El veredicto impuso una condena; la última línea de las actas no zanjó su desenlace. En la sesión de marzo de 1895, Amy Gregory, de veintitrés años, fue declarada culpable del asesinato de su hija, a quien los Proceedings dan el nombre de Frances Maude Smart. El jurado, sin embargo, imploró clemencia, invocando el estado mental de la acusada bajo el influjo de una extrema desolación. La pena de muerte fue posteriormente «respited», suspendida. Entre ambas fórmulas, el proceso había hecho desfilar ante el tribunal a una criatura descrita primero como sana, los aposentos donde la madre mendigaba cobijo y versiones sobre la muerte que jamás llegaron a coincidir.
El expediente se abre en el workhouse de Richmond. El 12 de diciembre, Isabel Preston recibió a una mujer que dijo llamarse Amy Smart, soltera. Llegaba para dar a luz. El 31 de diciembre, Frances Jones, enfermera de guardia aquella jornada, asistió al nacimiento de una niña a la que consideró bien constituida. Madre e hija permanecieron en el asilo hasta el 24 de enero. Preston testificó que la criatura conservaba la salud, que la madre se marchó por voluntad propia y que habría podido quedarse tanto tiempo como deseara. Los pañales y ropas del bebé habían sido provistos por la institución. Desde el primer instante convivían dos realidades: el socorro público había asistido el parto y vestido a la recién nacida; no había asegurado a la madre un techo bajo el que vivir tras cruzar la cancela.
La noche del 25 de enero, hacia las diez y media, Amy se presentó en casa de Sarah Burridge, en Alexandra Road, con la niña en brazos. Preguntó dónde encontrar una habitación. Burridge dudó por falta de espacio; Amy le confesó que no tenía a dónde acudir y que tendría que pasar la noche en la calle con el bebé. La patrona consintió finalmente en recogerlas. Permanecieron allí hasta el miércoles 30 de enero. La madre salió con la pequeña y regresó sola. Unos diez días después, Charlotte Williams devolvió el bebé a casa de Burridge: Williams lo había cuidado desde el día posterior a la partida, pero la madre jamás volvió a buscarlo. Los autos no dejan constancia de que pagase a ninguna de las dos mujeres.
Ninguna de las dos anfitrionas describió a una niña desatendida de manera habitual. Burridge la vio limpia, vestida y aseada; consideraba a Amy una madre atenta y cariñosa. Williams declaró que la criatura tomaba bien el sustento, parecía robusta y lozana, y que llegó a encariñarse con ella. Mas Williams no podía acogerla de balde. Había estipulado cinco chelines semanales; Amy le había explicado que apenas contaba con amparo alguno, salvo su jornal como lavandera. Al no reaparecer la madre, Williams reintegró a la criatura a Burridge, quien volvió a custodiarla hasta el 12 de febrero. Los testimonios no dibujan un régimen de pupilaje estable: trazan más bien la red quebradiza de unas mujeres que se relevaban unas a otras mientras las fuerzas se lo permitían.
El 12 de febrero, cerca de las once y media de la noche, Amy se presentó en la vivienda de Ann French, en Rawley Road, solicitando un cuarto amueblado. Declaró ganarse el pan lavando ropa y convino en abonar tres chelines y seis peniques por semana. Al referir los contactos posteriores, French no precisa fechas del mes, solo días sueltos: refiere haber visto a Amy regresar con la niña un lunes por la noche, haberla oído la mañana del martes y, más tarde, haber visto partir a la madre con el bebé el miércoles para volver sola. Amy adujo haberla dejado con cierta señora Whitrod, que sabría cuidarla mejor. El sumario no consiente traducir esta secuencia en un cómputo seguro de días.
Aquel nombre terminaría siendo un destino falso. Eliza Whitrod atestiguó que Amy la había abordado el 18 de febrero para pedirle que cuidase a una criatura a cambio de seis chelines semanales. Ella se negó. No conocía a la mujer antes de aquella visita y jamás volvió a verla. No obstante, Mary Priest, conocida de antiguo de Amy, relató que esta le había asegurado, los días 22 y 23 de febrero, que el bebé se hallaba en casa de la señora Whitrod y que iba camino de visitarlo con el propósito de entregar algún dinero. Priest no vio a la criatura. Tales palabras no acreditaban su paradero real; tan solo demostraban lo que Amy refería a sus allegados tras la desaparición del infante de las casas donde había encontrado abrigo.
