Aller au contenu
Armes de la Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES
Las 54 Historietas del Archivo · Limoux y Toulouse, 1779-1781

Jeanne Ribes

Violentada en el molino, dio a luz en soledad a un niño nacido muerto y mandó sepultarlo tras la iglesia. Los primeros jueces la sentenciaron a la pena capital.

Jeanne Ribes había nacido en Limoux, de padres pobres pero honrados, y vivía del honroso afán de sus manos. Su conducta, refiere la Gaceta, había sido en todo momento intachable.

A primeros de septiembre, el ama a quien servía la envió a moler grano al molino de Fournié. Hallóse allí a solas con el molinero, Thomas Barreau. La Gaceta refiere el hecho sin ambages: aquel hombre la sujetó con violencia y sació en ella su pasión; la infeliz, desvanecida, apenas recobró el sentido para huir, y no volvió a verlo jamás.

Ignoraba la doncella lo que después le sobrevino. Creyó haber contraído un enfriamiento por bajar descalza a una bodega; aconsejáronle remedios de mujeres. Cuidó con piedad a su madre durante una prolongada enfermedad de la que esta vino a fallecer. A su alrededor arreciaban las murmuraciones; su hermano y su cuñada, con quienes moraba, la apremiaban para que confesase. El tiempo, que todo misterio desvanece, acabó por abrirle los ojos; acordóse del molino y confió su cuita a una amiga.

Cierto día en que cumplía su jornal, acometiéronle los dolores del parto. La condujeron a su casa, acudió un cirujano, y una mujer la veló hasta la medianoche, marchándose tras prometer que volvería si se hacía menester. Encontrándose sola, Jeanne parió. Quiso contemplar a su hijo; no era sino un menudo cuerpecillo prematuro, ya sin hálito de vida.

Una criatura privada del bautismo no podía gozar de sagrada sepultura. Envolvióla en su pañuelo, la ocultó en el callejón de la cama, luego tras el postigo del sótano, y suplicó a su cuñada, Élisabeth Ribes, que le diera tierra; consintió al fin esta y la enterró a espaldas del templo.

Mas hubo miradas que no perdieron detalle. El cuerpecito fue exhumado y resonó la acusación de infanticidio. Médicos y cirujanos atestiguaron que no presentaba huella alguna de violencia y, practicada la prueba docimásica arrojando el pulmón al agua, certificaron que había nacido muerto. El asesor criminal, empero, no se dio por convencido: apersonóse en la morada con el facultativo, hizo levantar acta del alumbramiento y la desdichada fue arrojada a un calabozo al segundo día de su puerperio. Los primeros magistrados la condenaron a muerte.

Su joven letrado, el abogado Bavière de Vieusac, alegó en apelación ante la Tournelle de Toulouse que el edicto de 1556, ley santa y severa, habíase transformado en manos de los primeros jueces en un instrumento de barbarie: pues castigaba a la madre que quita la vida a su hijo, y de ningún modo a quien trae al mundo una criatura ya yerma. El número de la gaceta concluye con su alegato. En él se lee, con noble elocuencia, el llamamiento a arrancar una víctima inocente del filo inexorable de las leyes.

Gazette des tribunaux, 1781, Parlamento de Toulouse, Tournelle criminal: causa de Jeanne Ribes, acusada de infanticidio.

Tal día como hoy en el Gabinete →