Todo da comienzo con unas hablurías de taberna, en la calle Traversière, en el arrabal de Saint-Antoine. Pierre Morin, cartonero de oficio, sostiene ante quien quiera oírlo que los negocios jamás marcharán bien a menos que se elija a un superior a quien confiar el gobierno de Francia; que los artesanos no pueden subsistir si no se eleva el jornal de cinco a diez libras, y de diez a quince; y que la mayor parte de los miembros de la Convención y de sus comités no son más que una cuadrilla de bellacos.
Otro parroquiano, Étienne Olivier, se indigna. Morin no le presta la menor atención. Olivier declara entonces que irá a denunciarlo; sale a la calle y lo denuncia.
Llega un miembro del comité revolucionario del octavo distrito acompañado por la fuerza armada. Morin ya no está en la taberna; ha regresado a trabajar al taller de otro cartonero de la misma calle. Acuden a buscarlo; el comisario le insta a volver a la botillería para dar explicaciones, y Morin comparece.
Es aquí donde la Gaceta, de ordinario tan apegada al rigor forense, muda en crónica viva. Morin lanza a Olivier miradas terribles, lo abruma con injurias, se abalanza para golpearlo; la guardia lo contiene. Un instante después, extrae a hurtadillas un cuchillo de su faltriquera, abre la hoja, alza con una mano el mandil que cubre a Olivier y, con la otra, le asesta dos puñaladas en el vientre. Olivier cae de espaldas; lo incorporan; vuelve a desplomarse; exhala el último suspiro.
«¡Muerto está!», exclama Morin. Y añade unas palabras que la Gaceta reproduce sin atenuar su crudeza: que bien le pesaría que no hubiera muerto; que lo hirió con la expresa intención de matarlo; y, por lo que respecta a la guillotina, suelta cuanto es fácil conjeturar.
Lo confrontan con el cadáver. «Que le quiten ese gorro que le tapa el rostro», exige; es él, lo reconoce por sus ropas y por las facciones de su cara.
Llega luego el día siguiente, ante el director del jurado, y se encuentra allí a otro hombre muy distinto. Morin estaba ebrio. No recuerda ninguno de los discursos de los que hacía gala la víspera; un arrebato de cólera ha labrado su perdición. Le muestran el arma homicida y le preguntan si la reconoce: sí, responde, apartando la mirada y deshaciéndose en llanto. ¿Acaso fue con ese cuchillo con el que hirió a Olivier? «¡Ay de mí! No tenía ningún otro.»
El jurado declaró probado el homicidio, perpetrado con premeditación, mediando violencia contra un comisario en el ejercicio legítimo de sus funciones, con designios contrarrevolucionarios y tras haber propuesto el establecimiento de un poder atentatorio contra la soberanía del pueblo. El tribunal condenó a Pierre Morin a la pena capital y ordenó que fuese conducido al cadalso revestido con una camisa roja, tal como disponía la ley para los asesinos.
De todo este lance, quizá sea la frase de aquella última jornada la que perdure en la memoria, la de un hombre ya desengañado de la embriaguez ante el acero: no tenía ningún otro.
Gazette des nouveaux tribunaux, Tribunal criminal del departamento de París, administrando justicia revolucionaria: causa contra Pierre Morin.
