Había, bajo la jurisdicción del tribunal presidial de La Flèche, un abate a quien la Gazette designa tan solo con tres estrellas, y que daba a sus caudales un empleo harto poco conforme a su estado. Había colocado más de cincuenta mil escudos en manos de diversos negociantes, a quienes exigía crecidos réditos, halagándolos con la promesa de cederles parte de sus bienes en renta vitalicia. El azar le puso en trato con dos hombres, los señores Roumegoux y Goffin; prestóles diversas sumas a un interés considerable y les prometió una renta vitalicia cuyo disfrute, al cabo, vino a recaer en otro que gozaba de mayor privanza en sus afectos.
Viéndose burlados, Roumegoux y Goffin acudieron el 11 de agosto de 1776 a las tierras del abate, reembolsaron una parte de lo adeudado y prometieron regresar el 16 para saldar el resto. Volvieron, en efecto, en la fecha convenida. Finiquitaron la deuda; pretendieron, con sobrada razón, que se dedujesen los exorbitantes intereses que el abate siempre había retenido por adelantado, y reclamaron al mismo tiempo diversos objetos que les había exigido en prenda, sin asentarlos en cuenta alguna.
La nómina merece ser traída a colación, pues retrata de cuerpo entero al personaje: una cajita de oro, una escudilla de plata, un reloj de péndulo dorado con ormolú, un bastón de caña con pomo de oro, unas vinagreras y seis sillones de madera dorada tapizados en damasco. El abate se negó en redondo a devolver cosa alguna. Los dos hombres encargaron entonces a un procurador que procediese judicialmente contra él.
Para atajar la demanda, el abate tomó la delantera. El 15 de noviembre siguiente, entabló querella contra sus deudores por robo con fractura. Dos testigos, de quienes se ignora qué dádivas recibieron, comparecieron a declarar la certeza del robo, si bien callaron sobre la fractura. Contra Roumegoux y Goffin se libró mandamiento de prisión.
Hicieron entonces lo que rara vez hacen los culpables: se constituyeron por su propio pie en la cárcel y presentaron querella por soborno de testigos.
El efecto no se hizo esperar. Los falsos testigos, sobrecogidos de espanto, huyeron y, en el camino, ante el primer notario con quien toparon, otorgaron un acta en la que confesaban su delito. Es de figurarse el cuadro: dos hombres desolados y sin aliento empujando la puerta de una escribanía de aldea y dictando, antes de ganar los campos, la confesión misma que había de perderlos.
El abate, a su vez, coligió toda la atrocidad de su proceder o, cuando menos, el inminente peligro que corría. Se arrojó a los pies de aquellos a quienes había acusado, mandó que los rogasen por cuantos medios cabía y, aquel mismo día, suscribió una transacción en la que reconocía haber acusado con temeridad y calumnia a los señores Roumegoux y Goffin, no ser estos culpables de robo alguno y ser sus propios testigos tachables bajo todo respecto; suplicábales, en fin, que tuviesen a bien perdonarlo y echarlo todo en olvido.
Todo parecía concluido. Mas nada distaba tanto de la verdad. La justicia, una vez puesta en marcha, no detiene su curso porque el acusador implore que se detenga. El abate hizo intimar por tres veces al carcelero para que abriese la prisión; reconoció el alcaide que los dos hombres no figuraban asentados en libro de registro alguno, mas rehusó, pese a ello, ponerlos en libertad. El ministerio público, que advertía allí dos delitos en lugar de uno, mandó poner a los acusados bajo formal partida de prisión y siguió adelante, al mismo tiempo, con la causa de robo y con la de soborno.
Los falsos testigos, emplazados en forma, no comparecieron: habían puesto tierra de por medio. El abate, contra quien se dictó a su vez auto de prisión corporal, se dio a la fuga. Y los dos únicos hombres de toda esta maraña que nada malo habían hecho permanecieron en la cárcel.
Fue menester un auto de 17 de diciembre de 1777 —más de un año después de la falsa denuncia— para ordenar su excarcelación provisional y mandar prender a los dos testigos y a una prima del abate, cuyo papel la Gazette no pormenoriza, mas del que se colige que no fue de poca monta.
Tal fue el desenlace, provisional como cuanto atañe a las lides forenses, de este negocio en el que se vio a un usurero prendario acusar de latrocinio a quienes tan solo acudían a reclamarle sus sillones.
Fuente: Gazette des tribunaux, 1777, presidial de La Flèche, auto del 17 de diciembre de 1777.
