La bolsa ya no contenía más que diecinueve monedas cuando el viajero la halló en el bolsillo de John Jennings. Había llevado consigo veinte por el camino de Hull, y cada una ostentaba una marca particular. Aquel signo, destinado a facilitar el reconocimiento del ladrón, serviría primero para condenar a un criado; no revelaría al auténtico culpable sino después de que el inocente hubiese sido ahorcado.
En 1762, el viajero cabalgaba por la campiña de Yorkshire. La noche lo sorprendió antes de que hubiese alcanzado Hull. Un segundo jinete surgió en el camino solitario con el rostro enmascarado. Blandió una pistola y exigió la bolsa. La agresión fue breve; el bandolero tomó las veinte guineas y partió a galope por un atajo.
El viajero se hallaba a escasas millas de la ciudad. La oscuridad caía y el temor le arrebató el deseo de proseguir la marcha. Hizo un alto en el Bell Inn, establecimiento regentado por el amo James Brunel. En la cocina, mientras le preparaban la cena, relató cuanto acababa de acontecerle. Añadió que solía marcar cada una de las piezas de oro que llevaba consigo; las veinte guineas robadas llevaban, por tanto, idéntica señal.
Aquel pormenor no permitía aún señalar a nadie. Tan sólo transformaba una suma en una serie reconocible. El viajero subió a su aposento. Brunel, que no se hallaba presente mientras se refería el asalto, acudió al poco a visitarlo y le preguntó a qué hora lo había interceptado el jinete. Ante la respuesta, el posadero compartió una sospecha que albergaba contra su sirviente Jennings.
Hacía algún tiempo, afirmaba, que el mozo disponía de dinero sin que se conociese su origen. Su tren de vida le parecía desordenado; se había querellado con él y debía abandonar la posada. Más temprano ese mismo día, Brunel lo había enviado a cambiar una guinea. Jennings había regresado después de que el viajero arribase al establecimiento, ebrio, a decir de su amo, y le había restituido una moneda que no parecía ser la que le fuera entregada. Brunel no le había concedido en principio mayor importancia. Sostenía no haber relacionado tales hechos con el relato escuchado en la cocina sino tras descubrir que la moneda devuelta ostentaba la marca descrita por el viajero.
Brunel ya había entregado aquella guinea a un hombre que acudiera a reclamar una deuda. El hombre se había marchado. El posadero no podía recuperarla sin despertar una sospecha más grave; resolvió, por consiguiente, declarar al viajero lo que sabía. Presentó su confidencia como el deber de un buen ciudadano y su recelo como una mera advertencia. El viajero convino en aguardar con él a que la noche estuviese más avanzada, a fin de poder registrar la alcoba del criado.
Jennings dormía profundamente. Se revisaron sus ropas y de ellas se extrajo una bolsa que contenía diecinueve guineas. El viajero las reconoció: ostentaban, dijo, la señal que él mismo había estampado en las piezas robadas. Se despertó al joven, se le arrancó del lecho y se le acusó. Primero aturdido por el sueño, luego enteramente despierto, protestó no haber hecho nada. Los presentes no dieron crédito a sus negativas. La ausencia de la vigésima moneda se explicaba por aquella que Brunel aseguraba haber entregado a su acreedor.
A la mañana siguiente, Jennings fue conducido ante un juez de paz. El viajero y Brunel depusieron bajo juramento. El prisionero no pudo presentar testigo ni coartada alguna; se limitaba a aseverar su inocencia. Los indicios parecían ensamblarse sin dejar fisura: las diecinueve piezas en su bolsillo, la vigésima entregada por su amo al hombre de la deuda, la restitución de una guinea distinta y los desembolsos de los que Brunel afirmaba haber sido testigo.
Sus allegados le aconsejaron declararse culpable y solicitar luego la clemencia del tribunal. Consideraban las pruebas tan abrumadoras que una negativa no haría sino agravar su suerte. Jennings desoyó aquel consejo. Se declaró inocente y fue remitido al tribunal de lo criminal.
