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Justicia y escándalos · Inglaterra

Los sobres de Edwards

En Londres, Thomas Kinnersly y William Hales fueron acusados de fraguar dos pagarés por cientos y luego miles de libras a partir de cubiertas postales que Samuel Edwards había franqueado previamente para Hales. Dos prestamistas, cotejos periciales de caligrafía y dos juicios consecutivos condujeron a penas diferenciadas de picota y presidio.

La primera pieza instrumental que abrió paso a la causa fue un pagaré de 1260 libras, fechado el 16 de agosto de 1727 y pagadero a Samuel Edwards. Llevaba la firma de Thomas Kinnersly, clérigo, y un endoso atribuido a Edwards. El litigio cristalizó en torno a un papel manufacturado expresamente para circular: un nombre ajeno, una rúbrica impugnada y una promesa de pago lo bastante cuantiosa como para persuadir a un prestamista. Al comparecer el documento ante los magistrados, cada vestigio de tinta adquirió el peso de una deposición testifical.

Aquel pagaré sirvió enseguida para levantar crédito: Hales lo presentó ante Thomas Bird y obtuvo 750 libras contra entrega de una obligación personal, depositando el pagaré de Kinnersly como fianza accesoria. Más tarde restituyó 400 libras, que fueron acreditadas a su propia nota; el saldo restante jamás fue saldado. Ante el impago, Bird despachó a un apoderado letrado para intimar a Kinnersly al pago de la deuda. El eclesiástico admitió de su puño y letra la redacción del pagaré, mas se declaró incapaz de explicar la procedencia del nombre de Edwards al pie del documento. Adujo hallarse en la ruina y en absoluta insolvencia, añadiendo no obstante que Edwards gozaba de caudal bastante para honrar una rúbrica atribuida a su persona.

El testimonio de Wright aportó una relación más directa de aquella entrevista. Declaró haber oído a Kinnersly confesar la redacción del pagaré, precisando acto seguido que mantenía una deuda con Hales y que este le había requerido librarla a la orden de Edwards. El clérigo se disponía a dar cuenta del endoso cuando un procurador, de nombre Mitford, le atajó bruscamente la palabra. El magistrado Hopkins ratificó casi punto por punto dicho trance: Kinnersly parecía resuelto a una declaración circunstanciada, mas guardó silencio tras la admonición de Mitford. Aquella interrupción procesal no dilucidaba quién había estampado el nombre de Edwards, pero dejó gravada una incógnita capital en el centro de los debates.

La procedencia material del soporte ocupó asimismo un lugar de primer orden en las declaraciones. Maddox explicó que Hales residía frente a la morada de Edwards, de quien solía impetrar cubiertas con franqueo de gracia parlamentario. En julio, el criado de Hales llevó consigo seis cubiertas en blanco; los secretarios denegaron la franquicia postal a menos que los sobrescriptos fuesen trazados por la propia mano de Edwards. El lacayo regresó poco después con tres direcciones sobre una nota destinada a su amo. A juicio del testigo Spicer, el pagaré incriminado había sido recortado de una de aquellas mismas envolturas: la impronta de los renglones primitivos perseveraba en el grano del papel, mientras que el vocablo «free» había sido cuidadosamente raspado para mudar su lectura a «for». Aquel haz indiciario vinculaba la facilidad crediticia de Hales con el acceso doméstico y ordinario que este mantenía con el escritorio del prohombre.

La defensa letrada de Kinnersly presentó el manuscrito del pagaré como el simple reconocimiento de una deuda de tracto común. Un declarante afirmó haber oído que el sacerdote debía sumas a Hales, si bien ignoraba por entero tanto la realidad de dicha obligación como los negocios mercantiles de ambos litigantes. Otros testigos ratificaron la existencia de tratos previos entre ellos; el fiscal no objetaba tales vínculos, mas sostuvo que aquella familiaridad no había sido sino el pretexto idóneo para perpetrar la falsificación. El argumento moral esgrimido por la defensa —según el cual un varón que rechaza una dádiva de cien libras para delinquir procede impulsado por la rectitud de conciencia— mereció una réplica fulminante de la acusación pública: poco mérito entraña rehusar la componenda cuando se presiente que el cepo de la justicia ya está cerrándose.

La defensa había anunciado la comparecencia de dos testigos de descargo para corroborar la deuda del presbítero. Compareció Robert Burkett, mas solo pudo deponer cuanto de oídas le constaba por boca de Hales. Interpelado sobre si tenía ciencia cierta y directa del estado de cuentas entre ambos, hubo de confesar su ignorancia absoluta. ¿Y el segundo testigo? Burkett ignoraba su paradero. El letrado vio desplomarse así el edificio probatorio que él mismo había convocado ante el estrado. En las actas procesales, la irritación del abogado se vuelca contra aquellas dos piezas fallidas: una por incomparecencia y la otra por manifiesta inanidad de hechos.

