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Las 54 Historietas del Archivo · Lorient, Vannes y París, 1791

El testigo que se contradecía

En la audiencia, el testigo ya no dice lo que había consignado por escrito. El presidente ordena su arresto. El Tribunal de Casación lo anula todo.

Se ha olvidado ya, pero el jurado penal constituyó, en 1791, una novedad tan audaz como la mismísima declaración de derechos. Preciso fue aprender a juzgar de otro modo; y los noveles tribunales de departamento no lo asimilaron todos a la primera tentativa. El proceso de Pierre Le Gueur, reo de asesinato ante el tribunal criminal de Morbihan, ofrece de ello cumplido testimonio.

En la audiencia del 12 de abril de 1791, un testigo llamado François Bossalo prestó ante el jurado de juicio una declaración enteramente opuesta a la que antes rindiera ante el director del jurado de acusación, en el distrito de Lorient. El acusador público se escandalizó por ello e impetró que la nueva deposición quedase asentada por escrito para que constara la falsedad. El presidente fue aún más lejos: redujo a Bossalo a prisión formal a fin de incoar contra él pliego de cargos por aquellas declaraciones contradictorias, y remitir los autos al director del jurado de Vannes. Otro testigo estuvo a punto de correr idéntica suerte, y solo se libró tras apresurarse a rectificar su dicho.

La escena se contempla aún bajo la óptica del Antiguo Régimen: el testigo titubea o muda de versión; luego miente; luego se le encarcela. Mas el Tribunal de Casación la juzgó con los ojos del nuevo orden, y en ello estriba todo el mérito de aquella sentencia del 15 de junio de 1791.

Las declaraciones escritas de los testigos —recordó el alto tribunal— no deben ser entregadas al jurado de acusación ni leídas ante el jurado de fallo; el presidente tan solo puede servirse de ellas a modo de mero informe. A los jurados les compete sopesar exclusivamente las deposiciones vertidas de viva voz en su presencia; los testimonios pretéritos carecen de valor a sus ojos y en ningún caso cabe oponerlos a lo manifestado en audiencia pública. Pues, según razonó el tribunal, los testigos gozan en dicha vista de la más absoluta libertad para seguir los dictados de su conciencia y rendir a la verdad el cabal homenaje que le es debido.

Al ordenar el arresto de Bossalo por haber variado su versión, el presidente había resuelto, en suma, que la letra escrita debía prevalecer sobre la palabra viva. El Tribunal de Casación anuló el acta de los debates y la sentencia dictada en su consecuencia.

La Gazette no refiere cuál de los dos Bossalo decía la verdad —si el compareciente en el despacho del juez o el que depuso en la audiencia—, ni cuál fue el destino de Pierre Le Gueur, a quien hubo de juzgarse de nuevo. Mas conserva este principio, que no ha perdido un ápice de vigor: un testigo bien puede errar la primera vez, y la justicia tiene el deber de reservarle el derecho a enmendarse.

Gazette des nouveaux tribunaux, 1791, Tribunal de Casación, sentencia del 15 de junio de 1791 (causa contra Pierre Le Gueur, Tribunal Criminal de Morbihan).

Tal día como hoy en el Gabinete →