Durante diecisiete meses, un hombre había hecho comparecer ante sí, en la vasta sala del Palacio de Justicia, a cuanto sospechoso contaba Francia: una reina, generales, recaudadores generales de contribuciones, poetas, artesanos y sirvientes. Se llamaba Antoine-Quentin Fouquier-Tinville y ejercía de acusador público ante el Tribunal Revolucionario de París. En la primavera de 1795, le llegó el turno de sentarse en el banquillo.
No se hallaba solo en él. La Gazette des nouveaux tribunaux alinea tras su figura, cual si formase a los testigos de un siglo que se juzga a sí mismo, la extensa nómina de los antiguos jueces y jurados del Tribunal: veintitrés nombres, contándose entre ellos el de Maurice Duplay, aquel carpintero en cuya casa se hospedara Robespierre. Todos comparecían acusados de haber sido cómplices de sentencias despachadas en contados minutos, y de haber arrojado al cadalso a hombres a quienes ni siquiera se había tenido la deferencia de escuchar.
Preciso es leer, en las páginas de la Gazette, la relación de las piezas aportadas por la acusación; ningún alegato ministerial iguala la fuerza de este mero inventario. En él se descubren fallos firmados en blanco, que luego se rellenaban a conveniencia; tachaduras sin validar; nombres añadidos al pie de una lista y otros eliminados sin que mediase razón conocida ni autor manifiesto; mujeres encintas condenadas a muerte, a quienes la propia ley de aquel tiempo mandaba preservar hasta el alumbramiento; y desdichados conducidos a la guillotina sin figurar en acta de acusación alguna, tomados al parecer, según se decía, por otros.
El engranaje se revela allí de cuerpo entero, con una simplicidad aterradora. No hacía falta crueldad extraordinaria ni genio del mal; bastaban una pluma, una lista y una carreta dispuesta a partir cada tarde.
Fouquier-Tinville se defendió con una entereza que ni sus propios adversarios osaron desmentir. Negó los hechos que le era dado negar. En cuanto a los demás, se escudó en las órdenes superiores: nada más había hecho, afirmaba, que cumplir los decretos de la Convención y las resoluciones de sus Comités; no conocía a los conjurados a quienes se le imputaba haber absuelto o perseguido; él no pasaba de ser un mero instrumento.
El tribunal encargado de juzgarlo no compartió semejante criterio. Lícito es señalar, sin mengua alguna de la justicia del veredicto, que aquel tribunal constituía a su vez una corte de excepción, y que la Revolución, al juzgar a sus propios verdugos, conservaba aún cierto resabio en el modo de juzgarlos.
La causa se prolongó por más de cinco semanas. El 7 de mayo de 1795, 18 de floreal del año III, Fouquier-Tinville fue conducido a la plaza de Grève junto a quince de sus coacusados. La multitud, que durante tanto tiempo lo contemplara desfilar en el bando de los vencedores, se agolpó a su paso para cubrirlo de oprobios. Tal fue el desenlace de aquel proceso, el cual vino a clausurar, en la sangre como había vivido, los fastos del Tribunal Revolucionario de París.
No puede uno sustraerse a meditar sobre aquellas sentencias firmadas en blanco. Ilustran con mayor elocuencia que cualquier discurso cómo una institución de justicia transmuta en maquinaria: no por la iniquidad de un solo hombre, sino por la rutina de tantos que, un mal día, dejan de leer aquello que firman.
Fuente: Gazette des nouveaux tribunaux, año III (1795), proceso contra los antiguos jueces y jurados del Tribunal Revolucionario de París.
