En la nieve del Thüringerwald, una huella podía parecer más elocuente que un testigo. El relato publicado unos años después del caso por el Neue Pitaval construye toda la investigación en torno a esta promesa: un robo, ropas lavadas, pisadas halladas tras el deshielo y un hombre extenuado avistado al día siguiente. No obstante, la obra es una compilación retrospectiva, no el acta taquigráfica del juicio. Sus certezas y sus comentarios deben considerarse de su exclusiva responsabilidad.
En la noche del 14 al 15 de enero de 1885, la familia Köllner dormía en la casa aneja a su aserradero de Dietharz, en Turingia. El molino, que su propietario Hermann Köllner había adaptado para la producción de pasta de papel, se organizaba en torno a un patio cerrado y varias edificaciones. Köllner compartía dormitorio con su esposa y sus tres hijos: Erich, de nueve años; Gretchen, de siete, y Anna, de dos. La criada Christiane W. dormía en otra habitación. Los obreros Horn y Peter se relevaban por turnos en el molino, que funcionaba día y noche.
Por la mañana, Peter llegó hacia las siete para iniciar su turno de servicio. La puerta de la vivienda, habitualmente cerrada con cerrojo por dentro, se hallaba entornada. Horn concluía el relevo; nada le infundió sospechas. La criada se levantó más tarde de lo acostumbrado, después de que Horn llamara a su puerta. En la estancia común, advirtió los cajones de la cómoda abiertos y el hachuela de cocina fuera de su sitio. Al principio no extrajo ninguna conclusión. Luego llamó a Erich para mandarlo a la escuela. El muchacho acudió a la puerta, herido en el cuello y cubierto de sangre. Ella entró en el dormitorio y descubrió a los padres y a Gretchen gravemente golpeados. Anna, sentada junto a su madre, no había sufrido daño alguno.
Los auxilios se organizaron en medio de la confusión. Hermann Köllner aún respiraba, pero no recobró el conocimiento; falleció al segundo día del hallazgo, según el capítulo. Gretchen sucumbió esa misma mañana. Erich sobrevivió. Los vecinos acudieron en tropel y la noticia se propagó antes de la llegada de las autoridades: el tribunal de Ohrdruf tuvo noticia por azar a raíz de un telegrama enviado por Horn, tras lo cual se personó en el molino hacia la una de la tarde. La fiscalía de Gotha arribó más tarde. Las primeras jornadas se consagraron a examinar el lugar de los hechos, a recabar testimonios y a practicar la autopsia a las tres víctimas mortales.
El médico forense atribuyó los fallecimientos a las heridas en la cabeza. El relato describe dichas lesiones con precisión, pero su valor narrativo radica ante todo en una conclusión: Hermann no habría podido golpearse reiteradamente a sí mismo y luego desplazar el arma sin dejar rastro, como suponía el primer rumor. En la estancia común se encontró un hacha ensangrentada; tenía cabellos adheridos. Según los facultativos y el cronista, su parte roma y su filo correspondían a heridas distintas. La lesión de Erich había sido producida por un instrumento cortante, probablemente un cuchillo que la pesquisa no logró hallar. Estas observaciones encauzaron la investigación; por sí solas, no bastaban para identificar al autor.
La primera sospecha recayó sobre el propio Hermann. La obra da cuenta de los apuros económicos del molinero, de desavenencias conyugales y de palabras amenazadoras que dos operarios le atribuyeron durante la vista oral. Asimismo, consigna que tales declaraciones diferían de sus declaraciones precedentes. Los médicos, no obstante, descartaron la posibilidad de que Köllner se hubiese infligido las heridas mortales. Horn, por su parte, fue sospechoso por haber trabajado en el molino aquella noche y afirmar no haber oído nada. El capítulo recuerda que había permanecido con sus ropas de trabajo, sin manchas visibles, y califica de endebles las acusaciones en su contra. No lo presenta como culpable; las sospechas iniciales ilustran más bien hasta qué punto la instrucción debió deslindar rumores, contradicciones e indicios materiales.
Las comprobaciones en la nieve no tardaron en desviar la atención. El cronista refiere que se creyó que el intruso se había introducido por una ventana de la cocina y registrado después la cómoda. Poco más de cincuenta marcos habrían quedado en el lugar; faltaban un reloj de plata y una leontina de oro. A la salida, unas huellas de pisadas conducían a través de un edificio anexo, un foso nevado y un prado hacia el camino del pueblo. Había dejado de nevar la víspera, y ninguna precipitación posterior borró las huellas durante varios días. Los investigadores pudieron así, según la fuente, seguir un rastro más allá del patio. Un cotejo practicado con las botas de Thaldorf arrojó impresiones que los acusadores juzgaron muy similares; el autor del Pitaval lo presenta como una correspondencia decisiva, si bien no aporta medidas que permitan hoy día revaluarla.
