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Armes de la Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES
Las 54 Historietas del Archivo · París, 1783

Once años por una promesa de matrimonio

Tenía treinta y seis años y dio el sí por escrito. Su padre clamó al rapto. Once años más tarde, ella yacía en una casa de corrección; él, en la cárcel por deudas.

Hállase, deslizado entre dos fallos en la Gazette des tribunaux de 1783, un texto que no es sentencia ni alegato, sino una súplica. Llévala firmada un eclesiástico, el abate Hurault, y remátase con un renglón que no se lee sin un vuelco en el corazón: se servirán enviar directamente al redactor de estas hojas los socorros con que se digne favorecer al señor K…

He aquí la historia de este hombre, a quien la Gazette no nombra sino por una inicial.

Había nacido en el seno de una familia honrada y recibido una esmerada crianza. Falleció su padre sin bienes, dejando en pos de sí un reguero de deudas. El hijo, no consultando sino a su propia delicadeza, tomó sobre sí el empeño de saldarlas, confiando allegar los medios con el fruto de su trabajo; compró incluso un oficio en ese cuerpo que el abate llama graciosamente el ojo de la magistratura. Pero los acreedores ante quienes se había constituido en fiador acosaban y descorazonaban sus esfuerzos, y la necesidad, que aguza el ingenio, le hizo concebir que solo un matrimonio ventajoso podría sacarle de tamaña perplejidad.

Carecía de hacienda y de valedores. Confióse a una mujer de condición, harto desdichada ella misma, quien le ofreció procurarle una doncella del estado llano, en verdad, pero dotada de caudal. La medianera lo condujo a la ciudad donde residía la familia y lo presentó; cayó en gracia. Y poco después, sin coacción alguna, en su cabal juicio, habiendo alcanzado la edad de treinta y seis años y en la entera plenitud de su albedrío, la señorita se comprometió por escrito a desposarlo, exigiendo de él idéntica promesa.

Treinta y seis años. Retengamos esta cifra: en ella estriba toda la causa.

Regresó nuestro hombre a París, donde supo que su prometida había acudido en compañía de la medianera; apresuróse a visitarla, siguiendo un curso de procederes harto natural. Pero mediaba un padre a quien ella no había consultado, y de cuyas pesquisas creyó conveniente substraerse por un tiempo.

Puso presto el padre en movimiento a todos los esbirros del espionaje de París. Descubrió a su hija, prometióle su perdón; mas luego, merced a una orden que obtuvo por sorpresa, mandóla recluir. Y presentó querella contra el pretendiente, a quien acusó de rapto, seducción y estupro.

Siguióse la causa en la ciudad patricia, donde el progenitor gozaba de cierto desahogo y valimiento, y donde el encausado carecía de recursos y arrimo. El juez del lugar, deseoso de vengar la supuesta violación de una doncella en plena mayoría de edad, violó él mismo, escribe el abate, cuantas reglas rigen el orden judicial: condenó al acusado a galeras e impuso nota de infamia a la medianera.

En grado de apelación, atenuóse la sentencia. No se le envió a remar; limitáronse a condenarlo a sendas multas, a las costas del juicio y al pago de daños y perjuicios en favor del padre.

Mas sucedía que no podía pagar. Para saldar deudas había pretendido casarse. Y un hombre que no puede consignar las sumas a que se le condena permanece en prisión hasta tanto logre consignarlas.

Cuando el abate Hurault tomó la pluma, llevaba allí once años.

La prometida, por su parte, continuaba desde entonces recluida por su padre en una casa de corrección. De seguir aún entre sus muros, contaba ya cuarenta y siete años de edad, habiendo pasado once de ellos enclaustrada por haber osado, siendo mayor de edad, elegir a su marido. Su confesor y sus vecinos atestiguaban que jamás había dado el menor síntoma de extravío de juicio. El padre, empero, era ya anciano decrépito al suscitarse el negocio y hallábase, a decir del abate, subyugado por ánimos envidiosos y codiciosos: colúmbrase en torno a este anciano la presencia de herederos que ningún provecho hallaban en ver a la hija desposada.

Se ignora si los lectores de la Gazette remitieron sus escudos, o si el señor K… volvió a pisar jamás la calle. Solo consta que, en 1783, en París, bajo el cetro de un rey tenido por benigno, dos personas mayores de edad pudieron perder de consumo once años de su existencia por haberse prometido en matrimonio por escrito.

Fuente: Gazette des tribunaux, 1783 (volumen de la suscripción para 1784), súplica del abate Hurault.

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