueban una preparación previa y cierta familiaridad con las armas; por sí solos, no aclaran si los cañones estaban cargados aquel 10 de junio ni qué fin albergaba Oxford en su mente.
En su alojamiento, la policía descubre una caja que contiene, entre otros efectos, una espada, una máscara de crespón negro, una polvorera, un molde de balas, municiones y manuscritos. Entre ellos figuran unos «estatutos y reglamentos» a nombre de la «Joven Inglaterra» y misivas alusivas a una sociedad secreta. La defensa sugiere que Oxford se imaginaba partícipe de una logia clandestina inexistente; la acusación no halla en los documentos indicio concluyente de que actuara de veras para una organización. La crónica de la época no revela que se identificase jamás a ningún otro miembro. Estos papeles se convierten, a un tiempo, en piezas de convicción y en objetos de interpretaciones enfrentadas: conspiración política, delirio quimérico o síntoma de perturbación.
El debate más prolongado se libra en torno a la salud mental. La madre de Oxford rememora una infancia jalonada, según sus recuerdos, por accesos de cólera, risas incontenibles, ademanes bruscos e incapacidad para conservar un empleo. Describe asimismo a su difunto esposo, a quien tachaba de violento y extravagante. Ciertos testigos evocan a un abuelo propenso a arrebatos y sometido a veces a contención física; el relato de tales incidentes se transmite a través de sus propias memorias y de testimonios de familiares. Otros antiguos patrones matizan el cuadro: el joven atendía el mostrador, servía cerveza y devolvía el cambio, si bien uno de ellos lo juzgaba a veces ingobernable o excéntrico.
Los peritos médicos tampoco coinciden al tasar la incapacidad. El doctor Hodgkin apunta a una «lesión de la voluntad» o propensión mórbida; el doctor John Conolly, facultativo del manicomio de Hanwell, dictamina que Oxford adolece de un juicio extraviado tras una conversación que considera poco concluyente. Otros médicos emiten igualmente un parecer desfavorable sobre sus facultades. Pero la acusación recalca que una conducta singular no bastaba por sí sola. El procurador general exhorta a los miembros del jurado a distinguir las excentricidades pretéritas de una auténtica privación de razón en el momento exacto del disparo. Subraya los actos que a su juicio denotan cálculo: adquirir las armas, aguardar el carruaje, apretar el gatillo y responder después a los interrogatorios.
Esta divergencia rebasa lo estrictamente médico y atañe a las instrucciones jurídicas que el magistrado debe impartir al jurado. Según la crónica, Lord Denman pide dirimir en primer lugar si Oxford disparó en dirección a la reina y si las armas albergaban balas. La cuestión de la locura, razona, viene después: el jurado debe decidir si, en el instante preciso de la acción, Oxford era consciente de lo que hacía y de la gravedad de dicha conducta. Advierte también de que el mero hecho de haber perpetrado un acto atroz no basta, por sí solo, para probar la enajenación.
Tras la recapitulación del juez, los jurados regresan a la sala con un pronunciamiento en dos tiempos: lo consideran culpable de haber disparado dos pistolas contra la reina, pero estiman no acreditada la presencia de proyectiles; asimismo, lo declaran de mente enferma en el momento de cometer el acto. La crónica atribuye al letrado Taylor la apreciación de que dicha respuesta equivale a un veredicto de no culpabilidad, y señala que el fiscal general la califica de absolución por causa de locura. Lord Denman les expone la fórmula formal requerida en derecho, y los jurados se retiran de nuevo a deliberar. Su contestación definitiva, tal como la imprime el texto original, es: «culpable, pero demente».
La sentencia no disipa todas las sombras. Concede un cierre procesal, mas no transmuta la trayectoria de las balas ni la intención originaria en hechos unánimemente comprobados. Tampoco convierte cada testimonio familiar en un diagnóstico científico incontestable. El relato concluye tras el veredicto con una nota editorial que advierte que el artículo resume una crónica del vespertino The Globe. Deja al lector en el umbral del fallo: un acto público a plena luz del día, unas armas cuya carga permanece en entredicho y un jurado que disocia la culpabilidad formal del estado mental que finalmente reconoce. El texto no especifica pena ni destino posterior; se clausura con la respuesta dictada en el estrado.