Al día siguiente del crimen, un hombre extenuado fue visto en el Schmalwassergrund, una vaguada cubierta de nieve. Dijo llamarse Thaldorf, proceder de Érfurt y haberse extraviado mientras recolectaba escaramujos en dirección a Oberschönau. Un guardabosques lo encaminó hacia Dietharz. Sus ropas eran decorosas, pero su calzado estaba deteriorado y sus pies, expuestos al frío. Pidió cobijo para pasar la noche, incurrió en contradicciones sobre el lugar donde había dormido y, más adelante, aseveró a su familia haber sido perseguido por el bosque tras una partida de caza. La policía supo de la existencia en Érfurt de un jardinero llamado Andreas Thaldorf, y salió en su busca una vez que este hubo regresado a casa de su hermano, el 17 de enero.
El capítulo repasa a continuación sus antecedentes penales, adoptando el tono moralizador y psicologista propio del repertorio. Menciona una condena reciente por estafa, que en un principio había eludido cumplir, y diversas condenas anteriores por hurto y vagabundeo. Interrogado sobre el empleo de su tiempo, Thaldorf ofreció versiones incompatibles con los horarios ferroviarios y con lo observado por el guardabosques. Terminó por reconocer un robo con allanamiento cometido en diciembre en Ollendorf, donde se habían sustraído entre 150 y 160 marcos. Aquella confesión no probaba el homicidio de Dietharz; permitió a los instructores contrastar sus demás declaraciones con hechos acreditados por una víctima.
El examen de sus prendas reveló una mancha de sangre en un abrigo y los puños de sus camisas esmeradamente lavados. Los peritos no presentaron la ausencia de grandes salpicaduras como prueba exculpatoria ni como indicio suficiente de culpabilidad: el relato refiere que la mayor parte de los golpes se habrían asestado con el dorso de la hachuela y que la sangre podía lavarse. Acto seguido, los guardabosques siguieron, provistos de botas atribuidas a Thaldorf, un largo rastro que ascendía desde la aldea hacia los bosques y descendía de nuevo hacia la vaguada donde había sido visto. El Pitaval recalca el esfuerzo que demandaba semejante itinerario a través de la nieve; este testimonio del trayecto sigue siendo el de sus perseguidores, presentado en una compilación retrospectiva.
Otros elementos fueron incorporados al sumario. Un recluso, designado mediante una inicial, refirió una conversación en la que Thaldorf habría aludido a un reloj, a dinero envuelto en un pañuelo y al ruido que lo había interrumpido. Semanas más tarde, el inventario de la cómoda permitió hallar cuarenta y cinco marcos anudados en una punta de pañuelo. Por su parte, las tres llaves de Köllner se encontraron en la nieve, cerca del camino. Su hallazgo y el del reloj desaparecido motivaron una acusación independiente por robo. En vísperas de la vista judicial, la identidad del homicida seguía siendo rebatida por el propio encausado: Thaldorf persistía en negar los hechos del aserradero.
El proceso ante el jurado de Meiningen se celebró los días 16 y 17 de octubre de 1885. La acusación reiteró las huellas, las vestimentas, las contradicciones y las declaraciones del preso. Erich compareció como testigo. El capítulo le atribuye nueve años en su narración inicial, pero lo presenta con ocho durante la vista, sin solventar esta discrepancia. La defensa sostuvo que Hermann Köllner había dado muerte a su esposa y a sus hijos antes de que un intruso desconocido lo matase a él, sin llegar a identificar a ese otro individuo. Impugnó los indicios y la interpretación de las heridas. El jurado declaró a Thaldorf culpable del robo de Ollendorf, de los asesinatos de Dietharz y de la tentativa de homicidio contra Erich, pero no culpable del robo del reloj y de las llaves. El tribunal pronunció la pena de muerte, además de doce años de reclusión y diez de privación de derechos civiles por los restantes delitos declarados probados.
El Reichsgericht estimó con posterioridad parte de su recurso y lo absolvió formalmente del robo de dichos efectos, al tiempo que desestimaba lo restante. El duque de Sajonia-Coburgo y Gotha rehusó ejercer la prerrogativa de gracia. El 27 de junio de 1886, víspera de la ejecución fijada para la mañana siguiente, Thaldorf confesó el crimen ante el fiscal y entregó una carta firmada. Según el capítulo, describió entonces la entrada por la ventana, el empleo del hacha y del cuchillo, y el posterior abandono del reloj y las llaves. Esta confesión tardía contradecía el veredicto de inculpabilidad relativo al robo de tales bienes; mas no lo anula.
Andreas Thaldorf fue ejecutado en Gräfentonna el 28 de junio de 1886. A juicio del cronista del Pitaval, su confesión postrera cerraba la instrucción y disipaba cualquier duda. El lector contemporáneo puede advertir lo que los jueces habían deslindado: una culpabilidad apreciada respecto a los asesinatos y la tentativa, una duda judicial en lo tocante al robo de determinados objetos y, finalmente, una confesión que los mencionaba. Entre la huella en la nieve y las últimas palabras del reo, la causa deja entrever no una prueba unívoca, sino una cadena de indicios, testimonios y resoluciones en la que cada eslabón debe preservar su debida atribución.
