Charles-Jacques Pinguenet, burgués de París, era hombre de negocios a sueldo: recibía en depósito la hacienda de sus clientes y la administraba en nombre de estos. Entre ellos figuraba una viuda, Marie-Élisabeth Thomas, viuda de Maignon.
El preboste de París lo declaró convicto de haber abusado de semejante confianza para cometer desfalcos y desviar sumas considerables, que aseguraba haber jugado a la lotería. Lo condenó a nueve años de destierro y a una multa y, mediando la intervención de la viuda, a restituirle noventa y un mil libras que había empleado en provecho propio, con los intereses devengados. Pinguenet manifestó allanarse a la sentencia. Es de suponer que se tuvo por muy afortunado.
Mas no contaba con la apelación del ministerio público. El 23 de octubre de 1781, la Sala de Vacaciones del Parlamento anuló el fallo y lo sustituyó por otro de muy distinta traza. Pinguenet sería expuesto en la picota de la plaza Maubert, con un cartelón donde se leía: «Hombre de negocios que distrajo los caudales de su caja para invertirlos en billetes de lotería en provecho propio»; sería azotado y fustigado desnudo con varas, marcado con hierro candente y enviado a las galeras para servir al rey durante nueve años. Y habría de restituir, bajo apremio corporal, las noventa y un mil libras.
La Gazette no aclara cuántos billetes llegó a comprar, ni si alguna vez la fortuna le sonrió con premio. Tampoco dice cuánto recuperó la viuda Maignon de aquellas noventa y un mil libras, en manos de un hombre que las había arrojado al juego y partía encadenado a las galeras.
Queda el recuerdo de aquel cartelón, que en un solo renglón lo resumía todo, y la lección que el Parlamento quiso que se leyese en la plaza Maubert: el destierro, para semejante individuo, se antojaba en exceso parecido a un retiro.
Gazette des tribunaux, 1781, Parlamento de París, Sala de Vacaciones, sentencia del 23 de octubre de 1781.
