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Las 54 Historietas del Archivo · Molino de Castel-Pic y Rennes, 1773-1778

Las hermanas Lescop

Al pie del cadalso, dos condenados juran que las dos hermanas son inocentes. El juez se niega a ponerlo por escrito. Una de ellas es ahorcada. La otra se declara encinta.

El 16 de enero de 1773, seis hombres y una mujer perpetraron un robo en el molino de Castel-Pic, en Bretaña. Diez acusados, ocho hombres y dos mujeres, fueron encausados de manera sucesiva. Dos de ellos, Louis Coden e Yves Lecun, condenados a galeras por el juez del lugar, lo fueron a la horca en grado de apelación; Lecun, a punto de expirar, confesó la inocencia de Coden y le salvó la vida.

Aquella fue una primera advertencia. Nadie quiso escucharla.

El 30 de junio de 1774, la comisión de Rennes condenó al mismo suplicio a otros cuatro reos: Philippe Perrot, Jean Le Gonidec y dos hermanas, Marie y Élisabeth Lescop. Ahora bien: el molinero y las dos sirvientas, únicos testigos del robo, habían declarado no saber si una u otra de aquellas mujeres era la que, dentro del molino, había dispuesto los fardos: les daba la espalda y nadie le había visto el rostro.

En la sala de lo criminal de Rennes, los cuatro condenados se hallaban ya en manos de sus confesores. Perrot y Le Gonidec pidieron entonces la palabra: para descargo de sus conciencias, debían hacer saber a la justicia que las dos mujeres que veían ante sus ojos, a punto de perecer como ellos, eran inocentes, y que no habían tomado parte alguna en el latrocinio. Suplicaban que se mandase llamar al relator.

El relator, a quien la Gazette solo menciona como «el señor de…», compareció. El escribano había comenzado a levantar acta; el magistrado lo interrumpió. Aquellos hombres no eran sino embusteros y bergantes; de ningún modo consentiría que se asentara su impostura; no era más que el trato disoluto que habían mantenido con aquellas mozas lo que los movía a favorecerlas. Los sacerdotes, el escribano, los alguaciles y el carcelero le hicieron ver que no existía precedente de que se rechazase una declaración en trance de muerte. Replicó que no estaba dispuesto a poner a tales forajidos en trance de perder sus almas. A las dos mujeres les echó en cara su condición de bastardas. «¿Y qué importa eso, Monseñor? —repuso una de ellas—. ¿Acaso me hace más culpable?». Un clérigo aventuró una objeción; no era asunto suyo. El escribano y el alcaide recordaron, como último recurso, el caso de Louis Coden. El señor de… mandó avisar al verdugo.

Se condujo a los cuatro reos al suplicio. Se ajustició a uno de los hombres, después a una mujer y luego al otro hombre. Fue el verdugo quien aconsejó a Élisabeth Lescop que declarase creerse encinta. Los cirujanos dictaminaron que no podrían pronunciarse con certeza hasta pasados cuatro meses.

Aquellos cuatro meses la salvaron. El rey suspendió la ejecución y concedió cartas de revisión dirigidas al Parlamento de Bretaña, el cual, por sentencia de 5 de julio de 1777, absolvió de toda culpa a Élisabeth Lescop. Su hermana Marie había muerto tres años antes, inocente, por orden de un hombre que no se había dignado escuchar.

La última palabra de esta historia no pertenece a los jueces ni a los letrados, sino al verdugo: fue él quien halló el modo de ganar tiempo.

Gazette des tribunaux, 1778, Parlamento de Bretaña: revisión de la causa de Élisabeth Lescop (sentencia de 5 de julio de 1777).

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