En marzo de 1853, en la pequeña ciudad de Fellin, Ludwig Eck contrajo matrimonio con la viuda de su mejor amigo. Dos ataúdes habían precedido a tales nupcias: el de su primera esposa, fallecida en julio, y el del cerrajero Merksch, arrebatado por la muerte en septiembre. Los médicos habían atribuido un diagnóstico a cada una de aquellas dolencias; el casamiento, sin embargo, confirió otro muy distinto a las murmuraciones del vecindario.
En la localidad livona de Fellin, dos vecinos entablaron una amistad tan íntima que Ludwig Eck no tardó en frecuentar la morada del cerrajero Merksch como si fuera un miembro más de la familia. Eck frisaba los cuarenta años; Merksch rondaba ya la cincuentena. Este último, hombre laborioso y de talante jovial, se había desposado con Anna Weierberg, doncella de veinte primaveras con quien tenía dos vástagos. Eck, de profesión zapatero, se había casado con una viuda de mayor edad que él, propietaria de una casa de salud privada. La concordia conyugal, empero, no tardó en mudar en constantes querellas.
Eck había frecuentado a los Merksch mucho antes de que la sospecha cercara sus pasos. Acudía a menudo a su hogar, reía con los pequeños y se demoraba en compañía de Anna. Su propia mujer, consumida por los celos, le afeaba amargamente tales visitas. La sirvienta Reet Kriner, empleada en la casa de los Eck, aseguró haberlo visto besar a la joven vecina, valiéndose a veces del pretexto de acariciar a la criatura sentada en su regazo. Merksch, por su parte, distaba de recelar de su amigo: le abría las puertas de par en par y le dispensaba una absoluta confianza.
Hacia la primavera de 1852, la señora Eck cayó postrada en cama. El estado de la paciente fue agravándose hasta su óbito, acaecido el 19 de julio. Se habló de hidropesía. A lo largo de la enfermedad, Eck la había cuidado personalmente y le había administrado los remedios. El médico, el doctor Carlblom, apenas la visitaba de tarde en tarde. La leal criada Reet fue despedida en cuanto comenzaron los primeros síntomas y sustituida por otra sirvienta. A Reet, la enferma le había musitado que no moriría por causa de su mal, sino «por culpa de otros».
Dos meses después del sepelio de la señora Eck, la enfermedad acometió también a Merksch. Agudos dolores gástricos, seguidos de tormentos en la garganta y en el pecho, lo mantuvieron postrado durante ocho días. Sentía una sed devoradora y no lograba conciliar el descanso. Su esposa y Eck lo asistían; cuando Anna se hallaba ocupada atendiendo la taberna, era Eck quien le suministraba los brebajes. El cerrajero rindió el alma el 19 de septiembre. Su deceso fue atribuido a una parálisis pulmonar.
El luto fue efímero. Anna Merksch se trasladó a vivir bajo el techo de Eck, quien asumió su curatela. En marzo de 1853, seis meses después de la muerte de su compañero, Eck desposó a la viuda. Un año más tarde, una criatura nació de aquella unión. Los vecinos, que tanto habían maliciado sobre su proximidad, guardaron silencio. La ciudad parecía haber pasado página definitivamente sobre aquellas dos muertes.
En mayo de 1854, Karl Wachoffsky, fruto del primer matrimonio de la señora Eck, fue conducido desde San Petersburgo hacia Fellin para cumplir con el alistamiento militar. Al transitar por Dorpat, declaró ante el oficial que lo custodiaba que su padrastro había dado muerte a su madre. Señaló como testigo a Johann, hermano del propio Eck. Éste también había formulado cargos contra Ludwig, si bien la abierta hostilidad que mediaba entre ambos y sus continuos pleitos monetarios hacían harto sospechosa la delación. Las primeras pesquisas sacaron a la luz flagrantes contradicciones: Johann no se hallaba en Fellin en las fechas en que afirmaba haber presenciado el envenenamiento. La acusación bien pudo haber concluido en aquel instante.
No obstante, el proceso cobró nuevos bríos y se ordenó abrir la sepultura de la señora Eck. Los peritos médicos hallaron los tejidos internos en notable estado de conservación, mas el rostro se mostraba ennegrecido y los miembros secos como los de una momia. El análisis químico reveló la presencia de arsénico en las vísceras. Los doctores concluyeron que la víctima había recibido pequeñas dosis de forma reiterada a lo largo del tiempo; si bien la hidropesía pudo haber concurrido, consideraron que una intoxicación crónica constituía la causa harto probable de la defunción.
