No es una causa judicial lo que la Gaceta refiere aquí, sino una historia que cierto abogado relató a los jueces para hacerlos estremecer. Defendía a un tal Marquais, preso desde hacía tres años por meras presunciones; y les refirió lo que un jurisconsulto de Toulouse, a quien un anciano padre había acudido a confiar la causa de su hijo, hubo de responder a aquel desdichado.
«¿Acaso dos testigos han visto a vuestro hijo disparar el tiro de fusil? —No, señor; pero median graves presunciones. —¡Presunciones, santo Dios! Escuchadme atentamente».
Un joven de los contornos de Toulouse pierde a su padre y a su madre; queda sin caudal y sin amparo. Un tío soltero y opulento lo prohija, lo cría con esmero; conviven así durante varios años, complacidos el uno con el otro. Mas un día, deseoso el mozo de agasajar a sus amigos, pide dinero a su tío. El tío le niega las monedas, pero le ofrece su morada y correr con los gastos del festejo. El sobrino se retira mohíno, vuelve a la carga y sufre una nueva negativa. «¿De modo que no consentís? —No. —Pues bien: os juro que he de vengarme». Y sale de la estancia profiriendo ademanes amenazadores.
Búscanlo en vano durante el resto del día. Al caer la tarde, reaparece, merodea en torno a la casa; lo ven entrar y salir; tiene el semblante sombrío y carga un hacha sobre el hombro. En lo más cerrado de la noche, el tío es muerto de un hachazo.
Todo acusa al joven: la reyerta, las amenazas, los ademanes, las idas y venidas, el hacha. Todo queda probado por la deposición unánime de varios testigos presenciales. Los jueces lo condenan; la sentencia se ejecuta. Y poco tiempo después, se descubre al verdadero asesino. El sobrino no era culpable.
«Marchad, buen anciano —concluyó el jurisconsulto—; id a contar esta historia a vuestros jueces, y sosegad el ánimo respecto a la suerte de vuestro hijo».
Añadía el letrado de Marquais que su cliente, en tres años de calabozo entre criminales, había permanecido como el más manso de los cautivos, y que en veinte ocasiones, cuando sus compañeros intentaron quebrar los grilletes, él permaneció inmóvil. No dice la Gaceta si la historia del tío y del hacha hizo temblar a los magistrados de 1792. Quedó, en todo caso, como una de aquellas fábulas verídicas que los letrados se transmitían para recordar que una presunción jamás equivale a una prueba.
Gazette des nouveaux tribunaux, 1792, alegato en favor del señor Marquais, preso desde hacía tres años.
