Poco después de las once de la noche, resonó un pistoletazo en la alcoba de Morel de la Combe. El juez castellano descansaba en el lecho; su esposa dormía a escasos pies de él, tras una cortina compartida. Al despertar sobresaltada, halló a su marido sin vida. Entretanto, las puertas de las estancias contiguas habían sido trancadas con cuerdas o maderos; los accesos a los cuartos de la servidumbre, de la sobrina y de la propia señora Morel habían sido cerrados de este modo. Para cuando acudieron los primeros auxilios, el ejecutor ya se había desvanecido en la penumbra.
El crimen se perpetró el 7 de enero de 1783, en la parroquia de Saint-Jean-Soleymieux, en la región de Forez. Morel de la Combe administraba la justicia de la castellanía de Ladvieu. Acababa de someter su morada a diversas reformas interiores y apenas llevaba una noche ocupando aquella estancia. El disparo, percutido por un arma cargada con dos postas, lo abatió en el acto. Su viuda clamó por ayuda; los moradores de la casa y diversos vecinos colindantes no tardaron en abarrotar el inmueble, sin hallar rastro alguno del agresor.
A la mañana siguiente, la viuda de Morel fue evacuada de la mansión; su sobrino, un joven eclesiástico, y su sobrina abandonaron asimismo el lugar, seguidos por una parte del servicio. Únicamente dos sirvientas permanecieron en la residencia. El teniente de justicia de la castellanía se personó en el escenario del crimen acompañado por el procurador fiscal y un cirujano. Interrogó a las dos criadas y subió después al dormitorio. El difunto presentaba una herida abierta en la sien; su gorro de dormir, la cinta de la cabeza, una sección de la mano y la sábana evidenciaban los estragos del disparo. La autopsia practicada extrajo dos proyectiles de peltre alojados en el cráneo.
El atestado judicial constató igualmente la existencia de puertas atrincheradas mediante maromas y pedazos de madera. Al parecer, el asesino había sustraído las cuerdas de la cocina; diversas habitaciones quedaron clausuradas, entre ellas los cuartos del servicio doméstico y de la señora Morel. Por el contrario, el sobrino clérigo no halló obstáculo semejante en su salida. El cronista juzga singular esta discrepancia e insinúa la posible presencia de cómplices, aun cuando el hecho no constituya por sí solo prueba bastante. Con las primeras luces del alba, el panorama del caserón se había desfigurado por completo: los parientes habían partido y dos sirvientas aguardaban solas ante una instrucción sumarial incapaz de arrojar certidumbre alguna.
Llegada la tarde, el teniente de justicia regresó para examinar los accesos e inquirir el modo en que el agresor pudo franquear la entrada u ocultarse. En el intervalo, las sospechas habían recaído sobre el carpintero responsable de las reparaciones de la vivienda, un artesano llamado Pierre Barou. El magistrado cotejó las aberturas y la singular estructura de la alcoba de Morel a fin de calibrar si ofrecían a Barou los medios idóneos para perpetrar el magnicidio. Champagnac afea a la autoridad judicial el haber centrado su celo en el menestral antes de tomar declaración a la familia y a la totalidad de la servidumbre, cinco criados en total. Tan solo las dos doncellas apostadas en el edificio habían prestado declaración.
Barou prestaba sus servicios a Morel, quien le dispensaba un trato afable y en ocasiones lo sentaba a su propia mesa. La crónica lo describe como un maestro diestro y padre de familia, carente de cualquier motivo aparente para segar la vida de su protector. No obstante, pronto se vio involucrado en una imputación más grave: la de haber ejecutado el crimen instigado por el párroco de Chazelles. La incriminación que pesaba contra el sacerdote no residía en haber percutido el arma, sino en haber ordenado y aconsejado al carpintero deshacerse de Morel, a quien consideraba su enemigo.
