Durante doce días se registró la casa del notario. Cuatro hombres cavaron, removieron escombros y buscaron en todas direcciones el cuerpo que los corrillos de la aldea ya habían sepultado en múltiples ocasiones. Según unos, Barbe Didiot había sido envenenada; según otros, apuñalada. A las habladurías solo les faltaba una cosa: la difunta. Bajo el heno se habían hallado, en efecto, sus ropas. Pero Nicolas Sillet llevaba años afirmando que se encontraban allí, y nadie había sabido explicar todavía por qué una mujer que se marchó por voluntad propia habría de haber regresado a recogerlas.
Sillet ejercía las funciones de notario real en Montfaucon, en Champaña. Poseía tierras que cultivaba Jean Didiot junto a su esposa, Catherine Melinet. La familia era humilde y recibía anticipos de su parte. En 1771, Didiot compró un caballo por doscientas cincuenta libras; su mujer y su hija mayor de edad se comprometieron formalmente con él al pago. Sillet liquidó entonces la deuda con el vendedor y pasó a ser su acreedor por dicha cantidad, además de por débitos anteriores. Ambas familias estaban unidas por el trabajo, los préstamos y los servicios mutuos mucho antes de que sus nombres quedaran asociados en una acusación criminal.
Barbe cuidaba el ganado y ayudaba en las labores del campo. En 1766 había declarado un embarazo, señalando como padre a Jean Sillet, hermano del notario. Nació una niña. Los continuos reproches de sus padres y las burlas con que tropezaba a diario volvían penosa su existencia en la aldea. Hablaba a menudo de París, adonde deseaba acudir en busca de trabajo y de una condición distinta. En julio de 1774, a los treinta y dos años, resolvió partir. Aquella decisión no borraba sus obligaciones ni menguaba las asperezas del viaje; le permitía, al menos, alejarse de quienes reducían de continuo su vida a una misma tacha.
Pidió a varios conocidos que le guardasen los enseres que no podía llevar consigo. Nadie quiso asumir la carga. Conocía, no obstante, una dependencia de Sillet, compuesta por un pajar y un establo, adonde acudía a diario a atender los animales. La llave solía guardarse en un hueco del muro. Durante la noche del 21 al 22 de julio, introdujo allí varios bultos y los ocultó en distintos puntos del montón de heno. Aquellas pertenencias quedaban al amparo de su antigua vida; ella podía avanzar con mayor ligereza hacia la nueva.
Al día siguiente avisó al notario y le suplicó discreción. Él intentó persuadirla de que permaneciese junto a sus padres y luego le aconsejó que, al menos, dejara en la casa familiar sus efectos. Ella replicó que le pertenecían en derecho, pues los había comprado con su propio dinero, y que estarían más seguros en el pajar. Además, podrían servir de fianza por cuanto ella y los suyos le adeudaban. Sillet no la retuvo. Los fardos permanecieron en su sitio, a la vista de cuando en cuando de quienes acudían a retirar o meter heno. El notario solo pedía que se mantuviesen ordenados, sin moverlos de forma innecesaria.
En el camino de París, en Lizy, cerca de Vouziers, una mujer bien vestida procedente de Montfaucon fue interrogada sobre su destino. Declaró que buscaba trabajo y que se alejaba de unos padres con los que no estaba satisfecha. Dicha noticia apuntaba a una partida voluntaria. Sin embargo, en el pueblo, la ausencia comenzó a poblarse de sombras y conjeturas funestas. El silencio de Barbe dejaba vía libre a que cualquiera especulara sobre su paradero. Pronto, la ignorancia se convirtió en pretexto para tejer explicaciones, y la versión más alarmante fue ganando terreno frente a las sencillas noticias de su viaje.
En 1775, Sillet acometió las reparaciones de aquella dependencia, que amenazaba ruina, así como de un tramo de la casa contigua. Al término de las obras, convidó a beber a los peones. Se propaló entonces el rumor de que los había embriagado para comprar su silencio sobre un cadáver descubierto en la bodega. Sus propias respuestas cuando le preguntaban por Barbe se volvieron en su contra. Ignoraba dónde residía, confiaba en que le fuese bien y bromeaba acerca del regreso acomodado que ella misma había anhelado. La reserva de un hombre a quien se había pedido sigilo se trocó, a ojos del vecindario, en el lenguaje encubridor de un secreto inconfesable.