En la mañana del 21 de febrero, William Walker, que transitaba por el camino de sirga junto al antiguo parque de los ciervos, divisó a un niño sobre el hielo a orillas de una zanja. Avisó a la policía sin tocar el cuerpo. El agente Adams halló a una niña desprovista de ropas, con un pañuelo blanco fuertemente anudado a la garganta; la condujo a la comisaría. El médico Matthew Gardiner, requerido aquella misma mañana, dictaminó que yacía muerta desde al menos doce horas antes, sin poder afinar el cómputo. La autopsia concluyó que la muerte se debió a asfixia, producida presumiblemente por el pañuelo. Ninguna otra afección pareció explicar el óbito.
El propio examen médico puso de manifiesto una delgadez extrema. La criatura pesaba cinco libras y media, cuando el facultativo juzgaba que un infante de semejante edad habría de haber pesado siete u ocho. No halló rastro de alimento en el estómago o los intestinos, ni apenas grasa subcutánea. Atribuyó la emaciación al hambre y admitió que la intemperie hubo de agravar el desfallecimiento. En el contrainterrogatorio, la defensa lo inquirió sobre las evidencias corporales del estrangulamiento y la hipótesis de convulsiones sobrevenidas por el frío y la inanición. Gardiner desestimó esta explicación; adujo no haber presenciado nunca convulsiones provocadas por el hambre y el frío, considerando los signos externos incompatibles con una muerte convulsiva. El hambre, con todo, permanecía en el expediente: arrojaba luz sobre la penuria material invocada por la reo y pesó en la recomendación de clemencia del jurado.
El inspector Thomas Hawkins acudió el 24 de febrero a Springfield Terrace y preguntó a una mujer si era la señora Gregory. Ella asintió. El policía le comunicó su detención por el asesinato de su hija, cuyo cadáver había sido hallado días atrás. Tras un momento de vacilación, ella exclamó: «¿Cómo lo han descubierto? Debí haberla mandado a millas de aquí». Al día siguiente, cuando se le leyó formalmente la acusación, Amy negó haberle dado muerte. Aseguró que la niña había muerto de inanición, que a ella se le había cortado la leche a causa de la congoja, y que carecía de dinero para comprar viandas y de trabajo. Estas palabras no constituyeron prueba médica de la etiología del deceso; constituían la versión que oponía a los cargos y la vívida estampa de la precariedad en la que se amparaba.
El ministerio fiscal convocó a los testigos que, en distintos momentos, habían albergado a la criatura y la juzgaban robusta. Presentó asimismo la identificación del cuerpo por personas que la habían tratado, las constataciones de Gardiner y las manifestaciones atribuidas a Amy en dependencias policiales. A tales elementos se sumaron las declaraciones sobre sus mudanzas sucesivas, la indigencia absoluta y las muestras de cariño presenciadas por varias mujeres. Priest corroboró que la madre parecía muy unida a su hija. El litigio hacía convivir de este modo la precariedad con indicios graves de homicidio; correspondía al jurado dictaminar la responsabilidad penal y ponderar una recomendación de piedad.
El fallo así lo refleja. Los miembros del tribunal declararon a Amy culpable, si bien encarecieron la gracia real dado que su juicio se hallaba trastornado por una desolación extrema. La recomendación no anulaba la condena ni la pena dictada. La última línea de los Proceedings se limita a dejar constancia de que la pena capital fue luego suspendida. No precisa el día de dicha resolución ni la sanción en que vino a trocarse. El proceso dejaba enfrentados dos fallos paralelos: la ley reputaba a la madre culpable de asesinato; el jurado rogaba que su infortunio aliviara la severidad del castigo. Las actas no permiten ahondar más lejos, mas revelan cómo una sucesión de camastros prestados, deudas insalvables y confidencias de vecindad se erigieron, en estrados, en la frágil medida de una culpa humana.