Semejante denuncia procedía de Marie Solle, una feligresa de la demarcación. Esta mujer manifestaba albergar un encono inveterado hacia el eclesiástico, a quien culpaba de haber impedido un proyectado enlace matrimonial. Con anterioridad al homicidio, Solle había interpuesto tres querellas formales contra el cura ante los magistrados del bailío de Montbrison; ninguna había prosperado, dada la ausencia de testigos que refrendaran sus dichos, e incluso una de ellas fue desestimada sin abrir procedimiento alguno. La crónica judicial la retrata con tintes afrentosos; no obstante, para el esclarecimiento de la causa, el dato decisivo radicaba en la notoriedad pública de dicha enemistad, circunstancia que podía justificar tanto la delación como una severa reserva ante su veracidad. El presunto concierto entre el sacerdote y Barou dependía, en el relato procesal, única y exclusivamente de este testimonio. Frente a tal inquina destacaba la opinión general expresada por los vecinos de Chazelles, quienes aseveraban que el pastor había edificado la parroquia con su piedad e intachable conducta, socorriendo a los desvalidos y manteniendo a sus expensas, a lo largo de dos decenios, a numerosas familias en la indigencia. El sentir común del vecindario no certificaba lo acaecido en la pretendida entrevista secreta con Barou; revelaba, empero, el estupor de cuantos conocían la reputación del párroco. Aquel a quien todos tenían por un virtuoso protector pasaba a figurar en los autos criminales en calidad de cómplice de un asesinato cometido en el recinto de una mansión vecina.
El 23 de enero de 1783, Solle compareció ante la autoridad y afirmó haber escuchado casualmente una plática mantenida dos jornadas antes del trágico suceso. Aseguraba que Barou y el párroco habían deliberado acerca de matar de un tiro a Morel para desembarazarse de un común adversario. El magistrado que recogió su declaración resolvió no cursar orden de comparecencia contra el prelado. Transcurrieron cerca de dos años antes de que el tribunal del bailío de Montbrison librase contra él auto de prisión y captura, el 22 de diciembre de 1784. La providencia conmovió a la población: muchos conocían el texto de la delación, mas nadie comprendía por qué motivaba de pronto el arresto tras un silencio tan prolongado.
Enterado del decreto judicial, el clérigo no buscó refugio en parajes desconocidos; emprendió viaje hacia Lyon con el propósito de implorar la tutela de su fuero eclesiástico ante el tribunal del provisor. Era riguroso invierno; el camino yacía sepultado bajo el hielo y la nieve, sumido en una noche cerrada. Había avanzado escasas leguas cuando fue apresado y conducido a Montbrison. En dicha plaza fue atado como un reo común y expuesto a la curiosidad pública. El lugarteniente de lo criminal pretendió someterlo a interrogatorio, mas el cura invocó el privilegio eclesiástico que lo sustraía a la jurisdicción ordinaria, interponiendo a continuación recurso de apelación contra el mandamiento de prisión.
El 5 de enero de 1785, una resolución judicial admitió su recurso y ordenó la remisión de los autos a la secretaría de la Tournelle. El 18 de marzo, un segundo pronunciamiento decretó su excarcelación provisional en atención a la debilidad de las pruebas. Estas disposiciones procesales no zanjaban el fondo del homicidio; se limitaban a trasladar la controversia a un tribunal superior encargado de sopesar el expediente y los alegatos defensivos. Pierre Barou continuaba igualmente encartado en el proceso, al tiempo que la identidad del intruso que había sorteado las puertas bloqueadas seguía sumida en el misterio.
El insigne letrado De Sèze asumió la defensa letrada del párroco. Combatió punto por punto la deposición de Solle, esgrimió la manifiesta ausencia de móvil delictivo en el ánimo del sacerdote y evidenció que el sumario adolecía de una total insuficiencia probatoria. Champagnac ensalza este alegato como una demostración irrefutable de la inocencia del encausado; conviene señalar, empero, la parcialidad favorable que la crónica profesa a los acusados. El juicio debía dictaminar sobre la procedencia de los cargos acumulados contra ambos, sin que tuviera por fin ineludible averiguar la mano que disparó contra Morel.
Mediante sentencia de 28 de septiembre de 1785, el párroco de Chazelles y Pierre Barou fueron absueltos de toda culpa. La justicia mandó cancelar sus asientos carcelarios y autorizó la impresión y pública fijación del fallo exculpatorio. Tras casi dos años de sospechas e ignominia carcelaria impuesta al prelado, la resolución judicial exoneraba a los reos y desvinculaba sus nombres de la violenta muerte de Morel. El tribunal, sin embargo, no señaló culpable. Las maromas anudadas en el hogar, las puertas clausuradas y el eco de aquel disparo letal permanecieron como las piezas dispersas de un crimen cuyo autor jamás llegó a figurar en las páginas de la crónica.
