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Armes de la Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES
Las 54 Historietas del Archivo · París, sección de la Réunion, bajo la Convención

El ropavejero y sus sellos

Habían colocado los sellos de la justicia en su morada. «En mi casa mando yo». Los quebranta, trueca el oro por oropel y vende los espejos. Once años de presidio y cadenas.

Habíanse fijado los sellos de la justicia en el domicilio de Nicolas Courtois, llamado Dupré, ropavejero de oficio, sobre ciertos efectos pertenecientes a particulares. Él los quebrantó. Una vecina le hizo ver que se exponía a grave peligro; respondióle él que en su casa mandaba él y que, por lo demás, repondría los sellos cuando a bien lo tuviese.

Sustrajo alhajas y objetos de precio: un par de zarcillos de oro, una cruz de oro, un cuchillo de carey guarnecido de oro, hebillas de jarretera, gemelos de puño y corchetes de plata. En su lugar, colocó bagatelas de escaso valor. Cedió los zarcillos a una ciudadana por quince libras y mandó trasladar a casa de su hermano no pocos muebles, señaladamente varios espejos de azogue.

El vecindario se apresuró a denunciarlo con prolijidad ante el comisario de policía de la sección de la Réunion. Cuando este hubo llegado, Courtois acababa de ponerse en fuga; mas se le dio alcance.

Su defensa bien merece consignarse íntegra, pues encierra una traza admirable en punto a invención. No era él, alegó, el depositario ni custodio de los sellos. El verdadero culpable era un tal Martin, soldado voluntario que a la sazón servía en el ejército. Dicho Martin tenía efectos bajo sello, indispensables para su partida; habíase presentado hasta en tres ocasiones en la sección para instar su levantamiento, mas se le había ordenado aguardar. Vino, pues, una noche a las diez, derribó el armario a cuchilladas con su sable, pagó a Courtois quince libras que le adeudaba y se marchó con sus pertenencias.

En cuanto a los espejos, Courtois los había hecho llevar a la calle Plâtrière, y luego a la de la Jussienne, vendiéndolos en ciento cincuenta libras a un hombre de campo cuyo nombre y paradero ignoraba. Los muebles trasladados a casa de su hermano pertenecían a sus propios inquilinos. Su propósito era denunciar a Martin ante su sección, mas la pesadumbre le había nublado el juicio; para disipar las penas habíase entregado a la bebida, y el vino acabó por extraviarle la razón.

Buscóse a Martin; el jurado, por su parte, no tuvo menester de hallarlo. Declaró que Courtois había quebrantado los sellos con dolo y manifiesta malicia, y sustraído las joyas con ánimo de robar. El tribunal lo condenó a once años de presidio con grilletes y cadenas, previa exposición pública durante seis horas en la picota.

De aquel Martin, voluntario de los ejércitos, jamás se supo a ciencia cierta si existió. Antojábasele a uno, empero, al escuchar la declaración del ropavejero, verlo llegar a las diez de la noche, sable en mano, saldar sus deudas y partir al galope hacia la frontera: fue, sin duda, la más gallarda figura de la causa, y la única a quien nadie vio jamás.

Gazette des nouveaux tribunaux, Tribunal criminal del departamento de París: causa contra Nicolas Courtois, llamado Dupré, por quebrantamiento de sellos.

Tal día como hoy en el Gabinete →