En Highgate, la columna de cautivos ya no parecía un ejército. Los hombres apresados tras la derrota de Preston marchaban atados espalda con espalda, de dos en dos, sobre los caballos; los pares, en cambio, fueron conducidos a la Torre de Londres. En la relación retrospectiva de Camden Pelham, esta humillante entrada en Londres marca el desmoronamiento de una empresa que pretendía restablecer a un rey y concluía en prisiones, debates y sentencias. El conde de Derwentwater, el vizconde de Kenmure y el conde de Winton figuraban entre los prisioneros. Su causa común no les ahorraría destinos judiciales muy dispares.
El designio había cobrado forma al ascender al trono Jorge I. Los partidarios de Jacobo, a quien Pelham llama Jacobo III, pretendían hacer reconocer por las armas una sucesión que el nuevo gobierno rechazaba. En Escocia, el conde de Mar alzó un ejército; en el norte de Inglaterra, Thomas Forster, diputado por Northumberland, congregó a otros caballeros. Estas tentativas distaron de formar un avance sencillo y uniforme. Una ofensiva contra el castillo de Edimburgo resultó frustrada; hacia el sur, Forster y sus compañeros fracasaron al intentar apoderarse de Newcastle. Forster, reforzado por insurgentes escoceses, marchó hacia Preston, donde sus huestes toparon con las tropas de los generales Carpenter y Wills.
La derrota entregó al gobierno a cerca de mil quinientos hombres. Los nobles capturados fueron trasladados a Londres junto a unos trescientos prisioneros; otros, apresados en Preston, fueron enviados hacia Liverpool y las villas comarcanas. Pelham describe a estos cautivos expuestos a los escarnios de la plebe. Los pares quedaron luego encerrados en la Torre, mientras que los demás se distribuyeron entre Newgate y otras cárceles. La rebelión, que había proclamado a un soberano, quedaba ya desmembrada en individuos a quienes la justicia podía llamar a cada uno por su propio nombre.
La huida del pretendiente no alteró su suerte. Tras su entrada en Scone, donde adoptó las apariencias de la majestad real, Jacobo hubo de renunciar a la espera de los anhelados socorros de Francia. Marchó a Montrose y abandonó Escocia al amparo de la noche, acompañado del conde de Mar y de algunos cabecillas del movimiento. Quienes permanecían cautivos ya no podían contar con la presencia del príncipe a quien habían servido. La Cámara de los Comunes ordenó el procesamiento de los pares y despojó a Forster de su escaño. Los tribunales ordinarios juzgaron a los prisioneros de menor rango; respecto a los lores, los Comunes presentaron artículos de impeachment y la Cámara de los Pares sesionó bajo la presidencia del lord gran senescal, el canciller Cowper.
El procedimiento judicial hizo pronto patentes las divergencias entre los acusados. Salvo el conde de Winton, todos los pares encausados en este pasaje se declararon culpables; invocaron a continuación circunstancias atenuantes y confiaron en la clemencia real. Derwentwater impugnó expresamente la legalidad de la acusación formulada por los Comunes. La defensa no detuvo el curso del fallo. Tras desestimar los argumentos aducidos, el lord gran senescal pronunció contra Derwentwater, lord Widdrington, los condes de Nithisdale y Carnwarth, el vizconde de Kenmure y lord Nairn la pena prescrita para la alta traición. Los términos de la sentencia no distinguían su alta alcurnia: el mismo castigo, en su rigor más cruel, quedaba dictado tanto para los pares como para un hombre de condición ordinaria.
La autoridad real permanecía, empero, en el centro de la incertidumbre. Allegados y partidarios de los reos multiplicaron las súplicas de gracia. En la Cámara de los Lores se debatió sobre la prerrogativa regia de conceder una suspensión tras un impeachment; la moción finalmente aprobada suplicaba al soberano que otorgara una prórroga a quienes merecieran su misericordia, dejando a su arbitrio la duración del respiro. Jorge I respondió que obraría según lo estimase compatible con la dignidad de su corona y la seguridad de sus vasallos. Tal respuesta nada garantizaba. El mismo día en que se le presentó la súplica, el consejo resolvió que Derwentwater y Kenmure fuesen ejecutados al día siguiente.
