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Las 54 Historietas del Archivo · París, año III

La madre de noventa y ocho años

Llevaba años golpeándola. Una mañana, la arrojó de su propio lecho y se acostó en él. Ella tenía noventa y ocho años.

El redactor de la Gazette confiesa su repugnancia al inicio del artículo: cuán penosa resulta la tarea, escribe, y cuán horrible es la estampa de un hombre que chorrea la sangre de su propia madre. Añade que los antiguos legisladores ni siquiera osaron imaginar que el parricidio pudiera existir.

Jean-Louis Maurice frecuentaba las tabernas, de las que jamás salía en su sano juicio; el vino lo trocaba en un ser furioso. Su madre, a pesar de su avanzada edad, era a diario la víctima de sus desvaríos. La colmaba de injurias; blandiendo un cuchillo, la perseguía y la amenazaba: «Vieja perra —le gritaba—, no habrás de perecer sino por mi mano».

Una mañana de pluvioso, a las nueve y media, tras salir de una orgía, entró en su morada. Ella se hallaba acostada. La abrumó a insultos y golpes, le amorató el rostro y juró quitarle la vida; luego la arrancó del lecho y se tendió en su lugar. La viuda Collignon, a sus noventa y ocho años, se vio obligada a desamparar su aposento y marchar, descalza, en busca de asilo a otra estancia situada al otro extremo del patio.

Maurice fue denunciado. El cirujano halló a la anciana cubierta de magulladuras y de graves contusiones; su estado no sería alarmante, dejó escrito, si no fuera porque su extrema senectud quedaba expuesta a un sinfín de accidentes imprevistos. Maurice, interrogado, sostuvo que no la había maltratado: sus heridas provenían de una caída fortuita.

El expediente pasó de la policía al director del jurado, quien dispuso ver a la madre en persona. Su providencia, consigna la Gazette, fue tardía: la viuda Collignon había muerto. El cirujano dictaminó que aquellas violencias la habían conducido a la tumba.

Maurice tenía una hermana y una sobrina, cuya indolencia resultó sospechosa; ambas fueron arrestadas. Alegaron que se encontraban ausentes cuando acaeció el crimen y que habían denunciado a Maurice en cuanto tuvieron noticia de ello; con todo, disentían en un punto: una afirmaba que la madre, desde aquella aciaga noche, se había negado a tomar sustento alguno; la otra aseguraba que había continuado atendiendo sus labores habituales. El jurado las eximió de toda culpa.

Declaró, en cambio, que la viuda había recibido severos golpes, que estos fueron la causa de su muerte y que Jean-Louis Maurice los había propinado de forma voluntaria. El tribunal lo condenó a muerte. De aquella mañana de pluvioso perdura un detalle imborrable: una mujer de cerca de cien años, descalza sobre el patio, mientras su hijo dormía plácidamente en su propio lecho.

Gazette des nouveaux tribunaux, an III, Tribunal criminel du département de Paris : affaire Jean-Louis Maurice.

Tal día como hoy en el Gabinete →