En Cave Street, la mentira hizo las veces de cerrojo. Durante diez días de julio de 1895, Robert Coombes, de trece años, sostuvo que su madre había viajado a Liverpool para resolver un asunto de herencia. Su hermano Nathaniel, de doce años, repitió la patraña a varios vecinos; John Fox, allegado a la familia, se instaló en la vivienda, vistió las ropas del padre y empeñó diversos enseres en el monte de piedad. Tras la puerta de un dormitorio del primer piso, Emily Harrison Coombes yacía bajo las mantas. Cuando la estancia fue abierta, la justicia no halló un relato unánime, sino a tres acusados situados en planos muy distintos frente a la muerte de una mujer.
El juicio se abrió el 9 de septiembre ante el Central Criminal Court. El encabezamiento de los Proceedings del Old Bailey plantea de inmediato una distinción crucial: Robert y Nathaniel figuraban encausados por asesinato; John Fox, por complicidad a posteriori. El ministerio público no aportó prueba alguna contra Nathaniel, y el tribunal lo declaró no culpable. La crónica judicial, que desgrana los testimonios y los dictámenes facultativos, no concluye con el veredicto ordinario que cabría esperar. Preciso es remontarse a los días previos al hallazgo para discernir lo que quedó probado de cuanto permaneció en penumbra.
El padre, camarero de navío, se había hecho a la mar el viernes 5 de julio. Una vecina, Rosina Robertson, vio a Emily en buen estado el domingo 7, entre las seis y media y las ocho y media, en el umbral de su casa. El marido de esta la saludó hacia las ocho y cruzó algunas palabras con ella. A la mañana siguiente, a las seis y cuarto, se cruzó con Robert y Nathaniel y le cambió al primogénito un soberano por dos medios soberanos. Robert adujo que su madre debía partir hacia Liverpool por una sucesión; al preguntársele si ya estaba en camino, respondió que había sufrido una indisposición, acaso una crisis. Este recuerdo del vecindario acreditaba la singularidad de la versión, mas no la hora de la muerte.
Nathaniel declaró en el juicio que Robert le había comunicado, entre las ocho y media y las nueve del lunes por la mañana, que había dado muerte a su madre. Aseguró haber oído un gemido al atisbar el interior del dormitorio, sin distinguir con claridad el cuerpo. Las versiones ulteriores de Robert fluctuaron: a su tía le dijo que había asestado las puñaladas tras levantarse del lecho; al agente de policía le habló de una consigna de Nathaniel transmitida mediante dos golpes de tos. Afirmó asimismo haber cubierto el cadáver y haberse marchado al partido de críquet en Lord’s. Aquellas contradicciones pesaban, pero las actas las consignan como testimonios de oídas; no las erigen en relato infalible de lo acontecido.
Durante aquella semana, los hermanos durmieron en el salón de la planta baja, mientras la alcoba materna permanecía cerrada. Salían juntos, jugaban y acudían al campo de críquet. Diversos testigos vieron a Fox en su compañía, en el patio o en la casa, sin que ninguno lo describiera como un intruso aparecido de improviso. Robert pidió dinero prestado al cajero de la compañía naviera alegando que su madre se hallaba enferma; luego remitió una carta en la que fingía un certificado médico. El 10 de julio se empeñó un reloj del padre a nombre de Robert; siguieron otros objetos. Las actas no prueban que Fox tuviera noticia entonces de la muerte. Refieren que Robert le entregó alhajas para empeñar y que Fox explicó haber sido requerido desde un barco donde desempeñaba faenas ocasionales.
El miércoles 17 de julio, Emily Coombes, tía de los muchachos y homónima de la víctima, acudió al domicilio acompañada de una vecina. Fox abrió la puerta. Robert pretextó que su madre se hallaba en casa de otra mujer; la tía exigió franquear la entrada. En la habitación cerrada con llave, descubrió el cuerpo sobre el lecho. Descendió de inmediato y acusó a Robert de saber que su madre estaba muerta. Según su deposición, el muchacho la atrajo hacia sí y le confesó que había matado a Emily, atribuyendo el hecho a una disputa nacida de un castigo. El agente de policía Robert Thwart consignó a su vez una declaración voluntaria: Robert se inculpaba, pero aseguraba que Nathaniel le había instigado a apuñalar a la madre tras una reprimenda. El sargento Balch recogió una segunda fórmula, igualmente incorporada al juicio. Así, la confesión resultaba abrumadora en su núcleo, si bien señalaba a un cómplice cuya intervención ningún otro indicio corroboraba.