El conde de Nithisdale comprendió el riesgo de verse incluido en la misma orden. Pelham relata que huyó de la Torre la víspera cubierto con un manto femenino con capucha, atribuyendo dichos ropajes a una visita de su madre. La carta de la condesa de Nithsdale, reproducida en la compilación de James Savage, ofrece otra versión: la esposa detalla allí sus propios preparativos, auxiliada por dos visitantes y un trueque de ropas. La transmisión de este testimonio corrige la atribución familiar consignada por Pelham. El ardid no salvó a los dos hombres ya sentenciados. La mañana del 24 de febrero de 1716, tres destacamentos de guardias a caballo acudieron a Tower Hill y cercaron el cadalso. Los sheriffs recibieron a los prisioneros hacia las diez. Transcurrió cerca de una hora antes de que Derwentwater notificara hallarse dispuesto; el sheriff le concedió aún todo el tiempo que juzgara oportuno para recogerse.
Sobre el cadalso, el conde dio lectura a un texto de su propia mano. En él manifestaba su pesar por haberse declarado culpable, reafirmaba su adhesión a Jacobo y anhelaba que su muerte contribuyera al restablecimiento de la antigua constitución. Profesó la fe católica, oró y encomendó su suerte al verdugo. Pelham refiere que le ordenó descargar el hacha al tercer «Sweet Jesus» y que la cabeza quedó cercenada de un solo tajo. El cadáver fue amortajado y entregado a los allegados del reo. Aquella escena no borraba la confesión formulada en el juicio ni el contenido de su última declaración; situaba, frente a frente, dos palabras pronunciadas bajo formas y en momentos distintos.
Kenmure subió a continuación. Siendo protestante, rehusó explayarse sobre sus convicciones ante los dos eclesiásticos que le asistían, aduciendo razones de prudencia; Pelham conjetura que pensaba en su cuñado, el conde de Carnwarth, quien aún intercedía en pos del perdón. Kenmure perdonó al ejecutor y le entregó ocho guineas. Un cirujano le señaló con el dedo el punto exacto donde debía asestarse el golpe. Fue ejecutado de igual modo que Derwentwater y su cuerpo quedó a cargo de un empleado de pompas fúnebres. El texto no adjudica a Kenmure proclamación política alguna: su último instante se vislumbra a través de estos ademanes consignados, las precauciones ante el tajo y la reserva que guardó ante los clérigos.
El conde de Winton, que no se había confesado culpable, compareció el 15 de marzo. Sostuvo haberse rendido tras prometerle la vida el general Wills; un testigo desmintió semejante promesa, declarando que los rebeldes capitularon a discreción. Se expusieron las circunstancias de su marcha junto a los insurgentes y sus pares lo declararon culpable por unanimidad. Fue condenado como los demás. Pelham consigna que halló luego el modo de fugarse de la Torre, a semejanza de Nithisdale, en tanto que Forster y M’Intosh quebrantaron la prisión de Newgate. Estas evasiones en nada alteran las dos ejecuciones de febrero; tan solo evidencian que el desenlace de los tribunales no impuso un término uniforme al destino de aquellos a quienes había juzgado.
Los juicios de Preston dejaron así diversos finales cobijados bajo un mismo delito de traición. Derwentwater y Kenmure perecieron el mismo día, tras un proceso parlamentario e infructuosos ruegos de clemencia; Winton fue juzgado aparte y huyó tras conocer la sentencia. La compilación de Pelham recoge sus palabras, las razones alegadas en su descargo y las réplicas del poder, mas no reproduce la totalidad de las declaraciones testificales ni la integridad de los autos procesales. Permite, no obstante, apreciar la transición de una causa colectiva hacia resoluciones individuales: en Highgate, los cautivos cabalgaban atados de dos en dos; ante los pares, las respuestas divergieron; en Tower Hill, cada cual avanzó en solitario hacia el cadalso.