El jurado halló a entrambos reos culpables del libramiento del primer pagaré. Acto seguido, Hales fue encausado en pieza separada por haber obtenido fraudulentamente 750 libras de Bird. El acervo probatorio reprodujo los mismos documentos y la misma operación dineraria, pero la vía de derecho elevó ya la obtención de aquel numerario a delito autónomo y principal. Con posterioridad, Kinnersly y Hales comparecieron de nuevo en unión de causa por un segundo pagaré, de 1650 libras, librado esta vez a favor del propio Kinnersly y rubricado falsamente con el nombre de Edwards. Hales lo había descontado ante otro banquero, obteniendo a cambio 400 libras en efectos.

Este segundo prestamista, Thriip, declaró que había anticipado el dinero sin recelo alguno: conocía de antiguo a Hales y no imaginaba jamás que urdiera semejante ardid para defraudarlo. Aquella suma no le fue reintegrada jamás. La divergencia estructural entre ambos instrumentos falsos fue sopesada cuidadosamente en las declaraciones: el primero contenía la promesa de pago a Edwards, mientras que el subsiguiente constituía a Kinnersly en beneficiario aparente y exhibía la firma suscrita «Samuel Edwards». Fechado el 30 de marzo de 1728, el documento prometía satisfacer 1650 libras a la vuelta de seis meses. No se trataba, pues, de una mera duplicación mecánica del primer efecto, sino de una nueva usurpación de la solvencia de Edwards y de un compromiso renovado ante terceros.

El cotejo pericial se verificó ante los propios miembros del jurado y no mediante el dictamen solitario de un perito calígrafo: Williams colocó el registro parroquial que había aportado sobre el estrado, junto al pagaré litigioso, conminándoles a confrontar ambas escrituras. Lenton, que asimismo había visto escribir a Kinnersly en repetidas ocasiones, emitió un juicio enteramente concorde. El libro capitular, instrumento rutinario de su ministerio sacerdotal, se convirtió de tal suerte en el testimonio documental más demoledor en su contra. El contraste resultaba palmario: en la primera causa, la caligrafía del pagaré atribuida a Kinnersly no se discutía, permaneciendo en tela de juicio el endoso; en la segunda, la autoría atribuida y el cotejo directo con las partidas parroquiales reconducían la inculpación de plano hacia el puño y letra del cura.

La sentencia impuso condenas dispares. Ambos reos fueron condenados a ser expuestos en la picota en dos ocasiones: primero en Fleet Street y luego en las inmediaciones del Royal Exchange. A Hales se le impusieron cinco años de prisión mayor, una multa de cincuenta marcos y fianza de buen comportamiento por espacio de siete años tras su excarcelación. Kinnersly fue sentenciado a dos años de cárcel, multa de doscientas libras y tres años suplementarios de caución. Su investidura clerical no le valió dispensa frente al escarnio público: subió al tablado enfundado en su propio sayo canonical.

Borrow refiere que, hallándose en la picota, Kinnersly arrojó pliegos impresos a la multitud; se habían contratado alguaciles provistos de largas varas y picas a fin de contener los furores y las pedradas de la muchedumbre contra los condenados. Aquel lance invierte paradójicamente el destino del papel: los pagarés fraudulentos habían servido para apoderarse de caudal bajo nombre ajeno, mientras que las cuartillas dispersadas desde el patíbulo parecían destinar al gentío una última versión exculpatoria que el reo pretendía divulgar por su cuenta. La crónica silencia el contenido de tales hojas, por lo que resultaría improcedente atribuirles a priori el carácter de confesión o alegato.

Ambos convictos purgaron condena en la prisión de Newgate. Kinnersly expiró a causa de unas fiebres en el departamento denominado Press-yard el 7 de abril de 1729; Borrow consigna asimismo que Hales falleció en el mismo presidio, si bien omitió consignar la fecha exacta de su deceso.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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Las cubiertas vueltas

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Esta trilogía de ficción sigue a tres miembros de una dinastía de escribientes: un amanuense que fragua una promesa de pago, su hija que coteja asientos contables en un banco londinense, y su nieto, adscrito al tribunal encargado de descifrar documentos incriminados. Las causas y los personajes son enteramente novelescos. Elija Trilogía para recorrer tres épocas que interrogan si la mano que empuña la pluma pertenece siempre al nombre que suscribe el documento. Cada generación hereda los legajos de la precedente, comprobando que la tinta seca jamás clausura los crímenes del pasado.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Borrow yuxtapone en sus anales diversas causas judiciales conexas: la referida al pagaré de 1260 libras, la relativa a la estafa de 750 libras en perjuicio de Bird, y el proceso posterior por el segundo pagaré de 1650 libras con la correspondiente condena pecuniaria contra Hales. En este texto, sumas y acusaciones se mantienen adscritas estrictamente a sus respectivos marcos procesales. Las fuentes consignan que Kinnersly murió en Newgate el 7 de abril de 1729 y que Hales corrió idéntica suerte allí, sin fijar su fecha luctuosa. Las declaraciones testificales consignan fechas de marzo y abril omitiendo el cómputo del año exacto; nuestra redacción preserva la secuencia cronológica sin introducir dataciones conjeturales.

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