Todo tuvo su origen en ciertas palabras cruzadas en Castillon, durante una tertulia, entre el señor Froidefond de Queyssac y el hermano mayor del señor Damade. Aquellas razones desagradaron; mediaron explicaciones; sobrevinieron, según refiere la Gaceta, algunos ligeros lances en los que Damade resultó herido, y el asunto pareció fenecido.
Mas no lo estaba en modo alguno. Froidefond era militar y Damade, comerciante; que semejante mercader se hubiese atrevido a desenvainar el acero contra su persona era afrenta que el oficial no podía perdonar. Requirió su desarme, primero ante el teniente de los mariscales de Francia y más tarde ante el propio mariscal de Mouchy. Damade se defendió trayendo a la memoria los servicios de sus antepasados, conservó la espada y el mariscal obligó a ambos hombres a suscribir el formal empeño de no buscarse pleito, ni de cerca ni de lejos.
Poco tiempo después, durante una visita de cumplimiento a unas damas en Castillon, Damade coincidió con Froidefond. Este, que había depuesto el sable sobre un mueble, volvió a ceñírselo al costado exclamando: «He aquí un sable que acabo de mandar afilar; bien le cortará las orejas a alguno». Damade no replicó palabra y se retiró con presteza.
Ese mismo día, de camino a Lamothe-Montravel, le salió al paso el caballero de Queyssac, hermano del oficial, pertrechado de sable y con dos pistolas dobles en los arzones de la silla. Exigió primero el caballero que se le rindiese acatamiento con el sombrero; le ofreció luego una de las pistolas. Damade la empuñó; tratábase de decidir quién dispararía primero; mas ninguno de los dos quiso dar comienzo a la contienda y el caballero recobró su arma.
Dos jornadas más tarde, en Castillon, Damade acudía a comer en casa de un amigo cuando fue detenido de nuevo para exigirle el saludo. La refriega fue cobrando calor; otro de los Queyssac corrió en busca de un sable; Damade apenas contaba con un cuchillo de montería, que se quebró al punto. Ya malherido, paró los golpes como pudo con un bastón mientras ganaba terreno en la huida, descerrajando luego sobre Froidefond un pistoletazo que apenas causó una levísima contusión. Froidefond cayó de nuevo sobre él a cuchilladas y le hendió los brazos hasta el hueso.
Tales son, cuando menos, los hechos alegados en el memorial de Damade; la Gaceta se cuida bien de advertir que los Queyssac desmentían la mayor parte de ellos. Se trabó entonces otra batalla, esta de papel y tinta: querellas cruzadas, decretos de prisión corporal, una sentencia del Parlamento de Burdeos sobre las conclusiones del abogado general Dupaty, que descargó de culpa a Damade y mandó a los Queyssac a presidio; un auto del Consejo del Rey que revocó el fallo bordelés y remitió la causa entera a Toulouse; y, por último, la sentencia de Toulouse del 18 de abril de 1777, que anuló el procedimiento, devolvió las partes ante el senescal de Libourne y condenó a los Queyssac al pago de las siete octavas partes de las costas.
Tres años de litigio para volver casi al punto de partida, y un hombre con los brazos abiertos hasta los huesos por negarse a doblar la cerviz con una reverencia. La Gaceta no desvela el desenlace: el pleito debía reiniciarse en Libourne.
Gazette des tribunaux, 1777, Parlamento de Toulouse, sentencia del 18 de abril de 1777 (causa Reller-Damade contra los señores de Queyssac).
