En el mes de enero de 1784, Jean-Baptiste Lacqueman, vecino de la aldea de Beuvry, bajo la jurisdicción de Marchiennes, dio muerte a su padre. El Parlamento de Flandes lo condenó a muerte, y la sentencia fue ejecutada en Marchiennes el 31 de enero. Tal fue el crimen; la Gaceta no añade más al respecto, pues no fue este el motivo del escándalo.
Lo que causó verdadero escándalo fue una carta. El 30 de marzo, una hoja impresa en Lille —suplemento del número 70 de las Feuilles de Flandres— dio a las prensas una epístola fechada el 11 de febrero, dirigida al señor Des Essarts, autor del Journal des Causes célèbres, por un abogado de Douai que no firmaba sino con tres asteriscos. El letrado daba cuenta en ella del parricidio y procuraba desentrañar su causa.
No la hallaba en el clima, como habría hecho Montesquieu, ni tampoco en la maldad del alma. La hallaba en el cuerpo. A la sola organización, a la complexión física de cada individuo —escribía—, debe atribuirse la causa tanto de los grandes vicios como de las más excelsas virtudes; el temperamento es el principio creador de las facultades morales. Y llevaba su razonamiento hasta las últimas consecuencias: si a Jacques Clément, a Ravaillac o a Robert Damiens se les hubiese practicado una sangría una hora antes de sus fechorías, jamás habrían manchado sus manos con la sangre de nuestros reyes; si Jean-Baptiste Lacqueman hubiese gozado de tal auxilio, no habría asesinado a su padre.
El procurador general del rey en el Parlamento de Flandes alzó la voz contra aquel pliego. No impugnaba los pormenores del crimen; denunciaba una doctrina. Si el hombre —sostenía— obedece forzosamente a una fuerza motriz irresistible que ni la virtud, ni la voluntad, ni la educación logran refrenar, entonces perece el libre albedrío y el culpable deja de serlo. Era, a su juicio, el materialismo más desaforado, en la estela de los autores de Système de la nature y de De l'esprit.
Bien cabe sonreír ante el recurso de la sangría. Se sonríe menos, en cambio, al advertir que la cuestión planteada por aquel abogado de Douai, en una gaceta provinciana y al día siguiente de un suplicio, jamás ha dejado de formularse: ¿dónde concluye el cuerpo y dónde principia la culpa? En 1784, se la juzgó tan peligrosa como para encausarla ante un parlamento. Jean-Baptiste Lacqueman, por su parte, yacía muerto desde hacía dos meses, y alma alguna le había propuesto jamás una sangría.
Gazette des tribunaux, 1784, Parlamento de Flandes, alegato fiscal contra el Suplemento al n.º 70 de las Feuilles de Flandres (30 de marzo de 1784).