El 28 de noviembre de 1775 se presentó una primera denuncia. Se tomó declaración a treinta y seis personas. Al año siguiente, Sillet tuvo que responder a acusaciones relativas a la marcha de Barbe, a un supuesto embarazo en el momento de la partida y a la custodia de sus pertenencias. Otras dos personas resultaron encausadas debido a que una cofia de la desaparecida había sido llevada por la esposa de una de ellas. Los objetos circulaban ya a modo de indicios delictivos. Lo que Barbe había dejado atrás para no viajar cargada servía ahora para multiplicar las sospechas sobre quienes se habían quedado.
En octubre de 1780, unas nuevas obras devolvieron los fardos al centro de las pesquisas. Varios obreros los hallaron bajo el heno y propusieron a Sillet callar si los recompensaba. Él les ordenó que continuasen con su labor. De inmediato, los peones hicieron público el hallazgo. Se levantó inventario y el juez decretó el registro de la casa en busca de un cadáver. Sillet accedió a las excavaciones. Al cabo de doce jornadas, los peritos certificaron no haber encontrado nada. La vivienda había sido horadada de parte a parte; la acusación, en cambio, no decayó.
Sillet había sido encarcelado en Montfaucon durante esta nueva fase del procedimiento; posteriormente fue trasladado a Reims. Se le imputaban ya receptación, seducción, asesinato, envenenamiento y soborno de testigos. Las versiones más incompatibles parecían acumularse sin excluirse entre sí. Su letrado devolvió el debate a la cuestión previa y fundamental: ¿dónde estaba el homicidio cuya autoría ya se atribuía? La desaparición era un hecho, las ropas estaban allí, pero ninguno de estos dos extremos acreditaba la muerte de Barbe. La defensa contaba, además, con un testimonio infinitamente más sólido que las conjeturas extraídas de un almuerzo ofrecido a unos peones.
Jeanne Le Fèvre, esposa de un zapatero apellidado Honosse, se había encontrado con Barbe en París en agosto de 1775. Al preguntarle qué hacía allí, Barbe le respondió que había acudido a la capital para establecerse y que no pensaba regresar jamás a su tierra. No ofreció mayores explicaciones. Aquella conversación se había producido más de un año después de la partida de Montfaucon. La mujer a quien no pocos daban por sepultada en la bodega se había presentado en persona ante una conocida en una calle de la capital, resuelta a guardar para sí los motivos de su nueva vida.
El 18 de octubre de 1783, el Parlamento de París ordenó que se prosiguiera la instrucción en Reims en el plazo de tres meses, pero dispuso la excarcelación provisional de Sillet, quien debía permanecer a disposición judicial. Poco después, los jueces dictaron su absolución. Los padres de Barbe solo habían comparecido en calidad de testigos y no habían ejercitado acción alguna contra él. Las deudas, los ropajes, las obras y el silencio no habían bastado para engendrar el crimen que la maledicencia les atribuía. Un notario salía indemne de la acusación; la mujer cuyo nombre lo había perseguido permanecía lejos del pueblo.
No se la vio comparecer en la audiencia para despejar por sí misma las incógnitas. Su existencia constaba en el testimonio de Jeanne, en su firme decisión de quedarse en París y en aquellos bultos confiados seis años antes de las últimas excavaciones. La crónica antigua le atribuye con posterioridad una suerte desdichada y un nombre fingido, sin aportar certeza alguna. Lo que Barbe había dado a entender en su momento era mucho más sencillo: no deseaba regresar. Sillet había custodiado sus efectos a la espera de que ella los reclamase; la aldea tomó aquella espera por la ocultación de un cadáver, incapaz de concebir que no fuese sino la consecuencia natural de una vida elegida en otra parte.
