Se llamaba Jean-Henri Stengel, contaba cuarenta y nueve años, había nacido en Neustadt, en el Palatinado, y servía a Francia desde 1760. En mayo de 1793, como general de brigada de los ejércitos de la República, comparecía ante el Tribunal Criminal Revolucionario por una jornada de marzo en que todo se había venido abajo.
El auto de acusación era terminante. Stengel mandaba la vanguardia del ejército de Bélgica; recibía desde hacía tiempo avisos de que los prusianos avanzaban hacia las orillas del Roer, y había desoído tales advertencias. El 1 de marzo, embestido por fuerzas muy superiores, se vio obligado a replegarse: caballería, artillería e infantería en revuelto tropel, aquello semejaba antes una huida que una retirada. Las tropas, al llegar a Aquisgrán, hallaron las puertas cerradas y al enemigo dentro. Varios batallones resultaron aniquilados, en particular el tercer batallón de París. Se añadían a esto trompetas enemigas que habían permanecido horas enteras a solas con él y viajes a Juliers, a la corte del Elector palatino.
El coronel del tercer batallón de París acudió a relatar los hechos con la desnudez de quien los padeció en carne propia. Sus soldados, aislados a orillas del Roer en enero y febrero, le habían rogado que pidiese al general relevo o refuerzos. Stengel había replicado: «¿Acaso tenéis miedo?». Se le contestó que no, que aun a costa de perecer no retrocederían. «Los sucesos lo han demostrado», afirmó el testigo. Envueltos por el enemigo e intimados a rendirse, dispararon tres cañonazos de metralla antes de ser masacrados o hechos prisioneros. Durante más de dos meses, añadió, no habían visto a general ni a edecán alguno.
Un teniente coronel del decimotercer batallón completó el cuadro: dos meses durmiendo sobre la paja sin desvestirse, en lo más crudo del invierno; un río cuyo lecho él mismo había hecho sondear y que los caballos cruzaban con el agua hasta la panza; oficiales de húsares que, en las vísperas del ataque, habían visto con el catalejo ponerse en movimiento el campamento enemigo y habían escrito al general sin obtener respuesta.
Stengel respondió como hombre de guarismos. No era él quien ostentaba el mando supremo, sino Valence. Tenía cincuenta y cinco acantonamientos bajo su vigilancia, veintiún mil hombres para catorce leguas de terreno, a lo largo de un río vadeable por veinte parajes. Escribía a diario a Lieja pidiendo refuerzos y, no recibiéndolos, mal podía enviarlos. Se dio lectura a una carta suya en la que ya se dolía de su comprometida posición. ¿Y las inteligencias con el enemigo? «Que se me cite una sola carta, una sola línea». Se le tomaba, decía, por un visionario.
La entrega se interrumpe en mitad de las audiencias, y el veredicto no figura en ella. Queda abierta una de las cuestiones más antiguas de la guerra: cuando una línea demasiado dilatada se quiebra, ¿quién la ha roto: el hombre que la defendía o aquellos que se la encomendaron?
Gazette des nouveaux tribunaux, 1793, Tribunal Criminal Revolucionario, causa de Jean-Henri Stengel, general de brigada.