El cirujano Kennedy apreció dos heridas profundas sobre el corazón y dictaminó que habían causado el óbito. El cuchillo hallado por los parientes sobre la cama era idóneo para producirlas y presentaba manchas de sangre. Robert había indicado también a su tía que el arma reposaba a los pies del lecho. El policía constató que no se hallaba oculta; en cambio, el cuerpo entero permanecía bajo las mantas, con el rostro cubierto por una almohada. Estos pormenores procedían de distintos declarantes, cada uno de los cuales describió lo que vio tras abrirse la puerta. El cadáver presentaba una descomposición muy avanzada, cubierto de insectos, y el facultativo estimó que la fetidez debía de percibirse desde hacía varios días. Con todo, los vecinos de la familia Robertson no advirtieron olor ni ruidos procedentes de la estancia. Uno de ellos señaló la presencia de moscardones en las ventanas y explicó que difícilmente habría distinguido otra pestilencia, dado que en los huertos colindantes se empleaba estiércol. Estas declaraciones no fijaban el día exacto de la muerte; ponían de manifiesto hasta qué punto la rutina cotidiana podía enmascarar los indicios más turbadores.
La acusación exhibió asimismo una camisa ensangrentada, el reloj y las joyas empeñadas, el dinero sustraído del monedero materno y las cartas falaces remitidas al padre. Tales efectos, unidos a la ocultación del cadáver y a las manifestaciones de Robert, formaban un encadenamiento probatorio de gran fuerza. Fox, por su parte, negó haber tenido noticia de lo ocurrido; varios vecinos lo retrataron como un hombre simple y servicial, habituado a faenar en los muelles y a colaborar en las tareas domésticas. Vestía un traje del padre, extremo que los testigos atribuyeron a indicaciones de los muchachos; había llevado ciertos objetos al empeño a petición de Robert. El jurado lo absolvió. Semejante fallo no prueba que lo ignorara todo, mas las actas no autorizan a atribuirle participación en el homicidio.
La defensa de Robert pivotó sobre su imputabilidad en el instante del acto; no impugnó las declaraciones en que se inculpaba. La instrucción no redujo su infancia a un retrato unívoco: su tía afirmó que la madre era afectuosa con él, mientras que su padre y una vecina evocaron cefaleas intensas y accesos de exaltación. En la escuela, varios maestros lo tenían por inteligente y bien educado; había abandonado y retomado diversos centros y trabajado brevemente en un astillero. El médico de la prisión, el doctor Walker, refirió que el muchacho decía oír voces que le ordenaban matar a su madre; constató asimismo asimetría pupilar, cicatrices en las sienes y un proceder anómalo. No obstante, en el contrainterrogatorio admitió que Robert respondía con lucidez, que diversas circunstancias eran compatibles con un entendimiento cabal y que no podía aseverar de forma terminante su incapacidad en el momento del crimen. Los demás peritos se apoyaban en parte en las confidencias del padre; uno de ellos jamás había observado a Robert en estado de manía. En la vista, la explicación médica constituía una mera hipótesis sometida al jurado, no una certidumbre incontestable sobre la mente del menor.
La deliberación no desembocó, pues, en una absolución llana ni en una condena capital. El jurado declaró a Robert «culpable del hecho material, pero demente en el momento de los hechos»; el magistrado dispuso su custodia rigurosa en Holloway como enajenado criminal, a disposición de la real voluntad. Al no haber promovido la acusación cargo alguno contra Nathaniel, el jurado ya lo había absuelto; similar suerte corrió Fox. Las actas concluyen con este pronunciamiento y nada dicen sobre el destino ulterior del confinado. Queda así un expediente donde el hecho atroz recayó sobre un menor, mientras que el estado de su juicio, la fecha exacta del deceso y el grado de conocimiento de Fox permanecieron como incógnitas irresolubles. Una sentencia podía deslindarlas en estrados; no bastaba, por sí sola, para disipar todos sus misterios.
