Aller au contenu
Armes de la Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES
Las 54 Historietas del Archivo · Aignay-le-Duc y Dijon, 1780-1787

El ermitaño de Aignay-le-Duc

Un ahorcado, un muerto en galeras, tres inocentes. Siete años después, el verdadero ladrón alza la voz: «No consentiré que se oprima a inocentes».

En la noche del 5 al 6 de diciembre de 1780, la ermita de San Miguel de Aignay-le-Duc, en tierras de Borgoña, fue objeto de un robo con fractura y violencia. Unos facinerosos habían descerrajado la puerta, amordazado y atado al ermitaño, vendádole los ojos, moliéndolo a golpes y amenazándole para arrancarle el secreto de sus caudales, antes de huir con nueve luises y medio. El anacoreta señaló a cinco vecinos de Aignay-le-Duc: creía haber reconocido entre sombras la voz de algunos de ellos. La justicia le prestó fe ciega. Claude Gentil fue condenado a la horca y sufrió suplicio. Guillaume Fauriot, condenado a galeras perpetuas, halló en ellas la muerte, rendido —según refiere la Gazette— de puro dolor. Otros dos, Pajot y Loignon, quedaron bajo la pesadumbre de un «más ampliamente informado» de término indefinido; un tercero, Jean-Baptiste Gentil, fue absuelto de la instancia.

Eran inocentes.

La causa cobró celebridad; el letrado Godard asumió la defensa de los condenados, y el clamor público no tardó en hermanar su infortunio con el de los Calas y los Sirven. Reveló el abogado que, en aquella misma noche del 5 al 6 de diciembre, la madre de tres de los acusados, la viuda Gentil, agonizaba en su lecho, y que sus vástagos velaban su último aliento mientras en la ermita se apaleaba al anciano. El Parlamento de Dijon reabrió el proceso y entabló otro nuevo contra los verdaderos artífices del expolio: Étienne Roger, llamado Blandis, y Charles Dupuis, fugitivos entrambos, y Charles-Noël Larue, a quien se trasladó de las cárceles de Montargis a las de Dijon.

Fue entonces cuando Larue tuvo un rasgo que la Gazette no vacila en tildar de casi heroico. Se declaró autor del robo. «Sé bien que habré de perecer —afirmó—; pero no consentiré que se oprima a unos inocentes por un crimen del que no son culpables». Aportó pormenores que desarmaron cualquier duda; conducido al teatro del suceso, lo señaló todo, lo reconoció todo y de todo dio cumplida razón.

Un solo hombre porfió contra la evidencia: el propio ermitaño, quien sostuvo hasta el postrer instante la culpabilidad de los encausados de Aignay.

El Parlamento entraba en vacación el 15 de agosto. Solicitó de Su Majestad provisiones para prolongar sus audiencias hasta dictar sentencia, y puso en libertad a los inocentes durante la instrucción, convocándolos únicamente la víspera del fallo. Este se pronunció el 18 de agosto de 1787. Rehabilitó la memoria de Claude Gentil, el ajusticiado, y la de Guillaume Fauriot, el galeote muerto; descargó de toda culpa a Pajot, a Loignon y a Jean-Baptiste Gentil. Y condenó a Charles-Noël Larue y a Étienne Roger —a este último en rebeldía— a morir en la horca erigida en la plaza de Aignay.

Tuvieron los magistrados, anota la Gazette, la nobleza de reconocer su yerro. Mas no puede uno hurtarse a la memoria de lo que tal descuido costó, ni a la extraña equidad del destino: fue menester que un ladrón abrazase la soga para que dos difuntos recobraran su honra.

Gazette des tribunaux, 1787, Parlamento de Dijon, auto del 18 de agosto de 1787 (causa del Ermitaño de Borgoña); y alegato de D. Godard, analizado en un número precedente.

Tal día como hoy en el Gabinete →