Allí, la prueba adolecía, no obstante, de una debilidad que la acusación no lograba encubrir por completo. El viajero había sido asaltado al caer la noche, bajo la amenaza de una pistola; el ladrón llevaba máscara. No podía jurar que Jennings fuese el hombre que lo había despojado. Se limitó a declarar que la estatura y el porte del reo podían asemejarse a los del jinete. Reconoció su bolsa y afirmó, según su leal saber y entender, que las monedas marcadas halladas en poder del acusado eran las suyas.
Brunel corroboró el resto de la cadena. Había enviado a Jennings a cambiar una guinea; su criado le había devuelto otra. Él había dado esta última a un acreedor que acudió a su morada, y la pieza fue exhibida en la audiencia. El hombre que la había recibido confirmó que le había sido entregada aquella noche. El viajero la cotejó con las otras diecinueve y declaró que pertenecía, en su opinión, a la misma serie. Cada testigo ratificaba un fragmento; tomados en conjunto, dichos fragmentos parecían no dar cabida más que a una sola narración.
El juez resumió estas declaraciones al tribunal. La bolsa había sido hallada en poder de Jennings, las monedas marcadas estaban identificadas y una de ellas había transitado por las manos de Brunel hasta el acreedor. El jurado no requirió una prolongada deliberación. Declaró a Jennings culpable.
El criado continuó proclamando su inocencia en prisión y hasta el pie mismo del cadalso, en Hull. Gritó que moría inocente. El relato retrospectivo que consigna la causa no proporciona más nombres sobre el viajero ni documento independiente que permita hoy retomar la instrucción en su totalidad. Conserva, con todo, el elemento que pone de manifiesto el error: el hombre que había establecido el nexo entre la bolsa y Jennings era también quien sabía con exactitud cómo la moneda marcada había entrado en su casa.
Un año después, otro viajero fue despojado en la propia posada de Brunel. Las pesquisas determinaron que el propio posadero era el bandolero. Condenado a muerte, se arrepintió al aproximarse su ejecución y confesó una serie de asaltos en los caminos reales. Reconoció haber atacado al viajero cerca de Hull para luego regresar al Bell Inn por un atajo más veloz que el de su víctima. El acreedor ya aguardaba su dinero; Brunel extrajo una guinea de la bolsa robada y se la entregó.
Cuando supo, a posteriori, que las monedas estaban marcadas y que el viajero había referido la agresión, Brunel comprendió el peligro. No podía recobrar la guinea sin inculparse a sí mismo. Entonces, conforme a esta tardía confesión transmitida por el Pitaval, optó por imputar el robo a Jennings. El relato no confirma que Jennings hubiese cambiado o tocado realmente alguna de las monedas sustraídas: la única guinea cuyo curso se describe en la confesión postrera había sido tomada por Brunel de la bolsa y entregada al acreedor. La acusación previa contra el criado se convierte así en el medio por el cual Brunel desvió de sí la sospecha.
La bolsa había hablado ante el tribunal. Había dicho que las monedas pertenecían al viajero y que habían pasado por manos de Jennings. No podía decir quién las había arrebatado en el camino, ni lo que el criado sabía. Cuando Brunel reveló al fin la verdad, la justicia ya había dictado su fallo. Las diecinueve guineas habían conducido a Jennings a la horca después de que Brunel lo señalase a sabiendas como culpable. Brunel fue descubierto cerca de un año más tarde, a raíz de otro robo perpetrado en su posada, y sentenciado a muerte. El capítulo no vincula la guinea entregada al acreedor con este segundo arresto; otorga más bien a la confesión tardía su sentido terrible, sin deshacer lo consumado en el primer juicio.
Nota documental: el capítulo del Pitaval, publicado en 1861, refiere retrospectivamente el proceso, la ejecución de Jennings y la confesión ulterior de Brunel. No reproduce acta judicial ni documentos de archivo contemporáneos. El viajero no es mencionado por su nombre y el texto no proporciona fechas precisas para ambas ejecuciones; la confesión de Brunel se halla, por ende, sujeta al testimonio exclusivo de esta relación.