Los indicios que hasta entonces parecían aislados adquirieron un peso formidable. Reet refirió que Eck guardaba ciertas sustancias pulverulentas en una cómoda cerrada bajo llave y que las administraba a su esposa a pesar de sus reiteradas quejas. Otra testigo, la señora Seedorf, declaró haberlo visto suministrar a la enferma unos polvos blancos mientras ésta le suplicaba que cesara en su empeño. La desdichada se retorcía de dolor e imploraba que fueran a buscar al galeno o al boticario. Eck habría respondido que ambos habían partido al campo. El boticario Schöler aseveró con posterioridad que aquel día se hallaba en Fellin sin lugar a dudas. Eck negó haber impedido la asistencia médica.
El relato más estremecedor provino de Julie Wachoffsky, quien había velado a la paciente. Tras la muerte de su cuñada, había guardado silencio inicialmente, respetando la promesa de reserva que le había hecho en vida. Con posterioridad, confesó que la señora Eck le había revelado, poco antes de expirar, que su marido la estaba envenenando. Esta deposición coincidía con los dolores, la sed inextinguible, la agitación y los polvos misteriosos, si bien no constituía una prueba material directa de la administración de cada pócima.
Se procedió entonces a reexaminar el segundo fallecimiento. El cuerpo de Merksch también fue exhumado. En esta ocasión, los químicos hallaron una abundante cantidad de arsénico y dictaminaron una intoxicación aguda. La viuda admitió que únicamente Eck y ella se habían turnado para velar al finado y suministrarle las medicinas. Antes del entierro, el doctor Carlblom había solicitado autorización para inspeccionar la garganta del occiso; Anna había mandado responder que prefería que dejasen descansar en paz los restos de su esposo. Como justificación, adujo haber seguido el parecer de una mujer de cuyo nombre ya no se acordaba.
Otros testimonios arrojaron luz sobre la estrecha intimidad que unía a ambos hogares. El cerrajero Kankewitsch relató que, cierta noche, Eck había pedido tres vasos colmados de ponche para ausentarse de inmediato so pretexto de regresar a su casa de salud. Kankewitsch lo siguió discretamente y sorprendió a Eck a solas con la señora Merksch en el patio. Reet describió la viva rivalidad surgida entre ambas mujeres y los ósculos que Eck disimulaba con el pretexto de jugar con las criaturas. Eck rechazó de plano la existencia de una relación ilícita; reconoció haber besado a su vecina, mas sostuvo que lo había hecho en presencia de su marido y con motivo de festividades señaladas.
Las declaraciones de su hermano Johann continuaban siendo un pilar deleznable. Éste pretendía que, en 1851, Ludwig había adquirido arsénico a un mercader y que lo había visto verterlo en el té de la señora Eck. Con todo, sus manifestaciones incurrían en flagrantes contradicciones y había mentido acerca de sus desplazamientos. El comerciante, Schmul Levin, se limitó a corroborar que vendía en ocasiones arsénico para exterminar roedores, mas fue incapaz de identificar con certeza al comprador. Resultaba, pues, imposible erigir aquella supuesta escena en una prueba testifical digna de fe.
Eck desvió las imputaciones hacia Johann, a quien atribuía móviles de venganza. Asimismo, esgrimió motivos para colegir que Merksch contaba con enemigos jurados, aun cuando no pudo señalar nominalmente a nadie que abrigase el propósito de asesinarlo. La viuda no llegó a ser procesada: los instructores no hallaron elementos de convicción bastantes para atribuirle el envenenamiento de su primer cónyuge. Las sospechas gravitaron así sobre Eck, quien había asistido al lecho de ambos difuntos, se beneficiaba de la sucesión de su primera esposa y había tomado por consorte a la segunda.
Sin embargo, la resolución de la causa distó de ser una condena penal. En la crónica que se conserva en el museo de Riga, el Pitaval expone que la judicatura livona atravesaba entonces una fase procesal en la que se requería una confesión judicial expresa o bien el testimonio conteste de dos testigos fidedignos para declarar la culpabilidad. Los meros indicios podían sustentar una vehemente sospecha, mas no fundamentar la sentencia por asesinato que el vulgo reclamaba. La más alta magistratura declaró a Eck gravemente sospechoso de ambos envenenamientos, pero se abstuvo de condenarlo.
La comunidad, no obstante, no halló satisfacción en semejante sutileza jurídica. Cincuenta vecinos probos fueron convocados y votaron de forma unánime el destierro de Eck a Siberia. Las autoridades ratificaron la providencia y se le asignó la remota Tobolsk como destino de su confinamiento. Anna manifestó en un principio su intención de acompañar a su esposo, junto a su tierno infante y a su hija de seis años; pero, al recalar en Riga, los niños cayeron enfermos. Optó entonces por permanecer a su lado, y Eck hubo de proseguir el camino en solitario. Años después, un médico oriundo de Fellin lo encontró en Tobolsk, entregado de nuevo a su antiguo oficio de zapatero. Había burlado una condena por doble asesinato en los estrados de justicia; con todo, el severo arbitrio de sus conciudadanos había sellado irremediablemente el resto de sus días.
