La señora de Abeillan vivía retirada en el campo, cerca de Béziers, con una única sirvienta. El 4 de abril de 1782 fue hallada muerta en el hueco de su lecho. La criada dormía en su misma alcoba; se advirtieron señales de muerte violenta; el juez abrió diligencias y la sirvienta fue arrestada.
Se trataba de la viuda Daumas, mujer de unos sesenta años. Al ser interrogada, declaró que apenas había mediado un cuarto de hora entre el instante en que se había acostado y aquel en que oyó caer un orinal; que llamó a su ama tres veces sin obtener respuesta y que, tras encender la vela, la halló tendida en el hueco del lecho.
La Gazette, que sigue aquí las páginas del Journal des Causes célèbres, juzga dicha declaración falsa y colmada de inverosimilitud. De haber atacado un asesino a la señora de Abeillan, la criada habría oído las convulsiones de una víctima que pugna contra la muerte; habría corrido a alertar a los vecinos. En lugar de ello, había pasado el resto de la noche junto al cadáver.
Pesaban también las palabras. La viuda Daumas había repetido en diversas ocasiones que su ama la hacía padecer en exceso, y que una voz interior la impelía a estrangularla. Su hermana y su nuera habían declarado que la creían muy capaz de haber estrangulado a su señora. Ella misma confesaba haber estado más de una vez a punto de hacerlo.
Y estaban, por añadidura, los lechos. Varios testigos atestiguaron que ni el de la señora ni el de la criada se hallaban deshechos. La señora de Abeillan, se concluía pues, había sido estrangulada antes de acostarse, acaso mientras rezaba sus oraciones al pie de la cama; y la sirvienta, que afirmaba haberse acostado, no lo había hecho en verdad.
El senescal de Béziers condenó a la viuda Daumas a sufrir la amputación del puño derecho, a ser ahorcada, arrojada luego a una hoguera ardiente y a que sus cenizas fuesen esparcidas al viento. En apelación, el Parlamento de Toulouse confirmó la sentencia, salvo en lo tocante al corte del puño.
Cabe reparar en que todo reposaba en meros indicios: ningún testigo presencial del crimen, ninguna confesión del hecho en sí. Una frase proferida en un arranque de cólera, dos lechos intactos, una noche transcurrida junto a una difunta. Los jueces de 1782 vieron en ello una evidencia irrefutable; el lector de nuestros días, avezado al caso del ermitaño de Aignay, tal vez se permita albergar una duda que la Gazette no compartía.
Gazette des tribunaux, 1784, Parlamento de Toulouse, según el Journal des Causes célèbres de Des Essarts: asesinato doméstico.
